Demasiado cerca para estar tan lejos

Desde una mirada socioeducativa tenemos delante algo bastante más complejo que enseñar un «buen uso de las tecnologías». Tenemos que hablar de cómo nos relacionamos, de amistad, cuidado, intimidad y compañía. También de emociones. De aprender a reconocerlas antes de intentar gestionarlas, entender qué nos están diciendo y pedir ayuda cuando la necesitamos. De aprender a estar solos sin sentirnos abandonados y a estar con alguien sin necesidad de estar, al mismo tiempo, en ningún otro lugar.
Sonia Hidalgo
Profesora de Servicios a la Comunidad en Extremadura
21 de septiembre de 2026
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La pregunta va mucho más allá de cuánto utilizamos el teléfono. ¿Qué tipo de relaciones estamos construyendo mientras lo hacemos? IMAGEN GENERADA POR IA

“Nunca fue tan fácil encontrarnos. Quizá lo difícil ahora sea no sentirnos tan perdidos”.

Cuando éramos adolescentes, los adultos tampoco parecían entendernos demasiado. Nosotros teníamos Messenger, elegíamos cuidadosamente el nick, y quedábamos a una hora para conectarnos. Ahora somos nosotros quienes escuchamos hablar de farmear aura, descubrimos fenómenos como los therian y observamos tendencias que no siempre comprendemos. Podríamos quedarnos comparando generaciones, pero no éramos mejores ni disfrutábamos necesariamente más. Vivíamos lo que nos tocaba vivir. Lo que sí ha cambiado profundamente es el escenario.

El nuestro todavía tenía interrupciones. El ordenador se quedaba en casa, Messenger terminaba cuando apagábamos la pantalla y había momentos en los que, simplemente, no estábamos disponibles. Las conversaciones tenían que esperar y no sabíamos constantemente qué hacían los demás. Había límites que nadie necesitaba establecer porque los imponía el propio mundo. Ahora ese mundo cabe en un bolsillo.

Podemos hablar con alguien a cualquier hora, mantener relaciones a kilómetros de distancia, encontrar personas con nuestros mismos intereses y acceder, en segundos, a una cantidad de información inimaginable hace apenas unos años. Tenemos cientos de contactos, grupos de WhatsApp, seguidores, compañeros, conocidos, familia y amistades. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de estar tan cerca de los demás y, sin embargo, seguir sintiéndonos tan lejos.

Porque una cosa es tener gente alrededor y otra muy distinta sentirse acompañado. Podemos conocer a muchísimas personas y no saber a quién llamar cuando algo nos pasa. Podemos recibir decenas de mensajes y echar de menos una conversación. Podemos saber dónde ha estado alguien o qué ha hecho durante el fin de semana y no tener ni idea de cómo está. Podemos incluso acostumbrarnos a contar lo que hacemos sin llegar a contar nunca lo que nos ocurre.

Y no creo que podamos responsabilizar únicamente a la tecnología. Sería demasiado cómodo. Detrás de cada pantalla seguimos estando nosotros. Y seguimos sintiendo. El problema es que no siempre sabemos qué estamos sintiendo. A veces sabemos que algo no va bien, pero no encontramos la palabra. No sabemos si es tristeza, soledad, miedo, frustración o simplemente que llevamos demasiado tiempo sin parar. Vivimos rodeados de estímulos, información, mensajes y respuestas inmediatas, mientras reconocer qué nos ocurre por dentro exige justamente lo contrario. Parar y escucharnos.

También hemos cambiado nuestra forma de comunicarnos. A veces resulta más sencillo escribir un mensaje que sentarnos delante de alguien y decirle lo que nos pasa. Pero en un mensaje no hay tono de voz, gestos ni una mirada que nos ayude a interpretar las palabras. Lo que alguien quiso decir y lo que la otra persona entendió pueden acabar siendo dos cosas completamente distintas.

No somos robots. Necesitamos que alguien nos mire cuando hablamos, reconocer en un gesto que nos están entendiendo, escuchar un tono de voz, compartir un silencio. Necesitamos sentir que alguien está ahí, no simplemente comprobar que aparece «en línea». Porque estar acompañado exige algo más que tener a alguien disponible al otro lado de una pantalla. Exige presencia, confianza, escucha y tiempo.

No somos robots. Necesitamos que alguien nos mire cuando hablamos, reconocer en un gesto que nos están entendiendo, escuchar un tono de voz, compartir un silencio

Y, paradójicamente, nunca habíamos mostrado tanto de nuestra vida. Compartimos dónde estamos, qué hacemos o con quién estamos. Fotografíamos viajes, conciertos, entrenamientos, cenas, logros y relaciones. Yo también lo hago. Pero mostrar nuestra vida no significa necesariamente compartirla con alguien. Podemos enseñar muchísimo de nosotros y seguir guardándonos precisamente aquello que más necesitaríamos contar.

Por eso la pregunta va mucho más allá de cuánto utilizamos el teléfono. ¿Qué tipo de relaciones estamos construyendo mientras lo hacemos?

Esto tampoco es exclusivo de las nuevas generaciones. Sería injusto responsabilizarlas de una forma de relacionarnos que también hemos construido los adultos. Nosotros miramos el móvil mientras alguien nos habla, resolvemos conversaciones importantes por WhatsApp y observamos la vida de los demás pasar por una pantalla. La diferencia es que muchos conocimos un antes. La juventud actual está creciendo cuando todo esto ya forma parte del paisaje.

Desde una mirada socioeducativa tenemos delante algo bastante más complejo que enseñar un «buen uso de las tecnologías». Tenemos que hablar de cómo nos relacionamos, de amistad, cuidado, intimidad y compañía. También de emociones. De aprender a reconocerlas antes de intentar gestionarlas, entender qué nos están diciendo y pedir ayuda cuando la necesitamos. De aprender a estar solos sin sentirnos abandonados y a estar con alguien sin necesidad de estar, al mismo tiempo, en ningún otro lugar.

Todo eso tiene que encontrar también su espacio en los centros educativos. No porque la educación pueda resolver cada problema de la sociedad, sino porque educar nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos. Si el alumnado tiene acceso casi ilimitado a información, tendremos que ayudarle a construir criterio para interpretarla, contrastarla y cuestionarla. Si crece permanentemente conectado, tendremos que hablar de vínculos. Y si la soledad, la comparación, la necesidad de reconocimiento o la dificultad para comprender lo que sentimos forman parte de nuestra realidad, tendremos que generar espacios para hablar de ello.

No como una charla puntual cuando aparece un problema. Hablar de bienestar emocional, vínculos sanos, comunicación, intimidad, autoestima, gestión de conflictos o salud mental también es educar para el mundo en el que vivimos.

Pero tampoco podemos exigirles aquello que los adultos no estamos dispuestos a revisar en nosotros mismos. No tiene sentido hablarles de presencia mientras contestamos un mensaje cuando alguien nos está hablando, pedirles que comprendan sus emociones cuando nosotros apenas encontramos tiempo para escuchar las nuestras o advertirles de vivir pendientes de la mirada ajena mientras seguimos midiendo parte de nuestra propia vida en respuestas, visualizaciones y silencios.

Quizá ahí esté una de las partes más difíciles de educar hoy. No estamos acompañando a una generación hacia un mundo que nosotros ya conocemos. Estamos intentando aprender a vivir en él al mismo tiempo que ellos.

Y tal vez educar también sea eso. Recuperar espacios para mirarnos y escucharnos, hablar cuando algo nos duele, atravesar los conflictos, reconocer lo que sentimos y aprender a pedir ayuda.

Comprender, en definitiva, que estar rodeados de personas no siempre significa estar acompañados. Y precisamente por eso, me planteo: ¿Cómo acompañamos a una generación cuando ni siquiera nosotros terminamos de comprender el mundo que hemos construido para ella?

Porque nunca fue tan fácil encontrarnos. Lo que todavía estamos aprendiendo es qué hacer cuando, después de encontrarnos, seguimos sintiéndonos solos.

Sonia Hidalgo es profesora de Servicios a la Comunidad en Extremadura.

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