El alumno que no atiende puede estar vigilando el peligro
Un alumno mira continuamente hacia la puerta, otra parece ausente durante la explicación. Uno salta ante cualquier ruido, otro responde con irritación a una corrección aparentemente pequeña. Desde el pupitre del profesor, estas conductas pueden parecer falta de atención, desinterés o desafío. Desde el cerebro del alumno, quizá esté ocurriendo algo muy diferente: una parte de su atención está ocupada intentando mantenerse a salvo.
Comprender el origen de una conducta tampoco convierte el aula en un espacio sin normas. IMAGEN GENERADA POR IA
La atención tiene una capacidad limitada. Cuando una persona percibe amenaza, el organismo concede prioridad a detectar aquello que podría dañarla. Este mecanismo resulta muy útil cuando existe un peligro real e inmediato. El problema emerge cuando ese estado de alerta se mantiene durante demasiado tiempo.
Un alumno que sufre acoso dedica parte de la clase a comprobar quién entra, quién se ríe o qué sucede a su espalda. Quien vive un conflicto familiar intenso puede estar físicamente en matemáticas y mentalmente pendiente de lo que encontrará al volver a casa. La ansiedad también puede llenar la atención de pensamientos anticipatorios: equivocarse, hacer el ridículo, suspender, decepcionar o perder el control. Aprender compite entonces con otras prioridades.
Comprender una explicación, mantener información en la memoria de trabajo, ignorar distracciones y recuperar conocimientos exige recursos cognitivos. La preocupación, la hipervigilancia y una activación emocional intensa consumen parte de esos recursos. El resultado puede expresarse como distracción, bloqueo, irritabilidad, impulsividad o dificultades para recordar algo que aparentemente se había aprendido.
Esta perspectiva exige prudencia. Una conducta distraída posee muchas explicaciones posibles. El cansancio, las dificultades de aprendizaje, problemas atencionales, el aburrimiento, determinadas condiciones médicas o una explicación poco comprensible también pueden influir. Interpretar automáticamente cada despiste como señal de trauma sería tan impreciso como atribuirlo siempre a falta de interés.
Comprender una explicación, mantener información en la memoria de trabajo, ignorar distracciones y recuperar conocimientos exige recursos cognitivos
El objetivo es observar patrones. ¿Cuándo ocurre? ¿Con quién? ¿Aparece en todas las asignaturas? ¿Empeora ante determinadas situaciones? ¿Ha habido un cambio reciente? ¿Qué ayuda al alumno a recuperar la calma y volver a la tarea? Estas preguntas ofrecen más información que una etiqueta.
Comprender el origen de una conducta tampoco convierte el aula en un espacio sin normas. Los límites claros y previsibles aportan seguridad. La diferencia está en intervenir sobre la conducta y, al mismo tiempo, investigar qué la mantiene. Un alumno puede necesitar una consecuencia por una agresión y necesitar también ayuda para comprender qué dispara su reacción.
En la práctica, pequeñas medidas pueden facilitar mucho las cosas: instrucciones claras, rutinas predecibles, anticipar cambios, reducir exposiciones innecesarias, ofrecer unos minutos para recuperar la regulación y disponer de adultos de referencia. Ante indicios de acoso, violencia o sufrimiento significativo, corresponde activar los procedimientos de protección y apoyo adecuados.
Preguntamos «¿por qué no atiende?» cuando una pregunta más precisa sería «¿a qué está atendiendo?». Porque un alumno que parece distraído quizá esté prestando muchísima atención. Solo que, en ese momento, su cerebro ha decidido que sobrevivir al peligro importa más que aprender la lección.
Javier Casanoves es psicólogo general sanitario y ejerce la práctica clínica en su consulta online. Compagina su labor terapéutica con la divulgación, acercando la psicología y la salud mental al público desde una perspectiva rigurosa, clara y accesible.
