La pregunta que PISA no hace
No es solo una impresión mía. El Informe Young Business Talents, promovido por Nivea, ESIC y Vodafone yu, situaba a los jóvenes españoles a la cabeza de Europa entre quienes ven la plaza pública como mejor opción de futuro, con un 32%, por delante de italianos (17%), griegos (13%) y portugueses (11%). El mismo trabajo recogía la otra cara: solo un 35% de los jóvenes españoles querría emprender, frente al 58% de los italianos. No es un estudio académico y tiene ya unos años, así que conviene tomarlo por lo que es, un indicio; pero es un indicio que cualquiera que dé clase en segundo de bachillerato reconoce sin necesidad de encuesta. Días de vacaciones, sueldo fijo y para siempre.
Cruza el Atlántico y el orden de las respuestas se invierte. Junior Achievement USA encontró que tres de cada cinco adolescentes estadounidenses estarían más interesados en montar su propio negocio que en tener un empleo tradicional. No son encuestas idénticas y no conviene cruzarlas como si midieran lo mismo, pero apuntan en direcciones opuestas, y eso sí se lee: allí el techo que un chaval se imagina es lo que puede construir; aquí, lo que consiga que no le quiten.
Ahora bien, conviene ser honesta con la causa principal, porque no es la mía. Con la temporalidad, los sueldos y el paro juvenil que tenemos, y con la carga que soporta quien monta algo por su cuenta, elegir seguridad a los diecisiete no es cobardía: es aritmética, y bien hecha. Ahí está la mayor parte de la explicación, y no se corrige desde un aula ni desde una cocina, sino en otros despachos. Y un país necesita funcionarios buenos y vocacionales, porque trabajar en lo público es una de las formas más altas de servicio que existen. El problema no es la plaza.
El problema es que la aritmética explique la elección pero no explique la ausencia de cualquier otra. Queda un margen que la economía no cubre, el de los chavales que ni siquiera llegan a imaginarse otra cosa, que es distinto de descartarla por buenos motivos. Ese margen es más pequeño de lo que me gustaría, pero es el único sobre el que un adulto puede hacer algo mañana por la mañana. De ese margen hablo.
Se ha escrito estos días que lo más grave de nuestra escuela no son los conflictos, sino las preguntas que evitamos hacernos para no incomodarnos. Estoy de acuerdo, y creo que hay una que casi nunca se hace: PISA mide cada tres años lo que nuestros adolescentes saben, pero nadie mide lo que quieren. Se ha hablado mucho del desplome en comprensión lectora, y es grave; a mí, sin embargo, me quita más el sueño que buena parte de los que aprueban tampoco quieran nada. Están bien, sacan el curso, no molestan. Y no desean.
Esto no se arregla en el claustro, y no se lo pidamos otra vez al profesorado, que ya carga con todo lo que la sociedad no resuelve en casa y luego manda al colegio envuelto en una circular. Empieza antes, y empieza en la cocina.
Hay un dato de Funcas que deberíamos leer despacio: el 47,9% de los españoles recomendaría a una persona joven ser funcionario, y solo el 13% le recomendaría montar su propio negocio. Eso ya no son los adolescentes, somos nosotros. Ellos no han elegido ese horizonte: se lo hemos enseñado.
Y no lo enseñamos desde la ignorancia. En mi propia familia hay quien montó algo y lo sostuvo años, y hoy no quiere que sus hijos lo intenten; no por miedo al esfuerzo, sino por la cuenta que sale a fin de mes. Quien más sabe de emprender es a menudo quien más lo desaconseja, y tiene sus razones. Pero el efecto educativo existe igual, porque cuando la persona que construyó algo le dice a su hijo que ni lo intente, ese chaval no recibe un consejo: recibe un mapa con un solo camino marcado.
Se ha escrito estos días que lo más grave de nuestra escuela no son los conflictos, sino las preguntas que evitamos hacernos para no incomodarnos. Estoy de acuerdo, y creo que hay una que casi nunca se hace: PISA mide cada tres años lo que nuestros adolescentes saben, pero nadie mide lo que quieren
He trabajado por cuenta ajena y llevo años emprendiendo, así que sé lo que pesa cada cosa, el sueldo que llega el día 30 y la noche en que no sabes si llegará. No vengo a decir que emprender sea mejor, sino que a los 17 habría que poder imaginarse las dos.
La ambición no nace de la comodidad, nace de haber sostenido una frustración con alguien al lado. Un niño al que se le retira el obstáculo cada vez que aparece no aprende a desear: aprende a esperar. A esperar que alguien lo resuelva, que alguien lo apruebe, que alguien le diga lo que toca. Esa espera, veinte años después, tiene temario y tribunal.
Este verano se lo hice vivir a mi hijo, de 20 años: dos semanas como empleado y dos como emprendedor. Una parte del dinero se cobraba por cumplir y la otra había que construirla. Al terminar me dijo que esas cuatro semanas le habían enseñado más que los estudios.
Un centro puede hacer algo equivalente, y lo llamativo es que, donde algo parecido existía, se está desmontando. Cataluña mantiene desde 1998 el trabajo de investigación obligatorio en bachillerato, aunque su peso en la nota se ha reducido, y Baleares lo implantó en 2022 para devolverlo a optativa en agosto de 2025; en el resto del país depende de que a un docente le apetezca, sin marco que lo sostenga. Y donde existe es investigación, aprender a preguntarse cosas, que está muy bien y no sobra. Pero preguntarse no es querer, e investigar un tema no enseña a sostener algo tuyo el día que deja de apetecerte.
Así que concreto. Un trimestre en primero de Bachillerato, dentro del horario y no encima de él, en el que cada alumno proponga algo suyo: un proyecto, un servicio, una idea con destinatario real. Y que se evalúen tres cosas y no una nota global: si lo terminó, si resolvió solo los problemas que fueron apareciendo y si es capaz de defenderlo diez minutos ante alguien de fuera del centro. Después, que se publique cuántos llegaron al final, porque lo que no se mide se abandona en silencio, que es justo la crítica que estas páginas llevan tiempo haciendo.
Lo que evaluamos, mejora. Lo que ni siquiera preguntamos, desaparece. Quizá la pregunta que le falta a PISA sea la más barata de todas, porque no necesita presupuesto, ni ley, ni oposición. Son tres palabras, esta noche, en tu cocina.
¿Tú qué quieres?
Joanna Habiak es coach de madres, autora y creadora del movimiento #proyectoFELICIDAD. Acompaña a familias en el desarrollo de una maternidad más consciente y una educación emocional más humana a través de libros, conferencias y proyectos educativos.
