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El camino

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La realidad para un niño viene determinada, como es natural, por los adultos que le acompañan y educan. Por muy libre que se sienta o le quieran hacer sentir, en la mayoría de las ocasiones el tipo de elección que se le plantea es intrascendente y sin consecuencias más allá de las meramente anecdóticas. No posee aún los conocimientos necesarios para poder ejercer responsablemente su libertad.

Viene esto a cuento del comienzo de El camino, la deliciosa novela de Delibes: “Las cosas podrían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus 11 años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal”.

Por muy libre que se sienta o le quieran hacer sentir, en la mayoría de las ocasiones el tipo de elección que se le plantea es intrascendente y sin consecuencias más allá de las meramente anecdóticas

El lector recordará que este niño de 11 años, protagonista del libro, no entiende por qué a la mañana siguiente ha de subirse a un tren que le alejará de su pueblo (barbarie) y le conducirá de forma inexorable hacia el internado-escuela de la ciudad (la civilización). Sin embargo, para su padre se trata de un rito fundamental. Supone la rudimentaria, legítima e incontestable  idea que tiene de progreso. Lo dijo Kant: «el hombre es lo que la Educación hace de él».

No en vano, Ramón, el hijo del boticario, estudia ya para abogado y cuando les visita durante las vacaciones viene empingorotado como un pavo real y les mira a todos por encima del hombro. Daniel intuye en consecuencia que progresar debe ser algo parecido. No obstante, le extraña que a pesar de todo y de tantos años de estudio, haya todavía quien no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón. “La vida era así de rara, absurda y caprichosa”.

 

Supone la rudimentaria, legítima e incontestable  idea que tiene de progreso. Lo dijo Kant: "el hombre es lo que la Educación hace de él"

Él se conforma con tener una pareja de vacas, una pequeña quesería y el insignificante huerto de la trasera de su casa.

Como más tarde tantos progenitores de la España de la Transición (la obra es de 1950) , sus padres insisten en que su hijo sea algo grande en la vida. Todo lo que ellos al respecto soñaron, quieren verlo encarnado en él.

Pero Daniel, si tuviera que elegir a alguien al que parecerse, éste sería sin duda Paco, el herrero, con su tórax inabarcable y sus espaldas macizas. Le queda muy lejos la grandeza por ejemplo al estilo de don Ramón, el boticario, a quien hacía unos meses habían hecho alcalde.

Para tal caso, prefería no ser grande ni progresar. Palabra del Mochuelo (animal sagrado de la diosa Atenea, símbolo de la Filosofía).

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