Lo que dejamos de necesitar y llamamos basura

Una experiencia con Zophobas morio para preguntarnos qué ocurre con aquello que descartamos.

Sebastián ChiapellaMartes, 6 de octubre de 2026
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Alumnos pesando y clasificando por su masa a las larvas.

Resumen

¿Qué ocurre con las cosas que dejamos de necesitar y llamamos basura? Esta pregunta dio origen a una experiencia de laboratorio con estudiantes de primer año ¨A¨ de Biología, en el Colegio Schönthal, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El punto de partida fue un material cotidiano, el Telgopor o poliestireno expandido, y un organismo capaz de interactuar con él, las larvas de Zophobas morio. A lo largo de aproximadamente un mes, los estudiantes organizaron las larvas según su masa inicial, establecieron grupos comparables y observaron qué ocurría cuando recibían avena o Telgopor como material de alimentación. La experiencia permitió observar modificaciones visibles en el poliestireno y registrar variaciones en la masa de las larvas, pero también mostró la importancia de distinguir entre lo que podemos observar y aquello que podemos afirmar científicamente. Más allá del experimento, el trabajo abrió una pregunta que terminó siendo más importante que el propio Telgopor. Si algo deja de sernos útil y lo llamamos basura, ¿realmente deja de formar parte del ambiente?

Una pregunta que empezó con un televisor

La conversación comenzó con una pregunta sencilla:

¿qué ocurre con las cosas que usamos durante un tiempo y después dejamos de necesitar?

Uno de los estudiantes contó que, cuando su familia compró un televisor nuevo, el aparato llegó protegido por grandes piezas de Telgopor y una vez instalado, aquel material ya no tenía ninguna utilidad para ellos. Lo llevaron afuera y lo dejaron junto al tacho de basura. Al día siguiente, cuando salió de su casa, el Telgopor ya no estaba. ¿Y dónde fue? pregunté. El estudiante se encogió de hombros y me dijo:

No sé, profe. Desapareció.

La respuesta me resultó interesante porque, para el estudiante que había dejado el Telgopor junto al tacho, efectivamente había desaparecido. Ya no estaba allí, ya no podía verlo y, desde su perspectiva, aquello que había descartado simplemente había dejado de estar. Pero el material no había desaparecido realmente, había dejado de estar frente a sus ojos. A partir de esa situación apareció una idea que después se convertiría en el eje de toda la experiencia. La palabra ¨basura¨ no describe una propiedad intrínseca de un material, sino una categoría que construimos a partir de nuestra relación con él, si algo deja de sernos útil, lo descartamos y lo convertimos en basura. El problema es que ese cambio ocurre para nosotros, no necesariamente para el ambiente.

La pregunta quedó abierta y, unos días después, volvió a aparecer en el laboratorio.

Llevar la pregunta al laboratorio

Había decidido trabajar con larvas de Zophobas morio, conocidas habitualmente como sofobas, que pueden adquirirse en comercios de animales como alimento para reptiles. Compré dos recipientes con aproximadamente cien larvas cada uno y las llevé al laboratorio. No quería comenzar explicándoles qué debían descubrir, prefería que primero tuviéramos un problema concreto que resolver.

Reuní a los estudiantes alrededor de una mesa grande y coloqué las aproximadamente doscientas larvas en una bandeja. Lo primero que observaron fue que no todas tenían la misma masa. Si queríamos comparar qué ocurría con aquellas que recibirían Telgopor y aquellas que recibirían avena, necesitábamos formar grupos lo más comparables posible.

Tomamos entonces una balanza electrónica y comenzamos a pesar las larvas una por una. Cada estudiante registraba el valor y luego buscábamos en la estantería del laboratorio pequeños vasos de precipitados para clasificarlas. Cada larva quedaba ubicada en el recipiente correspondiente a su masa y mientras los estudiantes iban formando grupos de 0,2, 0,3 y 0,4 gramos, las pequeñas diferencias entre algunas mediciones eran visibles,  por lo que trabajamos con esos valores como masas de referencia para organizar los grupos, sin pretender que todos los individuos fueran idénticos.

Al mismo tiempo, otros alumnos fueron armando los carteles con las referencias para el siguiente ensayo.

Alumnos elaborando carteles con referencias.

Cuando terminamos la clasificación, seleccionamos aquellos grupos que nos permitían disponer de diez larvas para cada condición. Volvimos entonces a la estantería para buscar recipientes de mayor capacidad. El montaje quedó formado por seis grupos experimentales, cada uno con diez larvas, dos vasos de precipitados de 600 cm³ y cuatro cristalizadores. Para cada una de las tres masas de referencia establecimos un grupo que recibiría avena y otro que recibiría Telgopor. En los recipientes colocamos aproximadamente un centímetro de avena o de Telgopor, según correspondiera, y todos recibieron diariamente una pequeña aplicación de agua mediante un atomizador. Los estudiantes prepararon los rótulos, organizaron los recipientes y comenzaron a registrar lo que ocurría. A partir de ese momento, el laboratorio cambió. Ya no se trataba simplemente de observar unas larvas, había que esperar, comparar, registrar y volver a mirar.

Foto 3: Montaje experimental. Seis grupos de diez larvas de Zophobas morio, organizados según su masa inicial (0,2, 0,3 y 0,4 g) y el material suministrado, avena o Telgopor. Los rótulos permiten identificar las condiciones de cada grupo y los registros de masa inicial y final.

Cuando el Telgopor empezó a cambiar

Con el paso de los días, el Telgopor comenzó a presentar modificaciones visibles. Las piezas se fueron haciendo más delgadas, aparecieron fragmentos cada vez más pequeños y, en algunos recipientes, podía observarse material blanco con aspecto pulverulento. Fue entonces cuando uno de los estudiantes señaló el recipiente y preguntó:

Profe, mira lo que pasó con el Telgopor. ¿Se lo están comiendo?

La pregunta era exactamente la que necesitábamos. Les expliqué que todavía no podíamos saberlo con certeza, que el material estuviera fragmentado o presentara un aspecto diferente demostraba que había ocurrido un cambio, pero no permitía determinar por sí solo qué proceso lo había producido. La fragmentación no es necesariamente ingestión, y la ingestión tampoco demuestra por sí sola que haya ocurrido una biodegradación completa del polímero.

Larvas de Zophobas morio en el recipiente con avena.

La literatura científica ya había documentado que larvas del género Zophobas pueden consumir poliestireno y que los microorganismos asociados a su sistema digestivo pueden participar en su transformación, aunque esos procesos requieren métodos de análisis que no estaban disponibles en nuestro laboratorio escolar (Peng et al., 2020; Yang et al., 2020; Sun et al., 2022). Una revisión más reciente también reúne evidencia sobre el envejecimiento y la biodegradación de materiales basados en poliestireno (Dong et al., 2024).

Para nosotros, esa información era importante, pero no para convertirla en una respuesta anticipada. Al contrario, nos permitía comprender que nuestra observación formaba parte de una pregunta científica más amplia.

Mirar también a las larvas

Mientras observábamos el telgopor, también seguimos a los organismos. Al finalizar aproximadamente un mes de experiencia, retiramos las larvas y volvimos a pesarlas individualmente con la balanza electrónica. Los resultados fueron heterogéneos y no mostraron una única tendencia. En el grupo organizado alrededor de 0,2 gramos se observaron algunas de las disminuciones más marcadas, aunque también aparecieron registros finales ligeramente superiores. En los grupos de 0,3 y 0,4 gramos, muchas de las mediciones permanecieron relativamente próximas a las masas de comienzo, con pequeñas variaciones hacia arriba y hacia abajo. Como las larvas no habían sido marcadas individualmente durante el seguimiento, no podíamos relacionar cada medición final con un individuo concreto. Tampoco podíamos atribuir directamente una variación de masa al consumo de Telgopor. Lo que podíamos afirmar era más sencillo, las masas registradas al final no eran idénticas a las iniciales y existían diferencias entre las mediciones. La experiencia tenía, por eso, un carácter exploratorio. No contábamos con réplicas independientes para cada condición ni con un recipiente de Telgopor sin larvas que permitiera separar los cambios producidos por los organismos de aquellos que pudieran deberse a otros factores. Si quisiéramos profundizar la investigación, esos serían algunos de los aspectos que deberíamos mejorar.

Pero en el laboratorio escolar había otra cosa que también estaba cambiando. Al principio, varios estudiantes se acercaban con cierta distancia a las larvas, y con el correr de los días comenzaron a observarlas con mayor atención, a distinguir diferencias entre ellas, a registrar sus movimientos y a discutir qué podía estar ocurriendo dentro de los recipientes. El organismo que al comienzo era simplemente una larva que había que manipular con cuidado se había convertido en parte de una pregunta que ellos mismos estaban intentando resolver.

Cuando la basura volvió a aparecer

La experiencia terminó llevando la conversación nuevamente al lugar donde había comenzado: nuestras propias prácticas.

¿Qué hacemos cuando algo deja de servirnos? ¿Qué significa realmente ¨tirar¨ algo? ¿Qué ocurre con ese objeto después de que sale de nuestra casa, de nuestra escuela o de nuestra vista?

Los estudiantes empezaron a mencionar situaciones cotidianas. Algunos contaron que en sus casas separaban papel y cartón, botellas o determinados residuos, otros explicaron que todo terminaba junto porque era más sencillo. La conversación no buscaba evaluar quién reciclaba correctamente ni convertir la experiencia en una campaña ambiental. Lo interesante era que ahora podían mirar de otra manera una acción que normalmente realizamos casi sin pensar: descartar. En ese momento, el recuerdo del televisor volvió naturalmente a la conversación. El estudiante que había contado aquella historia reconoció el Telgopor que utilizábamos en el laboratorio y dijo algo que, para mí, resumió buena parte de lo que habíamos aprendido, entonces:

profe, el telgopor que yo tiré tampoco desapareció, debe estar en otro lugar, quizás hasta podría haber servido para algo, como acá con las Zophobas.

No estábamos demostrando qué había ocurrido con aquel Telgopor en particular, tampoco podíamos afirmar que todo residuo plástico pueda convertirse en recurso para otro organismo. Pero el razonamiento del estudiante había cambiado, ¨Desapareció¨ ya no era una respuesta suficiente.

La experiencia con Zophobas morio tampoco nos enseñó cómo deshacernos del Telgopor, pero nos permitió comprender algo más importante, que aquello que nosotros llamamos basura no deja de formar parte del ambiente cuando lo descartamos y que, bajo determinadas condiciones, incluso puede entrar en procesos de transformación mediados por otros organismos. Tal vez esa sea una de las preguntas más necesarias que podemos llevar a un laboratorio escolar, no solamente qué puede hacer una larva con un material que nosotros consideramos inútil, sino qué ocurre cuando un objeto deja de tener valor para nosotros.

Porque quizás el desafío no consista solamente en aprender a desechar mejor, sino en aprender a mirar nuevamente aquello que la vida cotidiana nos acostumbró a dejar de mirar. Y quizás ese sea uno de los aportes más valiosos de la enseñanza de la Biología.

Aprender a mirar nuevamente aquello que la vida cotidiana nos acostumbró a dejar de mirar.

Referencias

Dong, D., Guo, Z., Yang, X. y Dai, Y. (2024). Comprehensive understanding of the aging and biodegradation of polystyrene-based plastics. Environmental Pollution, 342, 123034. https://doi.org/10.1016/j.envpol.2023.123034

Peng, B.-Y., Li, Y., Fan, R., Chen, Z., Chen, J., Brandon, A. M., Criddle, C. S., Zhang, Y. y Wu, W.-M. (2020). Biodegradation of low-density polyethylene and polystyrene in superworms, larvae of Zophobas atratus (Coleoptera: Tenebrionidae): Broad and limited extent depolymerization. Environmental Pollution, 266, 115206. https://doi.org/10.1016/j.envpol.2020.115206

Sun, J., Prabhu, A., Aroney, S. T. N. y Rinke, C. (2022). Insights into plastic biodegradation: community composition and functional capabilities of the superworm (Zophobas morio) microbiome in styrofoam feeding trials. Microbial Genomics, 8(6), mgen000842. https://doi.org/10.1099/mgen.0.000842

Yang, L., Liu, Y., Gao, J., Peng, X.-W., Bai, Z.-H. y Zhuang, X.-L. (2020). Biodegradation of expanded polystyrene foams in Zophobas morio: Effects of gut microbiota. Huan Jing Ke Xue, 41(12), 5609–5616. https://doi.org/10.13227/j.hjkx.202003273

Yang, Y., Wang, J. y Xia, M. (2020). Biodegradation and mineralization of polystyrene by plastic-eating superworms Zophobas atratus. Science of the Total Environment, 708, 135233. https://doi.org/10.1016/j.scitotenv.2019.135233

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