Ocho principios para integrar la inteligencia artificial sin perder el criterio docente
Cambridge University Press & Assessment reclama que profesores y estudiantes participen en las decisiones sobre inteligencia artificial y pide una formación continua que permita integrar estas herramientas sin debilitar el pensamiento crítico, la equidad ni la autonomía profesional.
El informe parte de una constatación: la velocidad con la que se ha extendido la IA generativa ha superado en muchos casos la capacidad de reacción de administraciones y centros. IMAGEN GENERADA POR IA
La expansión de la inteligencia artificial generativa está obligando a los centros educativos a tomar decisiones para las que no siempre disponen de criterios compartidos. Un nuevo informe de Cambridge University Press & Assessment advierte de que muchos profesores ya utilizan estas herramientas, pero lo hacen en un escenario marcado por la falta de orientación, la desigualdad de recursos y la rápida transformación tecnológica.
El documento, centrado en la enseñanza del inglés y elaborado a partir de experiencias de docentes de distintos países, entre ellos España, sostiene que las políticas educativas no pueden diseñarse al margen de quienes trabajan diariamente en las aulas. La institución propone que profesores y alumnos intervengan en el diseño, la selección, la aplicación y la evaluación de las herramientas, de manera que cualquier regulación responda a necesidades educativas reales y no únicamente a posibilidades técnicas o intereses comerciales.
El informe parte de una constatación: la velocidad con la que se ha extendido la IA generativa ha superado en muchos casos la capacidad de reacción de administraciones y centros. Mientras se elaboran protocolos, los docentes ya deben decidir si permiten determinadas aplicaciones, cómo comprueban la autoría de los trabajos o de qué forma incorporan estas tecnologías sin convertirlas en un atajo. Cambridge considera que esa experiencia acumulada debe transformarse en conocimiento útil para regular.
La participación del profesorado tampoco debería limitarse a una consulta puntual. La propuesta pasa por reconocer su capacidad para determinar cuándo una herramienta aporta valor, qué riesgos plantea y cómo debe adaptarse a la edad, la materia o el contexto del alumnado. Esto implica proteger el criterio profesional docente frente a modelos en los que las tecnologías son elegidas externamente y los profesores quedan reducidos a ejecutores de decisiones ajenas.
El documento también incorpora la perspectiva de los estudiantes. Conocer cómo emplean la IA, qué dificultades encuentran y hasta qué punto comprenden sus limitaciones permitiría desarrollar normas más realistas. Su participación puede ayudar a identificar prácticas que pasan inadvertidas para los adultos y favorecer una responsabilidad compartida sobre la privacidad, la autoría y el uso ético de los contenidos generados.
Una de las principales recomendaciones es invertir en una formación profesional sostenida. No bastan sesiones aisladas sobre el funcionamiento de una aplicación: los docentes necesitan aprender a evaluar la fiabilidad de las herramientas, detectar sesgos, proteger los datos y vincular cada uso a objetivos pedagógicos concretos. La formación permanente del profesorado se presenta así como una condición para adoptar la IA con seguridad y evitar tanto el rechazo automático como una aceptación sin análisis.
Cambridge también propone incorporar la alfabetización crítica en IA al currículo. Los alumnos deben saber formular instrucciones, pero sobre todo contrastar resultados, detectar errores e imprecisiones, reconocer posibles sesgos y comprender cuándo no es adecuado recurrir a estas herramientas. El objetivo no es enseñar únicamente a obtener respuestas, sino preparar al alumnado para interrogarlas, verificarlas y utilizarlas como apoyo de un proceso intelectual propio.
Esta orientación obliga a revisar la evaluación. Si una aplicación puede producir en segundos un texto formalmente correcto, valorar solo el producto final ofrece una imagen incompleta del aprendizaje. El informe recomienda prestar mayor atención al proceso, la reflexión, la interpretación de las correcciones y la capacidad para justificar decisiones. Las tareas deberían aportar evidencias del razonamiento y permitir distinguir entre el uso legítimo de una herramienta y la sustitución del esfuerzo cognitivo.
Las recomendaciones se articulan en torno a ocho principios fundamentales:
- implicar a docentes y alumnos en la gobernanza;
- garantizar formación profesional continua;
- incluir la alfabetización crítica en el currículo;
- reformar los sistemas de evaluación;
- priorizar resultados centrados en las personas;
- establecer salvaguardias éticas;
- proteger la autonomía profesional docente;
- y asegurar un acceso equitativo a herramientas de calidad.
El enfoque centrado en las personas sitúa en primer plano capacidades como el pensamiento crítico, la comunicación, la autonomía, la inteligencia emocional y la responsabilidad social. La tecnología debería contribuir a reforzarlas, no a desplazarlas. Por ello, antes de incorporar una aplicación, los centros tendrían que preguntarse qué mejora educativa persiguen y qué pruebas existen sobre su utilidad. La finalidad pedagógica debe preceder a la novedad tecnológica.
La confianza dependerá además de reglas claras sobre protección de datos, transparencia, adecuación a la edad, inclusividad, autoría y rendición de cuentas. Estas garantías son especialmente relevantes cuando se trabaja con menores o cuando las plataformas procesan información académica y personal. Cambridge defiende una integración ética y segura que permita conocer qué datos se recopilan, cómo se emplean y quién responde ante resultados incorrectos o decisiones automatizadas.
El acceso desigual constituye otro de los riesgos señalados. No todos los centros cuentan con la misma conectividad, recursos económicos, formación o capacidad para seleccionar productos fiables. Tampoco todas las herramientas responden adecuadamente a la diversidad lingüística, las necesidades de accesibilidad o los contextos locales. Sin medidas específicas, la IA puede agravar desigualdades existentes entre territorios, centros y grupos de estudiantes.
La institución reclama por ello que las políticas públicas no se limiten a promover la adopción tecnológica. Deben garantizar herramientas de calidad, accesibles y adaptadas a diferentes entornos, además de proporcionar apoyo técnico y pedagógico. La innovación solo será educativa si sus beneficios alcanzan al conjunto del alumnado y si los centros con menos recursos no quedan relegados a soluciones deficientes o con menores garantías de protección.
El informe se apoya en investigaciones anteriores de Cambridge sobre las oportunidades y los riesgos de la IA generativa, el impacto percibido por los profesores y las estrategias de aprendizaje de idiomas. Estos trabajos pueden consultarse en el espacio de investigación educativa de Cambridge, que reúne análisis destinados a orientar a docentes, centros y responsables políticos.
La conclusión es que el éxito no dependerá de incorporar más aplicaciones, sino de utilizarlas con un propósito definido y bajo supervisión humana. Escuchar al profesorado, formar a toda la comunidad educativa y revisar el currículo y la evaluación permitirá pasar de respuestas improvisadas a una estrategia educativa coherente. La IA puede convertirse en un apoyo relevante para enseñar y aprender, pero únicamente si permanece subordinada al conocimiento pedagógico, la equidad y la autonomía de quienes trabajan en las aulas.
