¿Quién cuida de quienes educan? Reflexiones sobre el bienestar docente y la calidad de la escuela
Quizá el gran desafío educativo de nuestro tiempo no consista solo en preguntarnos qué escuela queremos construir para nuestros alumnos, sino también qué condiciones estamos dispuestos a generar para quienes tienen la responsabilidad de acompañarlos cada día. ADOBE STOCK
Durante los últimos años, la salud mental y el bienestar emocional de niños y adolescentes han pasado a ocupar un lugar central en el discurso educativo. Hablamos de educación emocional, de convivencia positiva, de prevención del acoso y de la necesidad de construir entornos seguros en los que puedan desarrollarse de manera plena. Hemos asumido, con acierto, que aprender no consiste únicamente en adquirir conocimientos, sino que depende también de las condiciones afectivas, sociales y psicológicas en las que ese aprendizaje tiene lugar. Hoy nadie cuestiona que un alumno que convive con la ansiedad, el miedo o la sensación de no ser comprendido difícilmente podrá desplegar todo su potencial.
Sin embargo, mientras hemos ampliado nuestra mirada para atender con mayor sensibilidad las necesidades emocionales del alumnado, apenas nos hemos detenido a formular una pregunta igualmente necesaria: ¿qué ocurre con el bienestar de quienes educan?
La cuestión no es menor. Tampoco constituye una reivindicación corporativa ni una demanda orientada a obtener privilegios profesionales. Tiene que ver, más bien, con la calidad y la sostenibilidad del propio sistema educativo. Porque resulta difícil imaginar escuelas emocionalmente saludables si ignoramos el estado de quienes sostienen, día tras día, buena parte de su funcionamiento cotidiano.
La profesión docente ha experimentado una transformación profunda en las últimas décadas. A la responsabilidad de enseñar se han ido incorporando nuevas exigencias relacionadas con la atención a la diversidad, la inclusión educativa, la integración de herramientas digitales, la innovación metodológica, la coordinación entre profesionales, la evaluación competencial o la relación cada vez más estrecha con las familias. Todo ello ha contribuido a enriquecer la tarea educativa y a ofrecer respuestas más ajustadas a las necesidades del alumnado. Sin embargo, también ha incrementado notablemente la complejidad de una profesión que ya de por sí exigía una elevada implicación personal.
La profesión docente ha experimentado una transformación profunda en las últimas décadas. A la responsabilidad de enseñar se han ido incorporando nuevas exigencias relacionadas con la atención a la diversidad, la inclusión educativa, la integración de herramientas digitales, la innovación metodológica, la coordinación entre profesionales, la evaluación competencial o la relación cada vez más estrecha con las familias
Con frecuencia se observa la docencia únicamente desde su dimensión más visible: las horas de clase, las reuniones o las actividades que tienen lugar dentro del centro escolar. No obstante, existe una parte del trabajo educativo que permanece prácticamente oculta. Es el tiempo dedicado a preparar materiales, adaptar propuestas didácticas, corregir tareas, elaborar informes, revisar programaciones, coordinar actuaciones con otros profesionales o atender situaciones personales que requieren escucha y acompañamiento. Son tareas que raramente aparecen en los debates públicos sobre educación y que, sin embargo, forman parte inseparable de la práctica docente.
A ello se añade un elemento que distingue especialmente a esta profesión: su dimensión relacional. Enseñar supone trabajar con personas en etapas especialmente sensibles de su desarrollo. Implica convivir con alumnos que llegan al aula cargados de ilusiones, inseguridades, dificultades familiares, conflictos personales o necesidades específicas. Supone mediar, orientar, contener frustraciones, celebrar avances y detectar señales que, en ocasiones, trascienden ampliamente el rendimiento académico. Quienes educan no interactúan únicamente con contenidos curriculares; trabajan con trayectorias vitales en construcción.
Por este motivo, reducir el bienestar docente a una cuestión individual o privada supone ignorar una parte esencial del problema. El agotamiento profesional no aparece exclusivamente como consecuencia de una falta de resiliencia personal ni puede resolverse apelando únicamente a la vocación. La vocación constituye, sin duda, uno de los grandes motores de la enseñanza, pero no inmuniza frente al cansancio, la incertidumbre o el desgaste emocional. Pensar lo contrario ha contribuido a consolidar una imagen idealizada del profesorado según la cual el compromiso se mide en términos de disponibilidad permanente y capacidad ilimitada para asumir cualquier demanda.
Recuerdo que fue en los inicios de mi trayectoria docente cuando escuché una reflexión que, con el paso del tiempo, ha regresado a mi memoria en numerosas ocasiones. Durante una reunión de claustro, el director general del centro dedicó parte de su intervención a recordar algo que entonces me pareció tan sencillo como inesperado. Nos animó a desconectar durante los fines de semana, a evitar responder correos electrónicos fuera de la jornada laboral y a preservar espacios de descanso y vida personal. Lejos de interpretarlo como una renuncia a la responsabilidad profesional, defendía que cuidar de uno mismo constituía una condición necesaria para poder cuidar adecuadamente de los demás.
El agotamiento profesional no aparece exclusivamente como consecuencia de una falta de resiliencia personal ni puede resolverse apelando únicamente a la vocación
Confieso que entonces me sorprendió. Como tantos docentes que comienzan su trayectoria profesional, asociaba la entrega absoluta con la excelencia. Pensaba que estar siempre disponible era una demostración inequívoca de compromiso. Con el paso del tiempo, sin embargo, he regresado muchas veces a aquel recuerdo y he comprendido la profundidad de aquella reflexión.
Detrás de esas palabras no había una invitación a rebajar la exigencia ni a relativizar la importancia de nuestra tarea. Había, más bien, una determinada manera de entender el liderazgo educativo. Una convicción según la cual los centros escolares no pueden aspirar a construir comunidades sanas si ignoran las necesidades de quienes las integran. Porque nadie puede acompañar procesos complejos de aprendizaje desde el agotamiento permanente. Nadie puede sostener indefinidamente la escucha, la paciencia, la creatividad o la serenidad si la disponibilidad absoluta termina ocupando cada espacio de su vida personal.
Vivimos, además, en una sociedad marcada por la hiperconexión y la lógica de la inmediatez. Los límites entre el tiempo laboral y el tiempo personal se han vuelto cada vez más difusos. La posibilidad tecnológica de responder de manera instantánea ha terminado generando, en muchos contextos, una expectativa de accesibilidad continua. La escuela no ha permanecido ajena a esta realidad. Sin embargo, quizá convenga preguntarnos si esa disponibilidad permanente representa realmente una muestra de profesionalidad o si, por el contrario, constituye una dinámica difícilmente sostenible a largo plazo.
Cuidar del bienestar docente no significa rebajar expectativas ni disminuir el grado de compromiso exigible a quienes ejercen esta profesión. Significa reconocer que la calidad educativa depende también de las condiciones humanas en las que se desarrolla la enseñanza. Significa comprender que equipos cohesionados, liderazgos sensibles y entornos laborales respetuosos favorecen no solo el desarrollo profesional del profesorado, sino también experiencias educativas más positivas para el alumnado.
Cuidar del bienestar docente no significa rebajar expectativas ni disminuir el grado de compromiso exigible a quienes ejercen esta profesión
Resulta difícil enseñar a niños y adolescentes la importancia de reconocer sus emociones, pedir ayuda cuando la necesitan o establecer límites saludables si quienes les acompañamos cada día somos incapaces de aplicarnos esos mismos principios. La educación se transmite, en gran medida, a través del ejemplo. También mediante la cultura institucional que construimos en nuestros centros y el modo en que nos relacionamos con quienes forman parte de ellos.
Tal vez haya llegado el momento de abandonar definitivamente ciertos relatos heroicos que, aun naciendo del reconocimiento hacia la profesión docente, terminan imponiendo modelos imposibles de sostener. Los maestros no necesitan convertirse en héroes capaces de soportarlo todo en silencio. Necesitan condiciones adecuadas para ejercer con rigor una tarea extraordinariamente compleja y profundamente humana. Necesitan tiempo para descansar, espacios para compartir dificultades, estructuras organizativas que favorezcan la colaboración y liderazgos capaces de recordar que el cuidado no es incompatible con la exigencia.
Porque la verdadera fortaleza de una escuela no se mide únicamente por sus resultados académicos, ni por el número de proyectos que desarrolla, ni por su capacidad para responder de manera inmediata a cualquier demanda. También se mide por la forma en que trata a quienes hacen posible, con discreción y constancia, el acto cotidiano de educar.
Quizá el gran desafío educativo de nuestro tiempo no consista solo en preguntarnos qué escuela queremos construir para nuestros alumnos, sino también qué condiciones estamos dispuestos a generar para quienes tienen la responsabilidad de acompañarlos cada día. Porque cuidar del bienestar docente no supone apartar la mirada del alumnado. Supone, precisamente, reconocer que ambos son inseparables.
Y es posible que la calidad de un sistema educativo dependa, más de lo que estamos dispuestos a admitir, de nuestra capacidad para comprender una idea tan sencilla como trascendente: que cuidar de quienes educan es, también, una manera de educar.
Álvaro Muñoz es maestro de Educación Infantil y Primaria.
