Tesis frikis, preguntas serias: qué hace que una idea rara se convierta en una buena investigación
La explicación es menos extravagante de lo que parece. Son investigadores que encuentran en objetos aparentemente festivos o coyunturales una vía para estudiar cuestiones mucho más amplias: identidad, género, lenguaje, cultura popular, educación, medios de comunicación o comportamiento social. Repasamos algunas de estas tesis y, sobre todo, qué hace de un tema que parece “no tan importante” algo factible ante la Universidad.
En 2025, Hugo Blázquez Matas defendió en la Universitat de les Illes Balears una investigación sobre las creencias paranormales entre estudiantes universitarios. Encuestó a 6.584 alumnos sobre astrología, efectos de la luna, amuletos, presagios y otras creencias. Los resultados mostraron que casi la mitad aceptaba al menos una de las creencias consideradas paranormales y alrededor de un 18% aparecía clasificado como “muy creyente”. Más allá de la curiosidad por el horóscopo, la investigación planteaba una cuestión más amplia: hasta qué punto la educación superior modifica las creencias y si pasar por la universidad implica necesariamente ser menos susceptible a explicaciones intuitivas o pseudocientíficas. La tesis, recién defendida, convierte así una aparente curiosidad en una investigación sobre pensamiento intuitivo, educación y la manera en que construimos explicaciones sobre el mundo.
Si estudiar el horóscopo parece poco convencional, investigar a los adultos aficionados a My Little Pony puede sonar directamente a broma. Pero en 2020 Liudmila Shafirova defendió en la Universitat Pompeu Fabra Identity building and language learning opportunities in a brony fandom, una investigación sobre la comunidad de los llamados bronies. La tesis estudiaba cómo estas comunidades digitales pueden convertirse en espacios de aprendizaje de idiomas y construcción de identidad. A través de etnografía digital, Shafirova siguió comunidades de Rusia y España y analizó prácticas como la traducción de fanfiction, la escritura, el fan art o el doblaje. El inglés tenía un papel central: servía para consumir contenidos, comunicarse y crear obras propias. Esta, que fue calificada con excelente cum laude y reconocida posteriormente con el premio extraordinario de doctorado, acababa siendo mucho más que un estudio sobre fans de ponis: era una investigación sobre aprendizaje informal, comunidades digitales e identidad.
Hoy en día, Shafirova sigue escribiendo. Sobre el aprendizaje y la enseñanza de lenguas en contextos digitales, con especial atención a las prácticas plurilingües, la alfabetización multimodal y digital, la construcción de identidades y el aprendizaje informal en comunidades y redes sociales.
En 2018, Alejandro Tovar defendió una tesis dedicada a Los Simpson dentro de un doctorado interuniversitario entre Sevilla, Málaga, Huelva y Córdoba. El título ya anticipaba el enfoque: Los Simpson (1989-1997) y la representación de tres problemáticas esenciales de la sociedad contemporánea: medios de comunicación, emprendimiento y género. Tovar analizó cómo la serie representa el papel de los medios, el emprendimiento y las relaciones de género, especialmente a través de personajes como Marge y Lisa. No se trataba simplemente de buscar mensajes políticos ocultos, sino de estudiar cómo una serie de animación puede construir discursos sobre problemas reconocibles de la sociedad contemporánea.
Su conclusión era que la serie funciona como un espejo satírico de la sociedad occidental y que incluso puede tener aplicaciones educativas. El propio Tovar se definió ante EFE como un “friki doctor”, una descripción que resume bien el punto de partida de este tipo de investigaciones. Después, su rastro académico se volvió más escaso. Aunque en su perfil personal de redes sociales sigue dedicando un pequeño espacio a esta tesis y su mundo amarillo.
El rap, el trap y el reguetón hace tiempo que convive en la Academia. En 2019, Ernesto Castro publicó su libro El trap: filosofía millennial para la crisis en España y dejó la puerta entreabierta al estudio de ese género que comenzaba a calar cada día más en nuestros hogares. Poco después, en 2025 Marta España defendió en la Universidad Complutense la tesis El trap en España durante el período 2010-2020: el género y su escena, centrada en la consolidación de esa forma de hacer y escuchar música, sus código e identidades.
También en la Complutense, Marina Arias Salvado investigó El reggaetón en España: significados, identidades e hibridación cultural, analizando qué ocurre cuando este género se incorpora a un contexto cultural diferente al de su origen y cómo se relaciona con las identidades y otras tradiciones musicales. Lo llamativo no es que la música popular entre jóvenes se estudie en la universidad, algo que lleva décadas ocurriendo, sino la rapidez con la que fenómenos que hasta hace poco se consideraban underground han pasado a formar parte de la investigación académica.
Marta escribe crítica musical en grandes medios de comunicación, como El País. Y Marina pasó por una predoctoral en la Universidad Complutense de Madrid. Sigue escribiendo sobre neoperreo, música urbana y SoundCloud. Ambas son musicólogas, estudiosas y, en cierto modo, forman parte de la escena que describen y le dan vida.
A la hora de aprobar el tema de una tesis intervienen el alumno, el tutor, la comisión académica y los procedimientos de cada programa. El estudiante aporta el interés inicial, pero el tema también debe ser pertinente, viable y susceptible de sostener una investigación rigurosa. El testimonio de una profesora de la UNED nos guía en este artículo. Lleva más de diez años ejerciendo y ha dirigido varias tesis en humanidades y ciencias sociales. Ella lo resume como un equilibrio entre interés personal y solvencia académica. “No diría que sea imprescindible que le apasione, pero sí es muy importante que exista un interés personal suficiente”, explica. Una tesis dura varios años y exige leer, investigar, revisar y reformular muchas veces la misma cuestión, por lo que mantener cierto vínculo con el objeto de estudio puede ser importante para sostener la constancia.
Pero el entusiasmo no basta. Debe haber fuentes accesibles, una pregunta delimitada y una metodología adecuada. “El alumno tiene que querer investigar ese tema, pero el tutor y la comisión tienen que comprobar que realmente se puede convertir en una tesis”, señala. Por otro lado, el objeto de estudio no determina por sí solo la seriedad de una tesis. Se puede investigar rigurosamente una serie de televisión, un fandom, un videojuego o un género musical. “La diferencia está en la pregunta de investigación, el marco teórico y la metodología”, explica la profesora. No es lo mismo decir “quiero estudiar el reguetón porque me gusta” que plantear una investigación sobre cómo determinados discursos de género se construyen, circulan y son recibidos en determinadas producciones musicales.
Eso es lo que convierte un objeto cotidiano en un objeto académico: dejar de limitarse a describirlo y utilizarlo para abordar un problema de conocimiento. Así, Los Simpson pueden servir para estudiar medios, emprendimiento y género, mientras que una comunidad de bronies puede convertirse en un caso para investigar aprendizaje de idiomas, identidad y comunidades digitales.
Investigar un fenómeno de moda puede tener riesgos, pero también puede ser una oportunidad para estudiar un cambio cultural. “No sabemos lo que va a estar de moda dentro de unos años, y una tesis tampoco debería fundamentarse en eso”, explica la tutora. Algunos fenómenos aparentemente pasajeros pueden resultar interesantes precisamente porque permiten observar transformaciones sociales. La clave está en no confundir actualidad con relevancia académica. Si una investigación depende únicamente de una moda, puede quedar rápidamente desactualizada. En cambio, si utiliza ese fenómeno para estudiar cuestiones más amplias, como las transformaciones de la industria musical, las nuevas formas de consumo cultural o la construcción de identidades, puede mantener su interés, aunque la tendencia desaparezca.
Por eso, una tesis sobre trap o reguetón no tiene por qué quedar obsoleta si su sonido deja de ocupar las calles: lo importante es si consigue decir algo duradero sobre cómo se producen, consumen y significan esas músicas en un contexto social concreto.
El tutor ocupa un punto intermedio. No debería imponer el tema, porque la tesis es principalmente un proyecto intelectual del alumno, pero tampoco limitarse a aceptar cualquier propuesta. Afirma la profesora que “Más que decidir qué debe investigar el alumno, el tutor debería ayudarle a descubrir cómo convertir aquello que quiere investigar en una buena tesis”. Su experiencia debe permite detectar si el tema es demasiado amplio, si existe bibliografía suficiente o si la metodología resulta adecuada. En la práctica, eso significa pasar de “quiero estudiar el horóscopo” a una pregunta mucho más concreta sobre cómo construyen, por ejemplo, los sistemas de creencia a una determinada edad y suponiendo un nivel académico concreto.
Una buena tesis nace, en definitiva, del equilibrio entre lo que interesa al alumno, lo que puede investigarse rigurosamente y lo que tiene sentido dentro de una disciplina. El estudiante aporta la motivación y la pregunta inicial; el tutor, orientación y experiencia; y la comisión garantiza que el proyecto cumple los criterios académicos. Detrás de cada título que parece sacado de un generador de memes hay un proceso de recortar, enfocar, buscar bibliografía, definir métodos y demostrar que aquello no es solo una curiosidad, sino una contribución al conocimiento. Una intuición, en tal caso. A veces, incluso, un buen hallazgo donde no parecía haber nada más.
Lo que en los medios aparece como “a tesis sobre los bronies”es, en realidad, el resultado de múltiples idas y vueltas entre un estudiante que quiere investigar algo que le interesa y una estructura académica lo bastante flexible como para pedirle que lo convierta en ciencia.
La frontera entre lo “friki” y lo académico es más permeable de lo que parece. Detrás de un título hay investigadores que han convertido una intuición personal en un problema de conocimiento y han aplicado marcos teóricos y métodos rigurosos. Muchas de estas investigaciones terminan, como tantas otras, en TESEO y apenas vuelven a aparecer fuera de la universidad. Pero forman parte de un archivo colectivo que muestra cómo la academia española ha ido incorporando fenómenos culturales recientes, prácticas digitales, identidades emergentes y nuevas formas de consumo. Quizá el baúl de las tesis perdidas sea menos un vertedero de rarezas que un almacén de experimentos intelectuales. En él conviven trabajos sobre administración desleal o purines de cerdo con investigaciones sobre series, fandoms, astrología y música urbana. Y, visto en conjunto, ese aparente caos dibuja un mapa de qué se ha considerado digno de ser investigado y qué preguntas se han hecho sobre ello.
La próxima vez que aparezca en los medios una tesis con un título que invite a la risa fácil, quizá merezca la pena hacer dos lecturas. La primera, inmediata: sonreír ante la idea de dedicar años a estudiar a los fans adultos de My Little Pony. La segunda, más pausada: preguntarse qué dice ese trabajo sobre cómo entendemos la cultura, la educación, el lenguaje o la identidad en la España contemporánea. Porque, al final, el baúl no está lleno de tesis perdidas, sino de intentos de entender, desde la universidad, el mundo en el que vivimos.
