El alumno nuevo no necesita una bienvenida. Necesita una tarea
Hace unas semanas escribí en estas páginas que medimos muy bien cuánto saben nuestros alumnos y casi nunca les preguntamos qué quieren. Esto es la fase anterior del mismo problema. Para contestar a esa pregunta hace falta un sitio desde el que contestarla, y ese sitio no lo da la bienvenida: lo da haber sido útil delante de alguien.
Cuando un alumno nuevo entra en un centro, el sistema tiene preparada una respuesta y se llama acogida. IMAGEN GENERADA POR IA
“Medimos el día que llega. No medimos el día que deja de ser el nuevo”.
El pasado septiembre se presentó la duodécima edición de los Indicadores comentados sobre el estado del sistema educativo español, elaborados por la Fundación Europea Sociedad y Educación y la Fundación Ramón Areces. Hay en ellos un dato que conviene no leer deprisa.
El abandono educativo temprano está en el 12,8%, el mínimo de toda la serie histórica. Dentro de esa cifra conviven dos países: entre el alumnado de nacionalidad española es del 9,8%; entre el extranjero, del 30,7%. Veintiún puntos de diferencia.
La lectura técnica es correcta y el informe la hace con rigor: buena parte del frenazo en la mejora se explica por un efecto de composición, y muchos de esos jóvenes llegan a España ya con dieciocho o veinte años y nunca pasaron por nuestras aulas. De esos no podemos responder.
Pero otros sí pasaron. Y son muchos: 1.148.217 alumnos extranjeros en el curso 2024-25, el 12,9% del alumnado no universitario y el 14,2% en la escuela pública, según la misma fuente. Uno de cada ocho. Eso ya no es un matiz estadístico.
Escribo desde el otro lado de ese dato. Llegué a España con veinticinco años, con una carrera terminada, con idiomas y con experiencia de trabajo. Y aun así pasé meses siendo la que no entendía: la que preguntaba dos veces, la que llegaba con el papel equivocado, la que tardaba el triple en cualquier gestión. No me faltaba capacidad. Me faltaba un lugar donde se me notara.
Cuando un alumno nuevo entra en un centro, el sistema tiene preparada una respuesta y se llama acogida. Protocolo, presentación ante el grupo, evaluación inicial, apoyo lingüístico si hace falta, a veces un alumno tutor. Todo bienintencionado y casi todo necesario.
Y todo dice exactamente lo mismo: tú eres el que necesita ayuda.
Durante las primeras semanas, cada interacción confirma el mensaje. Se le explica, se le acompaña, se le adapta y se le corrige. Rara vez se le pide algo que él sepa hacer mejor que los demás.
Un alumno que solo ocupa el lugar del que recibe aprende un papel. Y el papel se consolida en pocas semanas, se le queda puesto durante años y, cuando deja de estudiar al terminar la enseñanza obligatoria, lo que abandona no es exactamente un itinerario formativo. Abandona un sitio donde nunca llegó a ser bueno en nada.
Por eso creo que la pregunta no es cómo mejorar la acogida, sino cuánto tarda un alumno en dejar de ser el recién llegado. Propongo algo concreto y barato. Que todo alumno que se incorpora tenga, antes de terminar el primer mes, al menos una tarea en la que él es quien sabe.
No me refiero a que cuente de dónde viene. Eso lo convierte en objeto de curiosidad, no en alguien competente, y además lo expone justo cuando menos puede permitírselo. Me refiero a otra cosa. Que se encargue del material del laboratorio porque se le da bien. Que enseñe a dos compañeros el programa que ya manejaba en su colegio anterior. Que juegue el viernes en el equipo. Que arregle algo que no funciona. Lo que sea, con una condición: que en esa tarea el nuevo no sea el ayudado, sino el que resuelve.
Y que se mida. Un solo indicador por centro: qué porcentaje del alumnado incorporado durante el curso ha tenido una tarea de ese tipo antes de cumplir un mes. Lo que no se cuenta no se hace, por bien redactado que esté en el proyecto educativo.
Quiero ser justa con los docentes, porque tengo la sensación de que todo lo que no resolvemos en casa acaba llegando al colegio en forma de circular. Un tutor con treinta alumnos y tres incorporaciones a lo largo del curso hace lo que puede con lo que tiene. Y, sobre todo, esto no se lo ha pedido nadie: el protocolo le pide registrar la llegada y evaluar el nivel. Le pide el principio. No le pide el final.
Hace unas semanas escribí en estas páginas que medimos muy bien cuánto saben nuestros alumnos y casi nunca les preguntamos qué quieren. Esto es la fase anterior del mismo problema. Para contestar a esa pregunta hace falta un sitio desde el que contestarla, y ese sitio no lo da la bienvenida: lo da haber sido útil delante de alguien.
Un alumno que se va del sistema a los dieciocho no empezó a irse a los dieciocho. Empezó mucho antes, un martes cualquiera, cuando entendió qué papel le tocaba en esa clase.
Medimos el día que llega. No medimos el día que deja de ser el nuevo. Y es el segundo, y no el primero, el que decide casi todo lo que viene después.
