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La escuela de mis sueños: la escuela inclusiva

Eduardo Galeano escribe: “Las utopías nos sirven para alcanzar un horizonte que siempre se desplaza, lo que nos permite seguir caminando”. Mi utopía educativa no es una llena de herramientas tecnológicas ni plena de nuevas metodologías. Tampoco es una utopía con edificios vanguardistas, llenos de colores y murales de metacrilato.

Lo que me gustaría ver es una escuela inclusiva. Me gustaría una escuela que no siga recurriendo al etiquetado del alumnado con hándicap, o como algunos otros afirman, con diferentes capacidades. Etiquetado que recurre al determinismo biológico, para condicionar el futuro escolar y laboral de un alumnado al que se obliga a exiliarse de la escuela.

Una escuela en la que alumnos/as como Rafael Calderón Almendros, no tengan por qué ser estigmatizados por el informe de orientación. Escuela en la que los informes no sirvan solo para destacar lo que no puede hacer el alumnado con hándicap, sino todo aquello que sí son capaces de hacer.

Me gustaría una escuela en la que los docentes, madres, padres, y el resto de la comunidad educativa entiendan que remamos en la misma dirección, más aún en el caso del alumnado con hándicap. Docentes que entiendan que el coeficiente de inteligencia de Binet no se creó con la intención de estigmatizar y condicionar el futuro de una persona, sino que se creó para detectar al alumnado con dificultades y poder ayudarles. Que comprendan que esta cifra, no es más que un número unidimensional, que no nos ayuda a entender las múltiples dimensiones que tienen las capacidades y habilidades de una persona.

Nuestro cerebro es plástico
Docentes que entiendan que nuestro cerebro es plástico, que lo que ahora son, no tiene por qué significar que no se pueda mejorar y avanzar. Que todos los informes, índices y coeficientes son medidas del rendimiento de una persona en un determinado contexto. Sí, he dicho rendimiento, porque no estamos midiendo o evaluando su capacidad, ya que para evaluar o medir la capacidad de una persona no basta con hacerle un examen o un informe.

Docentes que dejen de obsesionarse por los contenidos, y por los 15 temas del curso. No se nos paga por enseñar, se nos paga por garantizar el aprendizaje, tal como afirma Tokuhama-Espinosa. Sí, el aprendizaje de todos/as, independientemente de su origen, cultura, género o diversidad funcional.

Docentes, a los que no se les culpabilice de todos los males de la escuela. Docentes que como Malaguzzi, Freinet o Lorenzo Milani, transformen su práctica educativa desde el trabajo en el aula, que adapten los recursos, las estrategias, para crear nuevos modelos de escuela.

Transformaciones de abajo hacia arriba, desde la práctica diaria adaptada al contexto de cada centro, desde el consenso y la responsabilidad compartida.

Me gustaría una escuela que entienda que la neurodiversidad es tan valiosa como la biodiversidad o la diversidad cultural. Una escuela que no cree diferentes itinerarios formativos con currículos de segunda, en la que la heterogeneidad sea un valor esencial, y que respete la atención a la diversidad como un derecho.

José Luis Redondo
Profesor de Ciencias Sociales en el Colegio SAFA de Úbeda (Jaén). Docente innovador y coordinador del blog colaborativo Tácticas y de su propio blog joseluisredondo.me.

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