La tesis que se hace fuera de la universidad

La convocatoria estatal de doctorados industriales está abierta hasta el 26 de octubre. Dos investigadoras cuentan por qué dudan antes de dar el paso.

Azahara Valverde AlonsoLunes, 5 de octubre de 2026
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Un doctorado industrial se desarrolla dentro de un proyecto de I+D de una empresa u otra entidad. IMAGEN GENERADA POR IA

Paula nunca se había planteado hacer un doctorado. Isabel, en cambio, llegó a un punto en el que ya no concebía no hacerlo. Parten de lugares muy distintos y, sin embargo, han acabado mirando hacia la misma fórmula: una tesis doctoral escrita en conexión directa con una empresa. Lo que comúnmente conocemos como el doctorado industrial.

“Yo nunca habría hecho un doctorado si no es en una empresa privada”, dice Paula, investigadora en un centro tecnológico de biotecnología y medioambiente. Isabel, a punto de empezar el suyo en Ciencias Sociales, lo formula al revés: “Mi doctorado ideal combinaría lo mejor del doctorado tradicional y del industrial”. La promesa es atractiva: investigar problemas reales, con datos y recursos que difícilmente tendrían fuera, sin cerrar la puerta de la universidad. Pero detrás siempre permanece la pregunta: ¿hasta dónde puede conservar su independencia una investigación que nace dentro de una empresa?

Qué es (y qué no es) un doctorado industrial

Es una tesis que se desarrolla dentro de un proyecto de I+D de una empresa u otra entidad, con el doctorando contratado por ella y una universidad que avala la parte académica. En España está recogido en el Real Decreto 99/2011, que permite añadir la mención “Doctorado Industrial” al título. Cada universidad fija sus requisitos, pero el esquema suele ser el mismo: un contrato, un convenio entre empresa y universidad, y una doble tutela, con un director académico y un responsable en la empresa. La diferencia con el doctorado clásico está en el origen de la pregunta. En el modelo tradicional, la tesis parte de una laguna en la literatura científica. En el industrial, la pregunta también tiene que servir a una organización. Ahí está su potencial. Y su fricción.

Paula: la oportunidad que no tenía

Para Paula, el doctorado industrial no es un cambio de rumbo, sino una puerta que antes estaba cerrada. Estudió Biología, se especializó en biotecnología y cursó un máster en Microbiología Ambiental. Pasó por laboratorios de análisis de aguas, alimentos y cosmética, y hoy trabaja entre la ecotoxicología y la biorremediación: estudia cómo afectan ciertos productos a organismos y microorganismos, y cómo usar bacterias para degradar contaminantes.

En su campo, investigar exige algo muy difícil de conseguir por cuenta propia: laboratorios, material, financiación, equipo. Por eso descartó durante años el camino tradicional. “Mi rama de ciencia depende todo el rato de becas y yo necesito mucho material para investigar”, cuenta. Las becas son escasas, a veces cortas de presupuesto, y a menudo traen aparejadas tareas docentes que no le interesan.

Todo cambia cuando la posibilidad aparece dentro de su propio trabajo. Paula tiene contrato indefinido y su centro puede integrar el doctorado en uno de sus proyectos. “Me parece una oportunidad de una manera sencilla, con mucho apoyo y sin tener que depender de becas”, resume.

Isabel: una tesis que no se quede en la teoría

La motivación de Isabel es otra. La idea fue creciendo poco a poco, hasta volverse casi inevitable. “Siempre me ha gustado estudiar, investigar y hacerme preguntas que no tienen una respuesta inmediata”, explica. En su caso, un master en Economía le devolvió a la universidad y convenció de que quería dedicarse a esto. Lo industrial le atrae porque no quiere una tesis que viva solo en el papel. “Me interesaba trabajar sobre un problema real de una empresa, tener acceso a datos internos y que los resultados pudieran ser útiles para mejorar decisiones concretas”, dice. Su terreno es el sanitario y el farmacéutico: inversión, innovación, riesgo e incertidumbre. Quiere estudiar cómo los sistemas de control de gestión y de medición del desempeño influyen en las decisiones de I+D de las farmacéuticas.

La ventaja de estar dentro

Lo que ofrece la empresa, sobre todo, es acceso.

En Ciencias Sociales, cuenta Isabel, buena parte de la investigación sobre organizaciones se apoya en información pública, entrevistas o encuestas. “Tenemos un acceso muy limitado a lo que sucede dentro de ellas, quién toma qué decisiones y en base a qué lo hace.” Estar dentro cambia la perspectiva. Podría analizar, por ejemplo, cómo una farmacéutica decide seguir, modificar o abandonar un proyecto cuando los resultados son negativos o ambiguos: qué indicadores usa, qué incentivos reciben los responsables, cómo pesan los sesgos en decisiones que implican años de trabajo y mucho dinero.

“Me interesa analizar si esos mecanismos ayudan a tomar mejores decisiones o si pueden reforzar sesgos como el exceso de optimismo, o la tendencia a seguir invirtiendo en un proyecto simplemente porque ya se han destinado muchos recursos a él”, explica.

Para Paula, el acceso no es una ventaja: es una condición. Sus experimentos necesitan instalaciones y equipos que ya existen en el centro tecnológico.

Y hay un segundo regalo: el tiempo. Los proyectos de investigación aplicada en los que trabaja duran uno, dos o tres años. Un doctorado le permitiría pasar cuatro con el mismo problema. “Te permite estar con un tema mucho más tiempo y poder profundizar.” Tiene claro que no haría una tesis solo por el título. Si el proyecto de biorremediación en el que piensa, todavía pendiente de aprobación, sale adelante, sería para ella una razón para dar el paso: “Trabajar cuatro años en ello y poder intentar sacar alguna solución sería una cosa muy chula y muy satisfactoria”.

Dos lógicas que tienen que negociar

El atractivo del modelo es también su principal dificultad. Una tesis necesita una pregunta con interés académico. Una empresa necesita que el proyecto le sirva. Que ambas cosas coincidan no siempre es fácil.

Isabel lo ha vivido preparando su tesis. Sabía que quería investigar decisiones bajo riesgo e incertidumbre en el ámbito sanitario, pero convertir ese interés en un proyecto concreto la llevó a recorrer la inversión en I+D farmacéutica, la gestión hospitalaria, la medicina personalizada, la salud animal o la inteligencia artificial aplicada a la gestión. “Estaba intentando encontrar el punto exacto en el que coincidieran tres cosas: algo que me interesase, una pregunta con relevancia científica y un proyecto que pudiera realizarse con los datos y recursos disponibles.”

Y después, negociar: “Hay que encontrar una empresa interesada, lograr que sus necesidades encajen con una pregunta académicamente relevante y negociar el acceso a información que puede ser confidencial”.

La confidencialidad es justo donde las dos lógicas chocan. La empresa quiere proteger información estratégica; la tesis tiene que producir conocimiento que se pueda evaluar y, a menudo, publicar. Isabel lo sabe y no quiere pagar con su autonomía: “Me gustaría trabajar con datos reales y conocer desde dentro los procesos que estoy estudiando, manteniendo la independencia necesaria para que la investigación no quede subordinada a los intereses inmediatos de la empresa”.

El doctorado también es un trabajo

Para Paula hay otra cuestión, mucho más cotidiana: cuánto de su vida va a ocupar la tesis.

Sabe que probablemente tendrá que escribir fuera del horario habitual. Lo que no quiere es que eso se convierta en cuatro años de jornadas interminables. “Necesitaría tener claro que la presión no va a ser tan grande, ni en tiempos ni en horas que tengas que echar de tu vida personal”, explica. Y lo resume mejor que nadie: Que no sean cuatro años en los que no pisas la calle”.

Hacerlo en una empresa privada le da cierta tranquilidad, porque las horas extra también cuestan dinero a la organización. Pero no la elimina: “Necesitaría saber que se cumplen mis derechos laborales”.

Una inversión para el futuro

Las dos ven el doctorado como una apuesta profesional, aunque la jugarán en tableros distintos.

Para Paula, el efecto es inmediato: en su empresa, tener el título supone subir un escalón salarial y puede abrirle la puerta a otros proyectos y responsabilidades. “Si tienes doctorado es como que subes una escala en el sueldo.” También lo ve como una credencial portátil, por si algún día cambia de centro.

Isabel apunta a la universidad: quiere combinar investigación y docencia. Pero no quiere cerrar la salida contraria. “Me gustaría que me ayudase a adquirir conocimientos y capacidades valorados fuera de la universidad.” Por eso ha elegido un tema que interesa a la academia y que cualquier empresa reconocería: cómo asignar recursos, cómo evaluar proyectos inciertos, cómo evitar que los sesgos contaminen decisiones estratégicas.

¿Quién paga una tesis en una empresa?

Alguien tiene que sufragar el contrato del doctorando durante cuatro años, y las administraciones convocan ayudas para ello. Casi todas van dirigidas a la entidad que contrata, no a quien hace la tesis.

La principal es la convocatoria estatal de Doctorados Industriales 2026, de la Agencia Estatal de Investigación, abierta del 30 de septiembre al 26 de octubre de 2026. Financia cuatro años de contrato, con una retribución bruta mínima de 25.400 euros anuales, además de gastos del proyecto, estancias y matrícula. El porcentaje del coste que cubre la ayuda depende del tamaño de la empresa y del tipo de proyecto: el resto lo pone la empresa. De ahí parte del atractivo para ella, porque la administración paga una fracción importante de un investigador a cambio de que asuma un proyecto de I+D. Para el doctorando hay condiciones que conviene mirar con lupa: estar admitido en un programa de doctorado para el curso 2027/2028, no tener ya el título, no haber disfrutado más de doce meses de otra ayuda predoctoral como FPI o FPU y, sobre todo, no haber tenido vinculación laboral con la entidad antes del 18 de febrero de 2026. Ese último requisito importa para casos como el de Paula, que ya trabaja en su centro con contrato indefinido. Según esas reglas, un doctorado dentro de un puesto ya existente podría quedar fuera de la línea estatal y necesitar otra vía de financiación. Cómo lo resolverá su centro es, por ahora, una incógnita.

Algunas comunidades tienen programas propios. El País Vasco, con Bikaintek, es uno de los más detallados: exige una retribución mínima de 25.000 euros brutos anuales y reconoce a los investigadores en formación los derechos de propiedad intelectual e industrial derivados de su actividad, de acuerdo con su contribución. Es una de las pocas referencias explícitas a una pregunta que nadie debería dejar sin responder: ¿de quién es lo que se investiga? Madrid y Galicia también cuentan con líneas propias, con sus propios plazos y reglas.

Entre dos mundos

El doctorado industrial se coloca en un espacio intermedio: investigación universitaria hecha en colaboración con una empresa. Para quien lo hace, las ventajas son claras (financiación, infraestructura, acceso a datos, contacto con profesionales, problemas que existen más allá del campus), pero la colaboración obliga a poner límites. ¿Quién decide qué se investiga? ¿Qué ocurre si la empresa cambia de prioridades? ¿Puede el doctorando publicar todos sus resultados? ¿Y si los intereses de unos y otros dejan de coincidir?

Paula e Isabel aún no pueden responder desde la experiencia. Están en el momento anterior: el de decidir si las condiciones son lo bastante buenas para dar el paso. Por eso sus dudas son tan reveladoras. Paula pide una tesis que tenga sentido para ella y que no se coma su vida. Isabel, datos y problemas reales sin renunciar a la independencia académica. Las dos buscan, en el fondo, no tener que elegir. “Un doctorado que no me obligase a elegir entre teoría y práctica, ni entre universidad y empresa”, dice Isabel. Esa es la promesa del modelo. Lo que está por ver es si, cuando llegue la hora de investigar, el equilibrio aguanta.

  • Datos de las convocatorias consultados el 1 de octubre de 2026. En caso de discrepancia, prevalece el texto oficial de cada convocatoria.
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