Cuando las teorías erróneas nublan la visión
Niños jugando juntos: cada uno de ellos es único y solo puede ser comprendido realmente a través de su trayectoria de desarrollo individual. ADOBE STOCK
Hoy en día no es fácil para los padres, educadores y profesores adquirir los conocimientos necesarios para abordar con seguridad y confianza las exigentes tareas que conlleva el día a día con los niños. Quien recurre a las guías que se encuentran en el mercado editorial, a menudo se encuentra con conceptos simplistas que no superan un examen más detallado. Sin embargo, los niños y los jóvenes, es decir la generación en crecimiento, depende de adultos que deberían saber lo que hacen. Esto determina su futuro, pero también el de una comunidad más amplia, incluso el de un país y del mundo. Lo que necesitamos hoy es un cambio de mentalidad en muchos aspectos, tanto en las escuelas como en las familias: redescubrir que los niños se desarrollan en su entorno y que, por eso, necesitan exigencias y modelos a seguir adecuados a su edad. En resumen, que los niños dependen de la educación. ¿Por qué hoy en día esto se ha perdido de vista en muchos casos? Vale la pena profundizar en ello.
Estas expresiones, que se oyen a menudo, generalmente provienen del ámbito de las neurociencias. Se utilizan para dar una explicación biológica a los comportamientos problemáticos de los niños y de los adolescentes. Se oye hablar de neurotransmisores, lóbulos frontales, tronco encefálico, sobrecarga, crisis emocional, neurodiversidad, neuronormatividad, etc. Este es hoy el trasfondo explicativo cuando, a partir de los correspondientes exámenes y cuestionarios, se establece un diagnóstico psiquiátrico infantil a partir de un comportamiento problemático de un niño en el ámbito familiar o escolar. Las anomalías de un niño ya no se relacionan con su historia de desarrollo, sino que se justifican por particularidades del cerebro. En muchos casos, esto da lugar a un diagnóstico que requiere tratamiento farmacológico.
Apenas se debate ya cómo se ha producido este cambio de paradigma en los últimos años, pasando de un modelo explicativo basado en las ciencias humanas a centrarse en causas biológicas. Tampoco se cuestiona si esto corresponde al estado actual de la investigación. Por ello, apenas se tienen en cuenta las voces críticas que cuestionan la seriedad de este enfoque. Una de ellas es el neurocientífico Felix Hasler, investigador asistente en la Berlin School of Mind and Brain de la Universidad Humboldt de Berlín, periodista científico y experto en su campo. En su libro “Neuromitología”, ya analizó hace algunos años la validez de los procedimientos de pruebas basadas en la neurociencia, que se han convertido en habituales en la investigación cerebral, y planteó la pregunta: “¿Soy mi cerebro? ¿Solo soy un bioautómata?”.
Alguien que sabe de lo que habla es Tom Insel, exdirector del Instituto Nacional de Salud Mental (NIHM). Al menos tuvo la honestidad de hacer pública su conclusión demoledora sobre el enfoque habitual en su instituto, al afirmar: “Durante 13 años impulsé en el NIHM las neurociencias y la genética de los trastornos mentales, y cuando miro atrás, creo que sí logré conseguir un montón de trabajos interesantes de investigadores famosos a un coste bastante elevado —creo que 20.000 millones de dólares—, pero no creo que hayamos logrado cambiar nada en cuanto a la reducción de los suicidios, la reducción de las hospitalizaciones o la mejora de la recuperación de diez millones de personas con enfermedades mentales. Me hago responsable de ello”.
Por eso no nos sorprenden las observaciones de otras voces críticas. Así, los dos pediatras Romedius Albers y Thomas Baumann ya señalaron críticamente este problema hace más de diez años, en una entrevista titulada “Liberad a los alumnos de diagnósticos innecesarios”. “Observamos el desarrollo de los niños cada vez con mayor precisión y, por ello, constatamos una mayor variabilidad. Muchas desviaciones de la media se declaran como trastornos del desarrollo, y eso ha creado un enorme mercado terapéutico. Además, muchos profesores están al límite. Los niños que no pueden seguir el mismo ritmo corren el riesgo de ser patologizados”. Con ello se referían a los numerosos diagnósticos relacionados con problemas de conducta como el trastorno de atención e hiperactividad (TDA/TDAH), trastornos del espectro autista (TEA), trastornos de ansiedad, depresión, tendencias suicidas, etc., diagnósticos que figuran en el DSM-5, el manual estadounidense de trastornos mentales, o en el CIE-10/11 europeo en un número cada vez mayor.
Muchos niños, adolescentes y ahora también adultos, atribuyen sus deficiencias en el ámbito familiar y escolar a un diagnóstico. En consecuencia, esperan que se les trate con consideración, que se les preste apoyo adicional y que se les exijan menos requisitos. No es casualidad que la Oficina Federal de Estadística Suiza (BSF) informara a finales de 2022 de un aumento sin precedentes de los trastornos mentales en niños y adolescentes. Oskar Jenni, codirector del Departamento de Pediatría del Desarrollo y catedrático de Pediatría del Desarrollo en la Universidad de Zúrich, también se pronunció sobre esta notable avalancha de diagnósticos. En relación con el TDAH y los posibles diagnósticos erróneos, señaló que “…surgen incertidumbres porque… no existe un modelo de trastorno generalmente reconocido…, no se dispone de una prueba fiable para el TDAH, … el trastorno se solapa, en parte de forma considerable con otras enfermedades y con trastornos conductuales reactivos, …en la práctica a veces resulta difícil distinguir entre un comportamiento inmaduro y un trastorno y, por último…, porque los síntomas del TDAH se distribuyen de forma continua en la población”.
Sin embargo, queda por ver si la clasificación del TDAH (y también del TEA) dentro de un diagnóstico de espectro, que se ha convertido en habitual desde entonces en los centros de evaluación de psicología y psiquiatría infantil, se acerca a una solución, ya que, al basarse siempre en el mismo enfoque explicativo, solo permite un espectro de síntomas mucho más amplio y, por lo tanto, una mayor arbitrariedad. Así lo opina también Uta Frith, profesora emérita de Desarrollo Cognitivo en el Instituto de Neurociencias del University College London (UCL). Ella participó de manera decisiva en los proyectos de investigación destinados a confirmar la comprensión actual del autismo y hoy afirma: “Durante mucho tiempo me dejé llevar por la idea del espectro autista, y solo en los últimos diez años he tenido la sensación de que las cosas habían ido demasiado lejos, y poco a poco he llegado a la conclusión: “No, eso no es correcto”.

Quien se fije en los diagnósticos habituales hoy en día se dará cuenta de que, a menudo, se basan únicamente en catálogos de síntomas, centrados en la parte “defectuosa” del niño. Si antes se recurría a la herencia para explicar estos casos, hoy en día el énfasis recae en los procesos fisiológicos del cerebro. ¿La neurodiversidad o la neuronormalidad como modelos explicativos? ¿La herencia con un nuevo ropaje? ¿Dónde queda el niño con su personalidad, su historia de desarrollo y su entorno social? De este modo, se pasan por alto o se descuidan los hallazgos de gran actualidad de la investigación en psicología del desarrollo o antropología, que abordan de manera integral el desarrollo de la personalidad del niño en su entorno social respectivo. Entre sus grandes temas se encuentra la importancia del desarrollo socioemocional del niño. A ello se asocian nombres como Mary D. S. Ainsworth, John Bowlby, Paul L. Harris, Peter Hobson, Henri Julius, Gianni Kugiumutzakis, Michael Tomasello, Colwyn Trevarthen, Emmy Werner, Lev Vygotsky y muchos otros. “Am Du zum Ich” (Del “tú” al “yo”) es, por tanto, el acertado título del libro de Henri Julius, que ocupa una cátedra de Pedagogía en la Universidad de Rostock, especializada en el desarrollo socioemocional. En su libro se resumen de forma concisa los resultados actuales de la investigación en psicología del desarrollo. Hoy en día, estos resultados deberían constituir una directriz importante para la práctica psicológica, pedagógica y psicoterapéutica.
Sin embargo, la perspectiva biológica sobre el niño, tan presente en los medios de comunicación en los últimos años, impide hoy en día a muchos padres (y profesionales) ver el panorama completo. También pueden resultar impresionantes los extensos catálogos de síntomas que se asocian a los correspondientes diagnósticos en los manuales psiquiátricos. “Es exactamente como le pasa a mi hijo”, puede ser una conclusión. Esto puede aliviar temporalmente a los padres afectados. Sin embargo, descuida el estado actual de la investigación y la visión de conjunto, ya que pasa por alto al niño en toda su historia de desarrollo individual. Por lo tanto, si se analizan con detenimiento, los diagnósticos nunca ofrecen una solución, sino que se limitan a registrar lo que se observa de forma superficial. Suponen una determinación errónea, ya que no plantean la pregunta del “por qué” con la profundidad necesaria. Por ejemplo, la preocupación, la ansiedad, el pesimismo, la dureza emocional del entorno o la falta de cariño suelen provocar un profundo desánimo, que el niño disimula de muchas maneras. Sin embargo, esto le impide desarrollar una actitud de aprendizaje basada en la curiosidad o una convivencia amistosa. En muchos casos, estos niños rehúyen las exigencias, se niegan a realizar tareas, se retraen en su propio mundo o se refugian en arrebatos de ira, llantos prolongados o gritos estridentes. Comprender esto no se deduce de ninguna prueba, sino que requiere un conocimiento profundo de todos los factores que han convertido al niño en un caso problemático. Tal comprensión, es decir, un cambio de mentalidad, también trazarían el camino hacia un futuro optimista: para los niños, para sus familias, pero también para la comunidad en general.
Sin embargo, precisamente hoy en día nos encontramos una y otra vez con padres a los que les falta el conocimiento y el ánimo para observar con más detenimiento. No tienen en cuenta que la educación de un niño es una tarea exigente que requiere de los padres un compromiso total. Deben introducir al niño en la vida, ayudarle a superar sus dificultades sin exigirle demasiado ni dejarlo de lado. Como dos engranajes, los estados emocionales del niño y de su interlocutor se entrelazan. En este proceso pueden producirse errores que a los afectados les cuesta reconocer, pero que requieren una corrección cuidadosa. ¡Un camino exigente tanto para los educadores como para el niño!
Este objetivo no se alcanza ni con la impaciencia ni con la violencia, pero tampoco con un entorno sobreprotector o con “trucos” y programas de comportamiento. Por eso, nunca se trata de culpar a nadie por haber cometido errores. Por lo tanto, lo mejor para el niño y las personas de su entorno es que tengan el valor de emprender un nuevo camino. De este modo, los adultos le abren al niño una perspectiva para su futuro camino en la vida. Por eso se necesita una generación joven que no se deje nublar la vista por teorías erróneas. ¡Se necesita valor para mirar! Al enfrentarnos a ello, puede surgir la comprensión del desarrollo de la personalidad. Solo así puede florecer un vínculo humano con los demás que alimente el deseo de contribuir a una convivencia más pacífica en el mundo.
Eliane Perret es psicóloga y pedagoga terapéutica. Fue directora durante muchos años de un colegio de educación especial en Zúrich (Suiza). Este artículo fue publicado por primera vez en la revista Zeit-Fragen, el 14 de abril 2026.
