La infancia digital, bajo la lupa de la OCDE: 93% conectado a los 10 años

La OCDE retrata a niños y adolescentes cada vez más conectados y advierte de que el impacto de las pantallas no depende solo del tiempo de uso, sino también del acompañamiento, la regulación y el contexto social en el que crecen.
MagisterioMartes, 19 de mayo de 2026
0

El nuevo informe de la OCDE no se limita a medir horas frente a la pantalla: retrata la infancia conectada como un territorio de oportunidades y de tensiones en el que ya no basta con hablar de tecnología, sino de bienestar, aprendizaje, salud y autonomía. La organización subraya que el problema no es solo el acceso, sino también quién acompaña, quién regula y quién protege en un entorno que cambia a gran velocidad.

Un retrato de generación

El retrato estadístico es contundente. A los 10 años, el 93% ya tenía conexión a internet en 2021 y alrededor del 70% disponía de smartphone propio; a los 15, el acceso al ecosistema digital era casi total, con un 96% con ordenador, portátil o tableta en casa y un 98% con móvil conectado. Además, al menos la mitad de los adolescentes de 15 años pasaba 30 horas o más a la semana con dispositivos digitales, y una minoría muy visible superaba las 60 horas.

Pero el dato más incómodo no es la extensión del uso, sino su reparto. La propia OCDE advierte que las desigualdades online suelen reflejar desigualdades offline: los hogares con menos recursos tienen menos acceso a dispositivos, y los adolescentes de menor nivel socioeconómico encuentran más obstáculos para aprovechar la red con fines educativos o para gestionar los riesgos que acompañan a esa exposición temprana. En países como Colombia, México, Turquía, Eslovaquia, Israel, Chile, Lituania y Grecia, la brecha entre grupos sociales sigue siendo especialmente visible.

El aula entra en la ecuación

La escuela aparece entonces como el gran segundo escenario. El informe recuerda que el 84% de los jóvenes de 15 años usa recursos digitales para aprender fuera del centro, que el 69% crea o edita contenido propio y que las diferencias por género y origen social siguen marcando la experiencia educativa en línea. En otras palabras, la competencia digital no solo sirve para entretenerse: también puede abrir puertas a la lectura, a la investigación, al tutorial que resuelve una duda y al proyecto que se transforma en aprendizaje real.

Pero ese mismo aula digital tiene su reverso. Según la OCDE, el 44% de los estudiantes de 15 años mantiene las notificaciones activas durante clase, y los intentos de prohibir el móvil no ofrecen una solución mágica: pueden reducir distracciones en algunos contextos, pero también se aplican con dificultad y sus efectos sobre el bienestar y el rendimiento son mixtos. El mensaje de fondo es claro: regular no basta si no se acompaña de criterio pedagógico, seguimiento y una cultura de uso responsable.

Pantallas ni ángel ni demonio

La gran aportación del informe es quizá su renuncia a los eslóganes. No existe una relación lineal entre pantalla y bienestar; el efecto depende de la edad, del tipo de actividad y de la intensidad del uso. La OCDE habla incluso de una curva en U invertida para las redes sociales: el uso muy bajo y el muy alto se asocian con peores resultados socioemocionales, mientras que el uso moderado aparece vinculado a mejores indicadores. Ni todo uso daña ni todo uso protege.

En la salud física, el calendario importa casi tanto como el contenido. El uso intensivo, y especialmente el que se concentra antes de dormir, se relaciona con peor duración y peor calidad del sueño; también se asocia con obesidad, sedentarismo, peor dieta, molestias musculoesqueléticas y un posible aumento del riesgo de miopía, aunque este último punto sigue siendo objeto de debate científico. La clave, insiste la OCDE, es que pantallas y descanso no compiten en igualdad de condiciones: la noche suele perder.

Cuando la red hiere

El golpe más visible llega cuando la red deja de ser un espacio de exploración y se convierte en un lugar de daño. Uno de cada seis adolescentes de 11 a 15 años declara haber sufrido ciberacoso, y el informe añade que el 36% se sintió molesto al ver contenidos inapropiados para su edad, el 42% por mensajes ofensivos y el 53% por contenidos discriminatorios; cerca del 40% también se inquietó cuando información personal suya apareció sin consentimiento. La agresión digital no es un accidente menor: amplifica el viejo acoso escolar y le añade permanencia, difusión y una audiencia mucho más grande.

Junto a esa violencia explícita, el informe retrata un malestar más silencioso. En torno al 10% de los adolescentes de 11, 13 y 15 años presenta uso problemático de redes sociales, una cifra que ha subido desde niveles inferiores al 7% en 2017-18; además, el 17% de los jóvenes de 15 años afirma sentirse nervioso o ansioso cuando no tiene el dispositivo cerca, y el 46% de quienes usan redes reconoce que las emplea para escapar de sentimientos negativos. No estamos ante una epidemia uniforme, pero sí ante una hiperconexión frágil que golpea más a chicas, menores de entornos vulnerables y adolescentes con antecedentes emocionales previos.

La receta de la OCDE

Ante ese panorama, la OCDE no propone un gesto aislado, sino una arquitectura completa. Habla de cuatro pilares: marco legal y regulatorio, escuelas y docentes, padres y cuidadores, y participación de los propios niños y adolescentes. La idea es trasladar parte de la responsabilidad a quienes diseñan plataformas y servicios, exigir seguridad por diseño y evitar que la carga de la protección recaiga casi por completo en familias y centros. La política útil no prohíbe por reflejo: coordina, anticipa y corrige.

En ese reparto de responsabilidades, los padres no quedan al margen, pero sí dejan de ser los únicos guardianes del problema. El informe recomienda que las reglas evolucionen con la edad, que el control del contenido pese tanto o más que el simple recorte de tiempo y que existan herramientas claras para ajustar la privacidad, denunciar abusos y comprender cómo se usan los datos. También advierte de que los controles parentales no pueden sustituir a diseños más seguros desde el origen. Acompañar no es vigilar; acompañar es explicar, modelar y dar autonomía progresiva.

Lo que aún no sabemos

La última sala del informe mira hacia la estadística y deja una advertencia de fondo: seguimos midiendo demasiado poco y demasiado tarde. La OCDE constata que la información internacional sobre infancia digital es fragmentaria, que se concentra sobre todo en adolescentes y riesgos, y que apenas recoge experiencias positivas, apoyos familiares o el impacto real en la vida cotidiana. Por eso pide más datos longitudinales, mejores encuestas y un lugar propio para estas métricas en el OECD Child Well-Being Data Portal. Sin evidencia fina no hay política fina.

Quizá ahí esté la gran conclusión de esta crónica: la infancia ya vive en la era digital, pero no todas las infancias la viven igual ni con las mismas defensas. El reto no es sacar a los menores del mundo conectado, sino construir un entorno en el que puedan aprender, crear, relacionarse y descansar sin quedar atrapados por la lógica de la atención infinita. Proteger sin excluir es la consigna que, según la OCDE, debería ordenar ahora la conversación pública, la escuela y el hogar.

0