La inteligencia artificial, la realidad virtual, las aplicaciones móviles o los sistemas de comunicación aumentativa ofrecen nuevas posibilidades para la inclusión del alumnado con TEA. El reto ya no consiste únicamente en incorporar tecnología a las aulas, sino en formar al profesorado para utilizarla con sentido educativo.
Tribunas
La comparación que me parece más útil para España, además de la de la OCDE y UE, es la de tres sistemas educativos de las que podemos aprender como son Inglaterra, Estonia y Finlandia.
La diferencia no está solamente en la respuesta de la máquina, sino en la calidad de la pregunta humana.
La falta de protocolos unificados entre comunidades autónomas y las barreras burocráticas perpetúan la exclusión escolar de más de 22.000 menores tutelados y jóvenes extutelados en España.
La pregunta se repite en las aulas con una naturalidad que debería hacernos pensar. Detrás de ella no siempre hay desinterés ni ganas de estudiar menos, sino una forma de entender el aprendizaje que la propia escuela puede haber contribuido a construir.
Un alumno mira continuamente hacia la puerta, otra parece ausente durante la explicación. Uno salta ante cualquier ruido, otro responde con irritación a una corrección aparentemente pequeña. Desde el pupitre del profesor, estas conductas pueden parecer falta de atención, desinterés o desafío. Desde el cerebro del alumno, quizá esté ocurriendo algo muy diferente: una parte de su atención está ocupada intentando mantenerse a salvo.
El reto educativo no consiste en decidir si usamos inteligencia artificial, sino en formar a estudiantes, docentes y centros para dominarla sin delegar en ella aquello que necesitamos seguir aprendiendo, enseñando y decidiendo.
La variedad de estos centros fue tan rica como el número de instituciones que los promovieron. Por el camino algunos sus impulsores –desgraciadamente, no todos– descubrieron que había que contar con la implicación de sus residentes; además, la identidad colegial era inseparable de las ideas de estudio, cultura y universidad, no siempre boyantes, ni entonces ni ahora.
Queremos que los alumnos lean más, pero pocas veces nos preguntamos qué están aprendiendo sobre la lectura mientras lo hacen. Si cada libro acaba convertido en una obligación, una ficha o un examen, corremos el riesgo de que aprendan a terminar libros sin llegar nunca a convertirse en lectores.
Siéntate esta noche con un chaval de 17 años y pregúntale qué quiere ser de mayor. En la mayoría de los casos vas a recibir una de dos respuestas. La primera es universal, influencer, y no tiene nada de española: es de esta época, y pasa en Ohio igual que en Oviedo. La segunda, con esta intensidad, casi no se da fuera de aquí: funcionario.