La generación del "¿esto entra en el examen?"
La pregunta se repite en las aulas con una naturalidad que debería hacernos pensar. Detrás de ella no siempre hay desinterés ni ganas de estudiar menos, sino una forma de entender el aprendizaje que la propia escuela puede haber contribuido a construir.
No recuerdo una semana de clase en la que no haya aparecido, de una forma u otra, la misma pregunta. A veces llega al final de una explicación; otras, cuando un alumno plantea algo que obliga a desviarse unos minutos del recorrido previsto y la conversación empieza a adquirir una profundidad inesperada. También surge en esos momentos en los que uno decide detenerse en una idea porque merece ser comprendida con algo más de calma, aunque sepa que probablemente no formará parte de ninguna prueba. Entonces alguien quiere saberlo: «¿Esto entra en el examen?». Casi nunca hay provocación detrás, y tampoco necesariamente desgana. Lo habitual es que se formule con absoluta naturalidad, porque esa información permite al alumno situar lo que acaba de escuchar dentro del mapa de prioridades con el que ha aprendido a organizar su vida académica.
Durante mucho tiempo hemos interpretado esa pregunta con demasiada rapidez. Parece sugerir que el estudiante solo está dispuesto a aprender aquello que puede proporcionarle algún beneficio en la evaluación y que todo lo demás le interesa poco. Puede ocurrir, naturalmente, pero esa explicación resulta insuficiente. Cuanto más la escucho, menos me interesa juzgar a quien la formula y más me interesa comprender qué ha aprendido para necesitar hacerla. Tal vez no estemos únicamente ante una falta de curiosidad, sino ante una forma bastante razonable de adaptarse a las reglas de la vida escolar. Si un alumno sabe que unas tareas tendrán consecuencias en su calificación, que determinados contenidos serán objeto de una prueba y que otros, por interesantes que resulten, no tendrán ningún efecto académico visible, parece lógico que quiera saber dónde conviene concentrar una parte mayor de su esfuerzo.
Un estudiante no dispone de un tiempo ilimitado para aprender todo con idéntica profundidad. Convive con varias asignaturas, trabajos, fechas de entrega, tareas y pruebas, y necesita tomar decisiones constantemente. También tiene que aprender a administrar su esfuerzo. La evaluación le ofrece una orientación especialmente clara porque establece consecuencias que puede anticipar. Aquello que deberá demostrar exige una preparación concreta; aquello que contará para una calificación adquiere una urgencia que otros aprendizajes, aun siendo valiosos, no siempre poseen. Resultaría extraño pedir a los alumnos que ignoraran esa diferencia después de haber organizado buena parte de su experiencia académica alrededor de ella.
Un estudiante no dispone de un tiempo ilimitado para aprender todo con idéntica profundidad. Convive con varias asignaturas, trabajos, fechas de entrega, tareas y pruebas, y necesita tomar decisiones constantemente
La escuela, aun sin proponérselo, transmite también jerarquías. No todo lo que se trabaja en el aula ocupa el mismo lugar ni acaba teniendo las mismas consecuencias: algunos contenidos reciben más tiempo, otros se convierten en objeto explícito de evaluación y otros quedan fuera de ella. El alumnado percibe esas diferencias con enorme rapidez. Aprende a distinguir qué explicación conviene anotar con cuidado, qué concepto debe dominar, qué ejercicios se parecen a los que probablemente encontrará después y qué partes del tema puede estudiar con menor intensidad. Esa lectura del funcionamiento escolar no figura en ninguna programación didáctica, pero muchos estudiantes llegan a desarrollarla con una precisión extraordinaria.
Hasta aquí podríamos hablar simplemente de una estrategia razonable de organización. La cuestión adquiere otra profundidad cuando esa necesidad práctica empieza a modificar el valor que se concede al conocimiento. Una cosa es saber que determinado contenido requerirá más tiempo porque habrá que demostrarlo en un examen y otra bastante distinta es asumir, aunque sea de manera inconsciente, que aquello que no será evaluado merece menos atención. Entre ambas posiciones existe una distancia que conviene proteger, porque cuando lo evaluable y lo valioso empiezan a confundirse, estudiar deja de consistir únicamente en comprender y pasa a incorporar un cálculo constante sobre la utilidad académica de cada aprendizaje.
Hay una escena muy sencilla que permite observarlo. Basta con que, durante una explicación, el profesor aclare que una determinada cuestión no formará parte del examen. El contenido sigue siendo exactamente el mismo que unos segundos antes, pero la disposición con la que algunos alumnos lo reciben puede cambiar. No hace falta imaginar una desconexión brusca ni convertir la reacción en una caricatura; el desplazamiento suele ser mucho más discreto. Alguien deja de tomar notas, otro escucha con menor necesidad de retener cada detalle y otro decide que aquella información puede ocupar un lugar secundario en el estudio. Lo llamativo es que nada ha cambiado en el conocimiento mismo. Sigue siendo igual de pertinente, verdadero o útil para comprender mejor el tema. Solo ha cambiado su destino académico.
Ese pequeño gesto permite comprender que la evaluación no empieza a influir en el aprendizaje cuando llega el día del examen. Su presencia actúa mucho antes.
Saber que algo será evaluado modifica la atención que le prestamos, el tiempo que decidimos dedicarle y la voluntad con la que intentamos conservarlo
Saber que algo será evaluado modifica la atención que le prestamos, el tiempo que decidimos dedicarle y la voluntad con la que intentamos conservarlo. La expectativa de la prueba organiza parte del aprendizaje antes de que el profesor haya formulado una sola pregunta. Y eso no es necesariamente negativo: una evaluación bien planteada puede orientar el estudio, favorecer la constancia y ayudar a consolidar conocimientos que requieren esfuerzo. La dificultad aparece cuando esa función orientadora termina ocupando tanto espacio que el alumno necesita una consecuencia evaluativa para reconocer plenamente la importancia de lo que tiene delante.
Nada de esto convierte a los exámenes en el problema. Los exámenes son necesarios y, cuando están bien diseñados, constituyen una herramienta legítima para comprobar aprendizajes, exigir estudio, detectar dificultades y ofrecer referencias claras sobre el nivel de dominio alcanzado. Una escuela rigurosa necesita evaluar y necesita también momentos en los que el estudiante tenga que demostrar lo que sabe. Sería intelectualmente pobre convertir esta reflexión en una crítica indiscriminada a las pruebas o a las calificaciones. El verdadero asunto es más exigente: cómo evitar que aquello que utilizamos para comprobar el aprendizaje termine convirtiéndose, a ojos del alumno, en la razón principal para aprender.
Prepararse para un examen obliga a seleccionar, organizar, relacionar y consolidar conocimientos, y todo ello puede formar parte de una buena experiencia de aprendizaje. El problema aparece cuando la lógica de la prueba empieza a extenderse a toda la relación con la materia. Muchos estudiantes desarrollan entonces una habilidad que rara vez reconocemos: aprenden no solo los contenidos, sino también la forma en que esos contenidos serán evaluados. Detectan las insistencias del profesor, reconocen qué apartados parecen adquirir un peso especial, identifican modelos de ejercicios y anticipan qué cuestiones tienen mayores probabilidades de aparecer después. Esa capacidad puede ser muy eficaz desde el punto de vista académico, aunque también puede estrechar la experiencia intelectual si la pregunta por lo que será necesario demostrar termina ocupando el lugar de la pregunta por lo que se está comprendiendo.
Cualquier persona que vive dentro de una institución aprende a interpretar aquello que la institución premia, exige o considera relevante
No debería sorprendernos demasiado. Cualquier persona que vive dentro de una institución aprende a interpretar aquello que la institución premia, exige o considera relevante. Los alumnos hacen exactamente lo mismo. Escuchan nuestros discursos, pero también observan nuestras prácticas, y no siempre ambos mensajes tienen la misma fuerza. Podemos decirles que aprender es más importante que aprobar y, al mismo tiempo, organizar una parte considerable de su experiencia cotidiana alrededor de resultados que tienen consecuencias reales. Podemos defender la curiosidad, la autonomía intelectual o el deseo de comprender, mientras el estudiante sabe que una determinada prueba condicionará su calificación. No hay necesariamente una contradicción irresoluble en ello, pero sí una tensión que conviene reconocer si queremos comprender con honestidad cómo se construye la relación con el estudio.
También el esfuerzo adquiere entonces un significado más complejo. Solemos presentarlo como una disposición necesaria para aprender, pero el alumnado descubre muy pronto que el esfuerzo se distribuye. No todas las tareas reciben las mismas horas ni todos los contenidos justifican, desde su perspectiva, la misma dedicación. Invertir más tiempo en aquello que tendrá un peso importante en una evaluación puede ser una decisión sensata; sostener esa misma intensidad ante una cuestión que no tendrá consecuencias académicas inmediatas requiere otra clase de motivación. El alumno no se vuelve por ello menos responsable ni menos interesado. Está tomando decisiones dentro de un sistema que le ha enseñado a reconocer prioridades.
Lo que sí merece nuestra atención es el momento en que esa administración razonable del esfuerzo se convierte en una forma de medir el valor del conocimiento. Si el estudiante aprende a dedicar tiempo casi exclusivamente allí donde espera un resultado visible, lo que queda fuera de la evaluación puede ir perdiendo espacio, incluso cuando tenga capacidad para ampliar una mirada, despertar una inquietud o ayudar a comprender mejor una cuestión. El aprendizaje corre entonces el riesgo de estrecharse hasta quedar demasiado vinculado a su rendimiento inmediato.
Por eso resulta insuficiente lamentar que los alumnos estén tan pendientes de aquello que será evaluado. Conviene observar también qué señales han recibido para aprender a relacionarse de esa manera con el estudio. La escuela comunica cuando evalúa, pero también cuando selecciona, prioriza y concede consecuencias. Y los estudiantes son excelentes lectores de esos mensajes. Saben qué tareas cuentan, qué pruebas condicionan una nota y qué resultados tendrán efectos visibles en su trayectoria. La dificultad está en conseguir que esa lectura, necesaria para desenvolverse académicamente, no termine convirtiéndose en la única forma desde la que interpretan el conocimiento.
La curiosidad, afortunadamente, no desaparece porque existan exámenes. Basta entrar en cualquier aula para encontrar preguntas que nadie había previsto, relaciones entre contenidos que surgen de manera espontánea y conversaciones que continúan cuando ya no sería necesario hacerlo
La curiosidad, afortunadamente, no desaparece porque existan exámenes. Basta entrar en cualquier aula para encontrar preguntas que nadie había previsto, relaciones entre contenidos que surgen de manera espontánea y conversaciones que continúan cuando ya no sería necesario hacerlo. Hay alumnos que quieren saber más sencillamente porque algo les ha interesado, y esas situaciones recuerdan que aprender puede conservar un sentido que desborde la evaluación. Lo que necesitamos cuidar es el espacio que concedemos a esa experiencia cuando compite con una estructura académica que, inevitablemente, exige resultados.
Tampoco solucionaremos esta tensión repitiendo que la nota no importa. La nota importa y el alumno sabe que importa. Tiene consecuencias, condiciona resultados y forma parte de su trayectoria académica. Negarlo sería poco honesto. Una educación rigurosa no debería pedir a los estudiantes que ignoren esas consecuencias, sino ayudarles a situarlas dentro de una relación más amplia con el aprendizaje. Saber qué se espera de ellos, qué contenidos deberán dominar y cómo serán evaluados es compatible con descubrir que una explicación puede merecer atención aunque nunca aparezca en una prueba, que comprender algo puede tener valor aunque no aumente una calificación y que algunas ideas importantes no necesitan convertirse en puntos para justificar el tiempo que les hemos dedicado.
Esa relación más amplia con el conocimiento no se construye mediante discursos grandilocuentes sobre el placer de aprender, sino en la propia experiencia del aula. Se construye cuando una pregunta inesperada encuentra espacio sin ser considerada una pérdida de tiempo; cuando una explicación se amplía porque ayuda a comprender mejor, aunque esa ampliación no vaya a ser evaluada; cuando el alumno descubre una conexión que nadie le había pedido establecer; cuando el profesor puede decir con claridad que algo no formará parte del examen sin transmitir, al mismo tiempo, que por esa razón ha dejado de importar. Son momentos aparentemente pequeños, pero en ellos se preserva una distinción esencial entre aquello que necesitamos evaluar y aquello que merece ser aprendido.
Una escuela intelectualmente exigente debería ser capaz de sostener ambas dimensiones. Necesitamos estudiantes que estudien, que preparen con responsabilidad una prueba y que sepan responder con rigor a lo que se les exige. Necesitamos también que conserven la capacidad de reconocer el valor de un conocimiento antes de preguntarse cuánto contará. La evaluación puede orientar el aprendizaje, comprobarlo y contribuir a mejorarlo; lo que no debería hacer es convertirse en la medida desde la que se decide el valor de todo lo demás.
Por eso, cuando vuelvo a escuchar en clase esa pregunta, ya no me parece una pequeña derrota docente. La escucho como una señal de cómo nuestros alumnos están aprendiendo a interpretar la escuela. Tienen todo el derecho a saber qué será evaluado, porque conocerlo les permite organizarse y asumir con responsabilidad aquello que se espera de ellos. Nuestra tarea empieza después: en conseguir que esa respuesta no determine por completo el valor de lo que tienen delante. Que puedan preparar un examen con seriedad y, al mismo tiempo, seguir reconociendo que hay conocimientos que merecen tiempo, esfuerzo y atención aunque nunca lleguen a convertirse en una pregunta puntuable. Una educación verdaderamente exigente no solo enseña a responder bien cuando llega el examen; también consigue que algunas cosas sigan importando cuando sabemos que no van a preguntarlas.
