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Economía para humanistas

Por José Antonio Marina

Continuamente escuchamos quejas ante el desinterés por las humanidades en la mayor parte de los sistemas educativos de todo el mundo. De nada vale que se insista en que tienen que formar parte de las “destrezas del siglo XXI”. La ciencia y la tecnología –las STEM– tienen cada vez mayor presencia en los currículos. Basta ver la última ley de Educación estadounidense que firmó el presidente Obama. La fractura entre “ciencias” y “letras” se agranda cada vez más, sin que veamos posibilidad de arreglo con los modelos conceptuales que usamos. Por eso, desde hace tiempo vengo defendiendo la necesidad de un Nuevo Humanismo, o de un Humanismo de tercera generación. El Humanismo de primera generación apareció en el Renacimiento y señalaba la separación entre “letras divinas” (teología) y el resto de las disciplinas (científicas o literarias). El de segunda generación apareció en el siglo XIX y separó las “ciencias de la naturaleza” de las “ciencias del espíritu”. Esta es la disyuntiva en que nos movemos nosotros, es decir, un modelo del siglo XIX. El Humanismo de tercera generación no puede consistir en una especie de enciclopedismo cada vez más inviable, sino en una comprensión de todas las creaciones de la inteligencia humana. El nuevo humanista no necesita conocer con precisión la topología, la mecánica cuántica, o la biología molecular, además, por supuesto, del lenguaje, la historia, la filosofía, etc. Lo que debe conocer es cómo cada una de esas creaciones surgen de la inteligencia humana, con qué motivaciones, y cómo se van precisando sus diferentes sistemas conceptuales, sus problemas y sus soluciones. Y el científico debe conocerlas también, si quiere comprender cómo funciona la inteligencia humana. La finalidad del Nuevo Humanismo es conocer para comprender nuestra situación, el presente y la historia, nuestras distintas especialidades científicas o técnicas. Y necesitamos comprender para tomar buenas decisiones y actuar, en nuestra vida personal o en nuestra vida pública.

Es evidente que este programa es más fácil de enunciar que de realizar. Por eso, desde la Fundación UP hemos decidido demostrar que es posible. Para ello hemos organizado una serie de “Cátedras para Humanistas on line”. Acabamos de inaugurar la Cátedra de Economía Abierta. Abierta a todo el mundo, a todas las ciencias, a todas las disciplinas humanistas. ¿Qué debería saber de economía cualquier ciudadano? ¿Cómo podemos tener una visión neohumanista de la economía? ¿Cómo puede favorecer nuestra actividad docente? La importancia de la economía en nuestras vidas es evidente. La Unión Europea ha insistido en la necesidad de introducir la Educación Financiera en nuestros planes de estudios, a la vista de los desastres que la falta de información ha producido en la actual crisis económica. Me parece una decisión bienintencionada, pero insuficiente. Lo que necesitamos es tener una idea clara del funcionamiento de los sistemas económicos, manejar el vocabulario básico, comprender las noticias económicas o las propuestas de los partidos políticos, fomentar un pensamiento crítico informado y, por supuesto, conocer también los instrumentos financieros que vamos a tener que usar en nuestra vida. En una palabra, comprender lo que sucede y estar en condiciones de tomar mejores decisiones.

Pondré algunos ejemplos. Este año, el Premio Nobel de Economía lo ha recibido Richard Thaler, por sus trabajos sobre “economía conductual”. Relaciona la economía con la psicología. De hecho, una de sus obras se titula La psicología económica. En 2002, habían dado este mismo Premio Nobel a un psicólogo, Daniel Kahneman. Ambos autores insisten en la irracionalidad de muchas de nuestras decisiones, tema que nos interesa a todos. En 1995, el premio se lo habían dado a Robert Lucas, por estudiar el papel que las “expectativas racionales” jugaban en nuestro comportamiento. Pensaba, y yo también lo pienso, que si mejorásemos la racionalidad de nuestras expectativas económicas, nos libraríamos de muchos sobresaltos. La economía se ha convertido en teoría de la decisión e interesa profundamente a los psicólogos. Es interesante recordar que Lucas era historiador de formación, y que el Premio Nobel de Economía lo han recibido varios historiadores, por ejemplo, Robert Fogel y Douglas North.

El interés que tiene el conocimiento de la economía para la historia es evidente. No podemos comprender los movimientos sociales sin saber algo de su dinamismo económico. ¿Por qué el sedentarismo y el descubrimiento de la agricultura fomentaron la división del trabajo, la aparición de la propiedad, de la estratificación social, del dinero, de la contabilidad, etc.? ¿Cómo funcionó el sistema económico –productivo, impositivo, laboral– en el Imperio Romano, o en la Edad Media, o en las guerras del siglo XX? ¿Por qué fue transcendental pasar de una cultura del estatus a una cultura del contrato? ¿Cómo se han financiado las guerras? ¿Qué fue la Gran Depresión, antesala de la II Guerra Mundial?¿Y la hiperinflación de la República de Weimar? ¿Por qué han surgido burbujas económicas a lo largo de la historia?
Me referiré en último lugar a mi especialidad, la filosofía. Platón se ocupó de la economía. Sostuvo por ejemplo que en cada nación debería haber dos monedas. Una para el uso interno y otra para el comercio exterior, posibilidad que los economistas estudian. Aristóteles también se ocupó de ella, y los filósofos escolásticos medievales. Los teólogos de la Escuela de Salamanca fueron adelantados en temas económicos. La teoría de dinero de Locke fue adoptada por el Parlamento inglés en 1696 (con malos resultados, por cierto), y, como colofón, mencionaré a un filósofo –Adam Smith– que es considerado el padre de la economía científica.

José Antonio Marina es filosófo, escritor y pedagogo, director de la Fundación Universidad de Padres (UP)
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