100 años de colegios mayores

La variedad de estos centros fue tan rica como el número de instituciones que los promovieron. Por el camino algunos sus impulsores –desgraciadamente, no todos– descubrieron que había que contar con la implicación de sus residentes; además, la identidad colegial era inseparable de las ideas de estudio, cultura y universidad, no siempre boyantes, ni entonces ni ahora.

Carlos Veci Lavín
Doctor en Historia Contemporánea
29 de septiembre de 2026
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El 25 de agosto de 1926, hace cien años, Alfonso XIII firmaba desde su residencia de verano en Santander un decreto que establecía en las universidades españolas un patronato para erigir colegios mayores. Estos centros académicos habían sido suprimidos en la época del despotismo ilustrado. Sin embargo, algunas corrientes que propugnaban reformar la universidad y, a través de ella, la misma España, habían vuelto a pensar en estas instituciones para remediar el atraso del país.

De alguna manera, se percibía que la universidad, afanada sólo en instruir profesionales, había dejado de educar hombres virtuosos, científicos eminentes y verdaderos hombres de Estado. Flotaba en el ambiente el recuerdo del siglo de Oro, cuando los colegios mayores proporcionaban las élites del Imperio. El ejemplo de los colegios/colleges que continuaban abiertos en otros países, potencias mundiales, golpeaba a reformadores de uno y otro signo, desde los krausistas que habían puesto en pie la Residencia de Estudiantes de la Junta para Ampliación de Estudios (1910) hasta el movimiento católico, que contaba con formar su vanguardia intelectual en el Colegio Mayor Beato Juan de Ribera de Burjasot (1916), en Valencia.

En todo caso, no es casualidad que el mayor empuje a los colegios mayores lo dieran los regímenes de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) y, más adelante, Francisco Franco, precisados de una élite nacional que perpetuara sus respectivos estados y, de alguna manera, trazara el rumbo del país. Esta circunstancia impulsó la creación de numerosos centros, sobre todo a partir de 1942. También ideologizó la categoría de “colegio mayor”, aunque no cumplieron su cometido en este punto. Tampoco se atenuó la idea fundamental: los colegios podían ser un excelente suplemento de la universidad, incluso una pieza clave de ella, en la medida en que completaban la preparación profesional de las facultades con buenas bibliotecas, clases de idiomas, seminarios permanentes, conciertos y recitales poéticos, actuaciones teatrales, actividades religiosas… Llegó a pensarse que podían ser algo así como las Facultades de Cultura que había descrito José Ortega y Gasset en su Misión de la Universidad (1930). Pronto se hizo evidente que la convivencia culta entre los estudiantes, tal vez acompañados por algunos de sus profesores, constituía la mejor aportación de estas instituciones. Los colegios mayores prolongaban más allá del aula los beneficios de la experiencia universitaria.

El eco de los colegios mayores en la vida de sus residentes demuestra su relevancia. Algunos alcanzaron esas cotas excepcionales que les auguraba la restauración de estos centros

El eco de los colegios mayores en la vida de sus residentes demuestra su relevancia. Algunos alcanzaron esas cotas excepcionales que les auguraba la restauración de estos centros. El Colegio Mayor San Pablo de la Asociación Católica de Propagandistas educó a algunos futuros ministros: Pío Cabanillas, Salvador Sánchez-Terán, Landelino Lavilla y Marcelino Oreja…. En el orden cultural, el Nuestra Señora de Guadalupe ofrece una nómina excepcional de antiguos residentes (José Agustín y Juan Goytisolo, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, Ernesto Cardenal…), aunque no impresionan menos los profesores de sus seminarios (Leopoldo Panero, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, José Luis López Aranguren…). Del Juan de Ribera, ya mencionado, egresaron algunos ministros, un obispo y al menos 59 catedráticos de universidad. Por su parte, la historia del Colegio Mayor Padre Poveda permite seguir las huellas de una labor religiosa abnegada que, además, facilitó la integración de la mujer en la universidad y la vida pública. Aunque está por escribir su Historia, es razonable pensar que no fue menor la influencia de los colegios mayores en muchos otros universitarios.

La variedad de estos centros fue tan rica como el número de instituciones que los promovieron. Por el camino algunos sus impulsores –desgraciadamente, no todos– descubrieron que había que contar con la implicación de sus residentes; además, la identidad colegial era inseparable de las ideas de estudio, cultura y universidad, no siempre boyantes, ni entonces ni ahora. Los colegios mayores debían ser más que meras residencias u hoteles asequibles: los colegiales se comprometían en ellos, tras asumir su ideal fundacional, a salir de sí mismos. Como se puede comprender, la singladura de los nuevos centros restaurados a principios de siglo XX estuvo también llena de fracasos.

En la actualidad, si nos atenemos a la cifra de miembros del Consejo de Colegios Mayores, estos centros son 105. Se enfrentan todos ellos, como en el momento de su restauración, al deber de proporcionar una educación que intensifique la labor que realiza la universidad en cada estudiante. No parece que a este país le vengan mal, además de soluciones habitacionales, algunas remesas de hombres virtuosos, científicos eminentes y verdaderos hombres de Estado. Sin embargo, la actual “globalización universitaria” y el problema de la vivienda plantean un reto que condicionará, para bien o para mal, sus próximos años: la demanda de alojamiento de los jóvenes que salen de sus provincias y países para estudiar. El presidente de la Asociación de Universidades Públicas Andaluza, Paco Oliva, señalaba hace unos días la necesidad de residencias para facilitar la incorporación de más jóvenes a la universidad. Cada institución tendrá que decidir qué ofrecer a cada uno de ellos y pienso que conviene hacerlo reflexionando sobre esto que la Historia le recuerda: la magnanimidad de cada proyecto da la medida de sus resultados.

Carlos Veci Lavín es doctor en Historia Contemporánea, acreditado como profesor contratado por la ANECA. Trabaja como investigador en la Universidad de Navarra, donde también imparte clases de Historia de Rusia y las relaciones Iglesia-Estado en el mundo contemporáneo. Sus principales campos de estudio son la historia de la educación en España, los autoritarismos europeos y el movimiento católico durante los siglos XIX y XX.

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