¿Cabemos todos?

Carlos Marchena
Inspector Central de Educación
6 de noviembre de 2026
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No se trata de la típica pregunta que se formula cuando las puertas del ascensor se abren y comprobamos que no tiene cabida  para nadie más y,  a pesar de ello, la formulamos porque ya llevamos un tiempo, que consideramos más que prudencial,  esperando su llegada. Su contenido es retórico, aunque agradeceríamos que nos hicieran un hueco a pesar de correr el riesgo de que comience a pitar la alarma. Pero, insistimos, no estamos hablando de la muy socorrida educación cívica. Hacemos referencia al rotundo  de principio  de Inclusividad.  Rotundidad que le viene conferida por la transcendencia que encierra, pues no se trata de una cuestión de espacio sino de calidad.

Que el sistema educativo deba responder a las diferentes demandas formativas de todo  el alumnado que lo integra es incuestionable, independientemente de su origen e intensidad. En este caso estamos hablando del concepto del derecho a la educación, siendo su carácter universal.

Que esta atención educativa se lleve a cabo en contextos educativos normalizados, la mal denominada escuela ordinaria en comparación con los centros específicos de educación especial, constituye el fenómeno  conocido  como integración escolar, lo cual supone compartir los mismos espacios que el resto de la población en fase de formación, con especial énfasis en los tramos básicos y obligatorios. Esta ubicación espacial no garantiza, ni mucho menos, una oferta educativa compartida; por el contrario, tiende a la diferenciación y, por tanto, a una segregación camuflada. Cada cual tiene un puesto asignado que se acompaña con recursos personales y materiales también distintos: A ti te corresponde, a ti no te corresponde.  Representa una manera de entender la equidad un tanto manipulada. Las discriminaciones positivas no dejan de ser discriminaciones, aunque las presentemos a favor de los más desfavorecidos. Tampoco parece cumplir la propiedad transitiva; es decir, en la doble dirección. Todos los recursos existentes en un sistema educativo deben estar a disposición de sus usuarios en cualquier momento que lo necesiten, evitando establecer criterios clasificatorios (diagnósticos) para ser beneficiarios de ellos, ya sea en un determinado momento o con carácter permanente.

La inclusividad parte de una concepción curricular  y organizativa única, con los necesarios mecanismo de ajuste para la individualización, todo ello partiendo y compartiendo lo común.

Al respecto, y como curiosidad, llama poderosamente la atención que las pautas universales de aprendizaje no sean tan universales , dado que, si tales pautas constituyen una estrategia validada en la práctica docente, habría que preguntarse el por qué no están incluidas en las orientaciones metodológicas globales; dado que la diversidad del alumnado es su principal y genuina característica.

Una escuela inclusiva, que es sinónimo de una escuela para todos, no se construye desde un modelo basado en la categorización de los destinarios de las ayudas y, en consecuencia, de  los posible recursos a los que tendrían acceso. El proceso de aprendizaje es una línea discontinua y quebrada. Igualmente, la población que acude a un determinado centro educativo tampoco es homogénea en cuanto a sus señas de identidad, fluctuando sus necesidades e intereses.

Ante esta perspectiva solamente cabe pensar en modelos auténticos  de Excelencia, que toman la diversidad como punto de referencia. Es obvio que si podemos articular una oferta educativa que responda a los extremos de esa diversidad, nadie quedará excluido de poder alcanzar su máximo potencial formativo, teniendo como marco de referencia una diseño curricular único.

Estas afirmaciones ponen al descubierto una serie de limitaciones estructurales que cuestionan la consecución de este pilar fundamental de nuestro sistema educativo. Hacemos una breve enumeración:

  • El principio de sectorización, es decir, de distribución de los recursos, no tiene cabida como modelo para la dotación de recursos en una escuela inclusiva, al menos utilizado con un carácter permanente. Esto supone que todos los centros deben contar con los recursos. Su dotación y movilidad están al servicio del alumnado y no a la inversa. No se puede poner en peligro la libertad de elección de centro, unido a la deslocalización social que puede suponer para el alumnado, por limitaciones de índole presupuestaria. Además, esta sectorización propicia la instauración de guetos educativos que favorecen todo lo contrario; es decir, la exclusión.
  • Las estructuras de organización y coordinación didáctica existentes en los centros educativos no favorecen una visión global del alumnado, ni en lo curricular ni en lo personal. Es necesario ampliar la flexibilidad organizativa, dentro de la autonomía que tienen conferida los centros y fundamentada en el modelo de elaboración de proyectos de innovación.
  • La formación del profesorado es una cuestión básica, que no debe esperar a la finalización de sus estudios conducentes a un determinado grado universitario. La ausencia de una vía especifica de cualificación para aquellas personas que, independientemente de  la formación científica o humanística elegida, deseen ejercer la docencia constituye un lastre difícil de superar.
  • La absurda controversia polarizada en torno a inclusividad versus centros especializados para la atención de este alumnado, con una mayor intensidad en sus necesidades educativas, ha de quedar superada por la presencia de opciones que contemplen también la existencia de estas unidades que podríamos calificar de especializadas . Se trata de una oferta educativa más a incorporar dentro de los centros.

No obstante, y resulta curioso, que el concepto de inclusividad venga marcado por una concepción  histórica restringida en la manera de contemplar la atención  a la diversidad del alumnado. Es un modelo centrado en el déficit y asociado a la discapacidad. El concepto vago e impreciso de dificultades de aprendizaje o el más claramente definido de altas capacidades no parecen que estén presentes cuando se habla de estos temas.

Hagamos una llamada de atención, de esas que impactan. Es necesario  plantearse hacer de los centros educativos una especie de grandes superficies educativas, a modo de las comerciales, donde en un mismo reciento, cualquier persona tiene la posibilidad de encontrar aquello que  busque o necesite.

En ocasiones  se nos nubla el pensamiento, como al famoso personaje cervantino, y lo obvio pasa desapercibido. Quizás la excelencia radique aquí,  en la inclusividad.

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