Fernando Fernández: "La escuela está sola y le está pasando un tsunami por encima"

Fernando Fernández, al frente de UCETAM, analiza en La Charleta educativa el malestar docente, el tirón del bilingüismo, la presión sobre la escuela y el reto de una inteligencia artificial que ya asoma en las aulas.
Diego MorenoMartes, 16 de junio de 2026
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Fernando Fernández dejó una de las frases más potentes de la entrevista cuando advirtió que la escuela está sola y le está pasando un tsunami por encima. Desde ese aviso, la conversación con el responsable de UCETAM se convirtió en una radiografía de un sistema que, según él, acumula cansancio, se apoya demasiado en el profesorado y vive con la sensación de que la educación sigue entrando en la agenda pública tarde y a trompicones.

El malestar docente que se incubaba

Fernando Fernández no habla de un estallido improvisado, sino de un malestar docente que, a su juicio, viene de lejos y se ha ido incubando durante los últimos veinte años. Por eso rechaza leer las protestas como un choque entre redes: para él, pública, concertada y privada comparten un mismo cansancio, aunque lo expresen por canales distintos. Su diagnóstico no apunta a una grieta nueva, sino a una educación que lleva demasiado tiempo sin ocupar el lugar central que merece.

De ahí que el dirigente de UCETAM insista en que no basta con llegar al verano y confiar en que la campana cierre el combate, como en un primer asalto de boxeo. La duda, dice, es qué ocurrirá en septiembre y si el curso que viene traerá una continuidad del conflicto o simplemente un paréntesis. En su respuesta late una convicción clara: si se sigue descuidando la educación, el problema no se apagará por sí solo, porque la escuela no es un trámite sino, como subraya él, «la educación es el futuro».

Madrid, salarios y una profesión fragmentada

Cuando la entrevista baja al terreno madrileño, Fernández coloca una de las claves del descontento en el coste de la vida. No compara sueldos en abstracto: recuerda que 1.600 euros en una ciudad como Badajoz no equivalen a 1.600 en Madrid, donde el alquiler, el transporte y la compra diaria reordenan por completo la economía de cualquier docente. Por eso habla de maestros y profesores que ya están compartiendo piso, algo que, a su juicio, expresa mejor que ningún dato la tensión que vive la profesión.

A partir de ahí, el relato se vuelve casi geográfico. Fernández sostiene que hay muchos profesorados y que Madrid no sale bien parada en esa comparación, porque la capital combina salarios que no siempre alcanzan y unos precios que disparan la sensación de ahogo. En su visión, el debate sobre la marea verde no se puede leer de forma uniforme ni trasladar sin matices de una comunidad a otra: las condiciones materiales, dice, también educan, y lo hacen a veces en dirección contraria a la que proclaman los discursos oficiales.

Bilingüismo y auxiliares de conversación

El capítulo del bilingüismo ocupa una parte central de la conversación y Fernández lo presenta como una apuesta que cambió el panorama educativo. Recuerda el impulso de Esperanza Aguirre, la estructura del programa —con un 30 por ciento de la enseñanza en inglés— y la decisión de sostenerlo con apoyo económico para pública y concertada. Pero, sobre todo, reivindica la figura del auxiliar de conversación como una pieza angular: alguien que aporta otra cultura y hace posible que el edificio no se tambalee.

Por eso le preocupa tanto la divergencia entre el Ministerio de Educación y el de Trabajo sobre la naturaleza de esa función. Fernández rechaza que el asunto se resuelva solo con expedientes o multas y pide diálogo real entre administraciones. Su mensaje es directo: si se quiere preservar un modelo que ha permitido a muchos alumnos salir de Secundaria con niveles B2 o C1, hay que «preservar la figura del auxiliar de conversación» y ordenar la confusión jurídica antes de que el conflicto desgaste el programa entero.

El cooperativismo no es una etiqueta

A la pregunta sobre si los colegios cooperativos son de izquierdas, Fernández responde desactivando el marco clásico de la discusión. Para él, el cooperativismo nace con un fuerte componente social, pero hoy es una forma empresarial que puede convivir con la derecha, el centro o la izquierda si lo que se respeta son los valores. De hecho, recuerda que la Constitución, en su artículo 129.2, habla de fomentar el cooperativismo y sitúa el modelo dentro de una empresa democrática.

Desde esa idea, Fernández reivindica la singularidad de los centros cooperativos: docentes que son a la vez capital y trabajo, claustros con mucha estabilidad y una cultura de corresponsabilidad que obliga a negociar casi todo. No lo pinta como un camino fácil, sino como una apuesta exigente, que puede doler en el cerebro y en el estómago, pero que también fortalece el sentido de pertenencia. En su relato, la clave no es quién manda, sino quién asume que la escuela puede gestionarse con democracia real.

La escuela sola ante el tsunami

La parte más dura llega cuando la entrevista se adentra en la salud mental y el malestar emocional del alumnado. Fernández insiste en que a la escuela le ha pasado un tsunami por encima y que, sin embargo, se le sigue pidiendo que lo resuelva todo: conflictos familiares, educación vial, educación sexual, acompañamiento psicológico o incluso problemas de custodia. Su respuesta no es corporativa, sino casi de desahogo: al profesorado se le está exigiendo demasiado y, además, con muy pocos recursos.

Por eso pone un límite muy claro a la tentación de convertir al docente en trabajador social o en psicólogo. La escuela, recuerda, no puede cargar sola con lo que antes resolvía la familia y ahora se pretende delegar en el aula. Su ejemplo de la sopa resume esa idea con sencillez: hay aprendizajes básicos que siguen siendo de casa, y si todo acaba pasando por el colegio, el sistema se convierte en una falacia imposible de sostener. En su mirada, la educación solo funcionará si se reparte entre todos.

Móviles, IA y cine para mirar el futuro

Sobre los móviles, Fernández no defiende una prohibición ciega ni tampoco una libertad sin control. Habla de poner puertas al campo y de encontrar un equilibrio que permita recuperar la atención sin ignorar que el mundo digital ya ha cambiado los hábitos de los adolescentes. En su opinión, especialmente en los últimos cursos de Secundaria, puede haber margen para más trabajo individual y menos dependencia del dispositivo, pero siempre con una mirada prudente que no convierta el decreto en una solución mágica.

Con la inteligencia artificial adopta un tono aún más claro: no le da miedo, porque cree que es una gran asignatura que ya está aquí. Lo que pide es estudio, anticipación y profesorado preparado para una revolución que va a cambiar la escuela más pronto que tarde. Y cuando la conversación gira hacia el cine, Fernández vuelve a la idea de que la educación debe proyectarse hacia delante: defiende el valor pedagógico de las películas, celebra la fuerza de experiencias como Educacine y concluye que el futuro escolar solo tendrá sentido si sigue siendo un lugar donde aprender a mirar mejor el mundo, no donde dejar que el tsunami decida por nosotros.

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