Dinosaurios, recuerdos y emociones en el aprendizaje científico
Cuando los juguetes de la infancia llegan al laboratorio de Ciencias Naturales.
Durante varias semanas estudiamos las eras geológicas y los dinosaurios del Triásico, Jurásico y Cretácico con un grupo de alumnos de primer año del Colegio Schönthal, en Buenos Aires, Argentina. Los chicos tenían 13 años y, como parte de este recorrido, les propuse traer al laboratorio los dinosaurios de juguete que tuvieran en sus casas para observarlos, comparar sus características y relacionarlos con lo aprendido. Mientras trabajaban en grupos, elaboraban cuadros comparativos y discutían posibles enfrentamientos entre los dinosaurios, el intercambio alrededor de los juguetes dio lugar también a relatos sobre cumpleaños, regalos familiares y juegos de la infancia. Así, la actividad fue más allá de lo previsto, además de servir para trabajar los contenidos científicos, los juguetes se convirtieron en una oportunidad para compartir historias personales y recuperar experiencias de otros momentos de sus vidas. En los días siguientes, algunos alumnos volvieron espontáneamente sobre las características estudiadas y las conversaciones de aquella clase. Lo ocurrido nos invita a reflexionar sobre el lugar que pueden ocupar los recuerdos y las emociones en la enseñanza de las Ciencias Naturales.
Palabras clave: Enseñanza de las Ciencias Naturales, Aprendizaje científico, Dinosaurios; emociones, Recuerdos de la infancia.
A medida que avanzábamos en el estudio del Mesozoico, fuimos conociendo las características de los dinosaurios del Triásico, el Jurásico y el Cretácico. Observábamos fotografías, mirábamos videos y organizábamos la información en cuadros comparativos para reconocer sus semejanzas y diferencias. Fui notando el entusiasmo con el que los alumnos se acercaban al tema. Las clases daban lugar a preguntas, comentarios y discusiones, y empecé a pensar cómo podíamos aprovechar ese interés para seguir trabajando con lo aprendido de otra manera. Entonces me pregunté:
¿Qué pasaría si los dinosaurios de juguete que habían acompañado la infancia de mis alumnos se convirtieran en una herramienta para aprender ciencias?
Se me ocurrió proponerles que buscaran en sus casas los dinosaurios de juguete que habían tenido y los trajeran al colegio. Tenerlos delante nos permitiría observar sus formas, comparar sus características y volver sobre lo estudiado. Pero también imaginé que esos objetos podían guardar historias personales, recuerdos de cumpleaños, regalos familiares y juegos de otros años. Me interesaba reunir esas experiencias con los conocimientos que veníamos construyendo en clase y descubrir qué podía surgir de ese encuentro.
El día de la actividad, algunos alumnos llegaron con varios dinosaurios y otros no pudieron llevar ninguno. Entre todos, sin embargo, reunimos una gran variedad de ejemplares. Les propuse que los colocáramos sobre una de las mesadas grandes del laboratorio para observarlos entre todos.

Mientras comenzaban a sacarlos y mostrárselos a sus compañeros, les pregunté si recordaban desde cuándo los tenían y les comenté lo lindo que era que hubieran conservado juguetes de cuando eran chicos. Enseguida aparecieron las historias:
¨Este me lo regaló mi abuelo¨, ¨este me lo regalaron para un cumpleaños¨, ¨este me lo trajo Papá Noel¨.
Uno de los alumnos contó que había llevado un dinosaurio al jardín de infantes cuando era pequeño y que acababa de encontrarlo después de años sin verlo, lo había empezado a buscar cuando les propuse traerlos al colegio. Mientras cada uno mostraba sus juguetes, aparecían relatos familiares y recuerdos de juegos que habían quedado guardados durante años. Los dinosaurios ya no eran solamente figuras para observar: también estaban ligados a personas, regalos y momentos de la infancia. La situación me hizo pensar en cómo un objeto cotidiano puede convertirse en una puerta de entrada a recuerdos personales que adquieren un nuevo sentido al compartirse con otros.
En aquella clase, los relatos surgieron espontáneamente a partir de los juguetes y de la conversación que se fue generando. Después comenzamos a organizarlos, reuniendo los que correspondían al mismo tipo de dinosaurio y ubicándolos en distintos sectores de la mesada. Una vez agrupados, elegimos ejemplares para analizar sus características. Volvimos sobre lo estudiado: qué comían, dónde vivían, qué tamaño tenían, cómo eran sus mandíbulas y sus dientes, y qué adaptaciones podían relacionarse con su alimentación y su forma de vida. También conversamos sobre los lugares donde se habían encontrado sus restos fósiles.

Luego, cada grupo elaboró cuadros comparativos en sus carpetas. Los alumnos se intercambiaban los juguetes para que todos pudieran observar los distintos ejemplares y registrar las mismas características. Mientras unos examinaban una figura, otros consultaban sus apuntes o comparaban lo que veían con los conocimientos trabajados en clase. Los juguetes se habían convertido así en materiales concretos para observar, formular comparaciones y recuperar información.
Cuando terminamos los cuadros, les propuse organizar enfrentamientos imaginarios entre los dinosaurios. Dividimos la clase en dos grupos y, por turnos, un alumno de cada uno elegía un ejemplar para enfrentarlo con el de un compañero. La idea era que no decidieran simplemente cuál les parecía más fuerte, sino que justificaran sus elecciones a partir de las características estudiadas.

Las discusiones aparecieron enseguida. El tiranosaurio rex tenía muchos defensores por sus mandíbulas y sus dientes, mientras que otros destacaban el tamaño del diplodocus y la fuerza que imaginaban que podía tener su larga cola. Entre risas y comentarios, defendían sus elecciones y discutían qué características podían darle ventaja a uno u otro. Para sostener sus argumentos, tenían que volver sobre lo aprendido y utilizarlo para explicar sus ideas.
Para cerrar la actividad, nos reunimos frente al pizarrón, donde teníamos preparado un esquema del Mesozoico que debíamos completar con los dinosaurios estudiados. Los alumnos fueron pasando con los marcadores y ubicaron los distintos ejemplares. Así terminamos recuperando los conocimientos trabajados durante las clases y relacionándolos con lo que habíamos observado, comparado y discutido.

Cuando tocó el timbre, los alumnos estaban muy contentos y varios se quedaron un rato más jugando con los dinosaurios. Me dio la impresión de que la propuesta había despertado algo de aquellos juegos de la infancia y de que, aun después de observar los ejemplares y discutir sus características desde una mirada científica, seguían teniendo ganas de jugar con ellos. Al terminar, se mostraron agradecidos por la experiencia y varios me transmitieron sus ganas de volver a tener una clase de ese tipo, en la que pudieran investigar, compartir recuerdos y jugar con los dinosaurios mientras aprendían.
Al día siguiente, mientras caminaba por uno de los pasillos del colegio, me encontré con un grupo de alumnos que había participado de la actividad. Uno de ellos sacó un dinosaurio que todavía llevaba consigo y me dijo:
¨Profe, ¿te acordás de los dinosaurios de ayer? Este es un T. rex. Es el más poderoso de todos¨.
Mientras hablábamos, lo sostenía en la mano y jugaba con él durante el recreo. Me llamó la atención que retomara la conversación del día anterior y recordara algunas de las características que habíamos discutido durante los enfrentamientos imaginarios. También me quedó muy presente lo que había contado una alumna al finalizar la actividad. Dijo que le había producido una emoción muy linda volver a jugar con los dinosaurios de cuando era chica. Según explicó, no se habría puesto a jugar con ellos por su cuenta en su casa, pero en el colegio, al compartir la experiencia con sus compañeros y trabajar con los juguetes desde una mirada científica, había encontrado la oportunidad de hacerlo nuevamente. Para mí, ese comentario fue especialmente significativo. La actividad le había permitido recuperar algo de su infancia en un contexto que, al mismo tiempo, la invitaba a observar, comparar y aprender.
Estas situaciones me llevaron a pensar en la relación entre las emociones, el juego y el aprendizaje científico. Los dinosaurios no habían sido solamente objetos para reconocer características anatómicas, comparar formas de alimentación o discutir posibles ventajas en un enfrentamiento imaginario. También eran juguetes ligados a historias personales, capaces de despertar recuerdos y generar entusiasmo por una actividad compartida. En ese contexto, jugar y estudiar no fueron acciones opuestas: los alumnos pudieron observar, investigar y argumentar sin dejar de disfrutar del juego. Los relatos sobre los regalos familiares y los juegos de otros años también me hicieron pensar en la relación entre los objetos y los recuerdos personales.
Fivush (2011) estudia el desarrollo de la memoria autobiográfica y destaca la importancia de los contextos sociales y culturales en la construcción de los recuerdos.
Sin pretender explicar a partir de esta experiencia cómo funciona la memoria de cada alumno, considero que lo ocurrido muestra cómo un objeto conocido puede convertirse, en una situación compartida, en una oportunidad para evocar y contar experiencias personales.
Por otra parte, Pessoa (2008) plantea que los procesos emocionales y cognitivos interactúan y no pueden entenderse como sistemas completamente separados.
Desde esta perspectiva, la experiencia permite reconocer que el trabajo con los contenidos científicos también puede involucrar recuerdos, emociones e intercambios con los compañeros. En nuestra actividad, estas dimensiones estuvieron presentes mientras los alumnos observaban los dinosaurios, discutían sus características y compartían historias personales. Si bien no podemos afirmar que las emociones hayan sido la causa de lo que aprendieron o recordaron, sí formaron parte de una experiencia en la que se combinaron el trabajo científico, el disfrute y la interacción social. Otro aspecto que me interesó fue el entusiasmo que los alumnos ya mostraban por los dinosaurios y la posibilidad de aprovecharlo para proponer una manera diferente de seguir explorando el tema.
Hidi y Renninger (2006) explican que el interés puede despertarse en una situación concreta y, bajo determinadas condiciones, mantenerse y desarrollarse.
En nuestra experiencia, la observación, la comparación, el juego y la argumentación ofrecieron distintas oportunidades para sostener la participación y vincular los contenidos científicos con una experiencia cercana a la vida de los estudiantes. No podemos afirmar que una sola actividad haya generado un interés duradero, pero sí que permitió trabajar los contenidos desde una propuesta que los involucraba personalmente.
Lo ocurrido al día siguiente me llevó a reflexionar también sobre cómo los conocimientos trabajados en clase podían reaparecer en otras situaciones. Durante los enfrentamientos imaginarios, los alumnos habían tenido que recurrir a las características de los dinosaurios para justificar sus elecciones. Que uno de ellos retomara espontáneamente esa conversación durante el recreo me hizo pensar en la posibilidad de que la actividad hubiera dejado algo más que el recuerdo de una clase entretenida: algunos de los contenidos estudiados seguían presentes en una situación de juego.
Agarwal et al. (2021), en una revisión sistemática de investigaciones realizadas en escuelas y aulas, encontraron que la práctica de recuperar información previamente estudiada puede favorecer el aprendizaje.
Aunque nuestra actividad no fue diseñada para evaluar ese efecto, lo ocurrido me permitió reconocer que algunos contenidos podían volver a aparecer espontáneamente después de la clase. Sin embargo, no contamos con una evaluación que permita determinar cuánto aprendieron los alumnos ni cuánto tiempo conservarían esos conocimientos. Tampoco podemos atribuir esa recuperación a las emociones o al juego por sí solos. A partir de esta experiencia, me quedó una reflexión que considero importante para la enseñanza:
Cuando los contenidos científicos se trabajan a partir de objetos cercanos a la experiencia de los estudiantes, pueden abrirse nuevas oportunidades para participar, recuperar conocimientos y encontrarle sentido a lo que se aprende.
Referencias
- Agarwal, P. K., Nunes, L. D., & Blunt, J. R. (2021). Retrieval practice consistently benefits student learning: A systematic review of applied research in schools and classrooms. Educational Psychology Review, 33, 1409–1453. https://doi.org/10.1007/s10648-021-09595-9
- Fivush, R. (2011). The development of autobiographical memory. Annual Review of Psychology, 62, 559–582. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.121208.131702
- Hidi, S., & Renninger, K. A. (2006). The four-phase model of interest development. Educational Psychologist, 41(2), 111–127. https://doi.org/10.1207/s15326985ep4102_4
- Pessoa, L. (2008). On the relationship between emotion and cognition. Nature Reviews Neuroscience, 9, 148–158. https://doi.org/10.1038/nrn2317
