Bebidas energéticas y alcohol, la mezcla que sigue marcando el ocio juvenil
Los dos trabajos presentados en el Palacio de Cibeles fueron el estudio cuantitativo ¿Raro por qué? Discursos juveniles en torno al no consumo de alcohol, de Ignacio Megías Quirós, y el estudio cualitativo Jóvenes entre bebidas energéticas y alcohólicas, de Juan Carlos Ballesteros Guerra, ambos elaborados por Fad Juventud, con la colaboración del Ayuntamiento de Madrid y la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.
Las bebidas energéticas ocupan ya un lugar estable en el ocio juvenil: se usan para aguantar la noche, seguir el ritmo de la fiesta o retrasar el cansancio. Pero su combinación con alcohol aparece como uno de los focos de mayor preocupación en los estudios presentados este 29 de junio de 2026 en Madrid por Fad Juventud, el Ayuntamiento de Madrid y la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.
El dato más llamativo es claro: tres de cada cuatro jóvenes consideran muy dañina la mezcla de alcohol y bebidas energéticas. Aun así, dos de cada diez de quienes las combinan reconocen hacerlo con bastante o mucha frecuencia, lo que muestra hasta qué punto la percepción del riesgo convive con hábitos todavía extendidos.
El dictamen científico de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) sobre la cafeína recuerda, además, que en niños y adolescentes la referencia de seguridad se sitúa en 3 mg por kilo de peso corporal al día, una cifra que algunas consumiciones grandes pueden alcanzar con facilidad. Ese margen ayuda a explicar por qué el abuso preocupa tanto a los especialistas, especialmente cuando la cafeína se mezcla con alcohol y puede enmascarar la sensación de embriaguez.
En los grupos de discusión incluidos en la investigación, la combinación de alcohol y energéticas aparece ligada a una idea muy concreta: resistir más, dormir menos y seguir en pie. El sabor también pesa. Casi la mitad de quienes las mezclan afirman que la combinación sabe mejor que otras opciones, y una parte relevante sostiene que la energética suaviza el gusto del alcohol.
Pero el informe deja claro que esa aparente ventaja tiene un reverso. El cóctel potencia la sensación de energía y euforia al tiempo que reduce la percepción del exceso, justo lo contrario de lo que buscan las campañas de prevención. En ese contexto, la mezcla no se interpreta solo como una cuestión de consumo, sino como una forma de estirar la noche y de sostener el ritmo social.
La otra gran conclusión de los trabajos es que, aunque crece la distancia de una parte de la juventud respecto al alcohol, su presencia en el ocio sigue siendo muy alta. Seis de cada diez jóvenes de entre 15 y 29 años consumen bebidas alcohólicas con frecuencia u ocasionalmente.
La investigación cuantitativa, basada en 1.200 entrevistas online, y la cualitativa, apoyada en cuatro grupos de discusión con 32 jóvenes de Madrid, coinciden en una misma idea: el alcohol continúa normalizado, pero ya no todos los jóvenes se relacionan con él de la misma manera. Casi cuatro de cada diez han reducido su consumo y dos de cada diez lo han abandonado.
En la presentación, Inmaculada Sanz Otero defendió que los jóvenes muestran una actitud más sensata que generaciones anteriores, mientras Beatriz Martín Padura, directora general de Fad Juventud, subrayó que no existe una única forma de relacionarse con el alcohol y que quienes se apartan de la norma siguen sintiendo presión para consumir. Juan Carlos González Luque insistió en que la prevención debe atender no solo a lo que los jóvenes saben, sino también a cómo viven, se relacionan y se divierten.
Los testimonios recogen una idea repetida: en muchos entornos, no beber sigue exigiendo explicaciones. Encajar, pertenecer y no desentonar continúan siendo palabras clave en contextos de ocio y fiesta. Quienes no consumen relatan que, a menudo, deben justificar su decisión o soportar comentarios sobre que están cortando el ambiente.
Esa presión no desaparece con la edad, pero sí cambia la forma de afrontarla. En los grupos más jóvenes pesa más la necesidad de encajar; en edades posteriores, la decisión de no beber se vive con mayor seguridad. Aun así, el estudio apunta a que en grupos amplios la presión es más intensa, mientras que en círculos íntimos aparece más libertad y alivio.
El consumo no está exento de consecuencias. Alrededor de uno de cada tres jóvenes afirma no haber sufrido ningún problema derivado del alcohol, pero entre quienes sí los han experimentado destacan tres efectos muy concretos: gastar más dinero del previsto, tener problemas de sueño y sentir tristeza, apatía o falta de ánimo.
De ahí que buena parte de quienes han bebido alguna vez hayan terminado replanteándose su relación con el alcohol. La lógica del estudio apunta a una juventud que no necesariamente rompe con el consumo, pero que sí empieza a limitarlo, moderarlo o reordenarlo. Entre las ideas que aparecen con más fuerza está la de beber mejor: menos cantidad, más control y contextos más concretos.
Los resultados de ambos informes dejan una conclusión clara: el alcohol no ha desaparecido, pero su relación con la juventud está cambiando. Junto al consumo habitual, crecen el rechazo, la reducción y el abandono. Y, al mismo tiempo, persiste una fuerte normalización social que hace que no beber siga pareciendo, para muchos, una decisión que hay que explicar.
La clave, apuntan los autores, no pasa solo por insistir en los riesgos sanitarios, sino por abordar también los riesgos sociales y relacionales: la presión por encajar, el miedo a quedar fuera, la vergüenza, el arrepentimiento o la dificultad para sostener una identidad propia en contextos donde beber se da por hecho.
La investigación cuantitativa se basó en una encuesta online a 1.200 adolescentes y jóvenes de entre 15 y 29 años residentes en España, realizada en mayo de 2025. La parte cualitativa se desarrolló mediante cuatro grupos de discusión con 32 jóvenes de entre 18 y 28 años residentes en Madrid, con perfiles diversos de consumo de alcohol.
