La autonomía también se enseña: el reto del alumnado al llegar a Secundaria

El paso de Primaria a ESO exige más organización, responsabilidad y capacidad para afrontar contratiempos. Una experta de la Universidad Internacional de Valencia advierte de que la sobreprotección y la exposición digital precoz pueden dificultar el desarrollo de estas competencias.

MagisterioMartes, 3 de noviembre de 2026
0

Acompañar al adolescente no implica sustituirlo. La sobreprotección puede transmitirle que la frustración siempre debe evitarse o que otra persona acudirá para solucionar sus problemas. IMAGEN GENERADA POR IA

La entrada en la Educación Secundaria Obligatoria obliga al alumnado a desenvolverse con más profesores, horarios complejos, nuevas relaciones sociales y una mayor carga de trabajo. Este cambio reclama más autonomía personal, pero no todos los estudiantes llegan a la etapa con las mismas oportunidades para haberla desarrollado.

En este contexto ha ganado presencia la expresión «infantilización extendida», utilizada para describir las dificultades de algunos adolescentes al asumir responsabilidades propias de su edad. María Teresa Gonzálvez Maestre, profesora del Máster en Psicopedagogía de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), precisa que no se trata de un diagnóstico ni de un concepto psicológico formal, sino de un posible desajuste evolutivo entre las exigencias de la adolescencia y las competencias adquiridas previamente.

La cuestión, por tanto, no reside en atribuir inmadurez de forma generalizada a una generación. El desafío consiste en analizar si niños y adolescentes han contado con ocasiones suficientes para tomar decisiones, resolver problemas cotidianos, regular sus emociones y asumir las consecuencias proporcionadas de sus actos.

Las señales de una autonomía insuficiente

La necesidad constante de supervisión adulta, las dificultades para organizar tareas sin recordatorios, la dependencia para solucionar conflictos cotidianos o la escasa tolerancia ante los contratiempos pueden revelar una autonomía todavía frágil. Son comportamientos que adquieren especial relevancia al comenzar Secundaria, cuando el entorno académico espera más iniciativa del estudiante.

El desarrollo de esta capacidad depende de factores familiares, escolares, sociales y tecnológicos. Sin embargo, la familia constituye uno de los primeros espacios donde se aprende a colaborar, cumplir compromisos y responder ante los errores. Cuando los adultos anticipan cualquier dificultad, realizan las tareas en lugar del menor o evitan todas las consecuencias negativas, pueden limitar experiencias necesarias de aprendizaje.

Acompañar al adolescente no implica sustituirlo. La sobreprotección puede transmitirle que la frustración siempre debe evitarse o que otra persona acudirá para solucionar sus problemas. Frente a esta dinámica, conviene ofrecer un apoyo gradual que permita al menor probar estrategias, equivocarse dentro de límites seguros y aprender de sus decisiones.

Esto no significa abandonar al estudiante ni exigirle competencias que nadie le ha enseñado. La autonomía se construye mediante oportunidades ajustadas a la edad, expectativas claras y una retirada progresiva de la ayuda. El adulto mantiene su disponibilidad, pero deja espacio para que el adolescente encuentre sus propias respuestas.

La exposición digital no equivale a madurez

El ecosistema tecnológico introduce una dificultad añadida. El acceso precoz a información, conversaciones y contenidos propios del mundo adulto puede generar una apariencia de madurez. Sin embargo, conocer determinados asuntos por haberlos visto en internet no significa disponer de los recursos cognitivos y emocionales necesarios para comprenderlos, contextualizarlos o gestionar su impacto.

Esta diferencia entre exposición y madurez puede confundir a las familias y al profesorado. Un adolescente capaz de manejar aplicaciones, consumir contenidos complejos o reproducir discursos adultos puede seguir necesitando ayuda para controlar impulsos, evaluar riesgos o afrontar un conflicto. La competencia tecnológica no garantiza por sí sola autorregulación, pensamiento crítico ni estabilidad emocional.

La relación entre pantallas y funciones ejecutivas, además, puede operar en ambas direcciones. Un uso intenso puede asociarse con dificultades posteriores de atención y autorregulación, mientras que los menores que ya presentan problemas para controlar su conducta pueden desarrollar un uso más problemático de los dispositivos. Esta interacción aconseja sustituir las explicaciones simplistas por una educación digital sostenida.

La respuesta educativa no debería limitarse a prohibir o contabilizar horas de pantalla. También debe enseñar a seleccionar contenidos, establecer tiempos de descanso, reconocer situaciones de riesgo y pedir ayuda. La finalidad es que el alumnado adquiera criterio y autocontrol para desenvolverse en un entorno que forma parte de su vida cotidiana.

Enseñar a organizarse también es educar

La transición a Secundaria no puede reducirse a un cambio de edificio, horarios o expedientes. También supone una transformación psicológica, social y educativa. Por ello, los centros necesitan cuidar la acogida, el sentimiento de pertenencia y el acompañamiento socioemocional temprano, especialmente durante los primeros meses del curso.

Exigir responsabilidad sin enseñar cómo ejercerla puede agravar las dificultades. Pedir a un alumno que se organice solo, sin haber trabajado previamente la planificación semanal, el uso de la agenda o la división de una tarea compleja, supone confundir autonomía con ausencia de apoyo. La escuela debe incorporar estrategias explícitas de organización dentro del aprendizaje.

Entre estas herramientas figuran establecer prioridades, calcular el tiempo necesario para cada actividad, preparar los materiales con antelación, dividir proyectos largos en pasos pequeños y revisar el trabajo antes de entregarlo. Son aprendizajes que pueden abordarse desde la tutoría y las distintas materias, con una coordinación adecuada entre profesorado y orientación.

También resulta importante que las expectativas sean compartidas por el centro y las familias. Si el profesorado promueve que el estudiante asuma sus obligaciones, pero en casa los adultos revisan constantemente la plataforma educativa, preparan su mochila o intervienen ante cualquier desacuerdo, el mensaje pierde coherencia. La autonomía requiere criterios educativos comunes y una comunicación fluida.

Un apoyo que disminuye progresivamente

En el ámbito familiar, el objetivo no consiste en retirar la ayuda de golpe, sino en modificarla. En lugar de resolver automáticamente el problema, el adulto puede ayudar al adolescente a identificar opciones, valorar consecuencias y elegir una respuesta. Este cambio de acompañamiento transforma una dificultad cotidiana en una oportunidad para aprender.

Olvidar un material, obtener una mala calificación o aclarar personalmente un malentendido con un profesor pueden convertirse en experiencias formativas, siempre que las consecuencias sean proporcionadas y no comprometan el bienestar del menor. La intervención adulta debe reservarse para situaciones que superen sus recursos o impliquen un riesgo real.

La autonomía no comienza al llegar a Secundaria, sino que se construye desde etapas anteriores y debe continuar enseñándose durante la transición. Familia y escuela actúan como un andamiaje educativo temporal: cuanto mayores sean las competencias del adolescente, menor tendrá que ser la intervención directa de los adultos.

0

Boletín de Magisterio

Lo esencial de la educación, cada día en tu correo.