François Girard: “La música es capaz de cruzar fronteras sin necesidad de traducción”

El director de 'La canción de los nombres olvidados' describe cómo el lenguaje musical nos habla al corazón y nos cuenta cosas que las palabras no pueden expresar.
José Mª ArestéMartes, 24 de marzo de 2020
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El director compara la sensación de ver La canción de los nombres olvidados con un paseo por un volcán aparentemente tranquilo, pero en cuyas profundidades corre la lava candente.

La canción de los nombres olvidados es el primer largometraje que rueda en la terrible localización del campo de exterminio de Treblinka. Ahí en una roca se puede leer en varios idiomas la expresión “Nunca más”.
—Un problema de la sociedad actual es la amnesia general. El 50% de la gente de menos de 30 años no sabe siquiera qué significa la palabra Holocausto, y los que lo saben, puedes apostar a que no podrían explicar mucho al respecto. Por eso, sin lugar a dudas, la misión de esta película es mantener el recuerdo vivo, que aquellos acontecimientos sigan teniendo importancia y eco.

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Ver esta película es como dar un paseo por un volcán aparentemente tranquilo, pero en sus profundidades corre la lava candente

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¿Qué sintió la primera vez que visitó Treblinka?
—Fue una experiencia muy emotiva. Entramos en el parque y estuvimos dos horas sin pronunciar palabra. No teníamos nada que decir. [Y cambiamos una escena], en el guion, los personajes iban hablando mientras caminaban por el parque, pero después de aquello, no me parecía adecuado. Volví y trabajé con Jeffrey Caine [el guionista] para que Martin y Anna permanecieran en silencio.
Un motivo por el que acepté dirigir esta película es que trata el Holocausto sin mirarlo directamente a los ojos. No creo que hubiese sido capaz de hacerlo. Ver La canción de los nombres olvidados es como dar un paseo por un volcán que está aparentemente tranquilo, con sus jardines y caminos, pero por debajo, en las profundidades, corre la lava candente. Estamos mirando al Holocausto desde el extremo pequeño de un telescopio, a los personajes que sufrieron las consecuencias, y a través de sus ojos y de sus vidas, evocamos la tragedia que vivieron.

En sus películas anteriores, como ocurre en El violín rojo, ha logrado una conexión increíble entre el lenguaje musical y el cinematográfico. ¿Ha querido François Girard ir con La canción de los nombres olvidados en la misma dirección?
—La música es un vehículo muy importante a la hora de abordar esta historia, pero, en mi opinión, no es una película sobre música. Es una historia íntima sobre dos hermanos, en la que el trasfondo del Holocausto y la memoria de los desaparecidos emergen poco a poco. Me aseguré en todo momento de que la música siempre estuviera al servicio de este propósito y nunca a la inversa.

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No hay fama, ni dinero, ni individualidad. Se trata únicamente de honrar la memoria de los desaparecidos

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Resulta especialmente conmovedor el tramo final que da título a la película, con la tradición de las oraciones cantadas como memorial…
—La música probablemente sea el lenguaje más potente de todos porque cruza fronteras sin necesidad de traducciones. Habla al corazón sin intermediarios y cuenta cosas que las palabras no pueden expresar, porque es un lugar en el que nos encontramos y que ningún otro medio puede proporcionarlo.
Howard [Shore, el compositor de la banda sonora] ha contribuido al guion. Muchas ideas las he desarrollado y comentado con él y, al final, se han plasmado en el guion. Por ejemplo, el concierto final, donde convergen las tres interpretaciones de Dovidl de La canción de los nombres olvidados, con Weschler, en Treblinka, y en el escenario, así como la primera vez que oye al rebe cantarla, es algo que metí en el guion y que Howard secundó. Para entonces, ya no es Dovidl demostrando su virtuosidad, sino que es más bien una evocación espiritual. Su música se acaba convertiendo en un vehículo de algo más grande.
No hay fama, ni dinero, ni individualidad, no hay un ego en todo ello. Se trata únicamente de honrar la memoria de los desaparecidos.

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