Francisco Santolaya: “Si la pornografía es mala para un menor, también lo es para un adulto”

Francisco Santolaya, presidente del Consejo General de la Psicología de España y decano del Colegio de Psicólogos de la Comunidad Valenciana, repasa en esta entrevista la evolución de la profesión, el deterioro de la salud mental en jóvenes, el papel de las familias y los centros educativos, y el impacto que están teniendo las redes sociales y la inteligencia artificial en la vida cotidiana.
José Mª de MoyaLunes, 15 de junio de 2026
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"Antes había filtros: familia, vecinos, escuela. Ahora la información llega sin filtro a través de las redes sociales".

La entrevista tiene lugar en la sede madrileña del Consejo General de la Psicología, donde Francisco Santolaya repasa, con calma y tras pedir café o té (no recuerdo), la evolución de la profesión, el aumento de la demanda asistencial y los grandes retos que afronta hoy la salud mental en España.

¿La psicología desgraciadamente (sic) vive un buen momento profesional?

—Sí, sin duda. Ha habido un salto muy importante en reconocimiento social y en demanda de servicios. Hace años costaba mucho que se entendiera que acudir al psicólogo no era un signo de debilidad, sino una forma de cuidado y de prevención. Hoy eso ha cambiado, aunque todavía queda camino. Ahora el reto no es solo que la gente llegue al profesional, sino que llegue a tiempo y por la vía adecuada.

¿Qué ha ayudado a ese salto?

—La visibilidad pública, las campañas de concienciación, la presencia en medios, el trabajo de los colegios y también la propia experiencia de la ciudadanía. La pandemia hizo que muchas personas vieran de cerca la ansiedad, el duelo, la incertidumbre o el aislamiento. Eso generó una mayor conciencia, pero también un aumento enorme de la demanda. La psicología ha dejado de ser una disciplina “complementaria” para convertirse en una necesidad estructural del sistema sanitario, educativo y social.

¿Y todavía falta mucho para que se le dé a la salud mental el mismo peso que a la salud física?

—Sí, falta bastante. Se ha avanzado, pero no al mismo ritmo que el problema. La salud mental sigue siendo, en muchos contextos, la hermana pequeña de la salud física: se habla de ella con más naturalidad, pero luego no siempre se traduce en recursos, plazas, inversión o programas específicos. La sociedad ya ha entendido que no hay bienestar real sin salud mental; ahora las instituciones deben estar a la altura.

El cambio social y el impacto en los jóvenes

Desde esa mirada de tantos años, ¿has notado un deterioro en la salud mental de los jóvenes?

—Sí, mucho. Y no diría que empieza solo con la pandemia, sino antes, con la crisis de 2008. Luego el COVID aceleró un cambio social que ya venía de antes. Lo que hemos vivido en estos años no es un pequeño ajuste, sino una transformación profunda de la manera en que los jóvenes se relacionan, estudian, se informan y se perciben a sí mismos. Esa aceleración tiene efectos psicológicos muy claros.

¿Qué ha cambiado tanto?

—La forma de relacionarnos y de recibir información. Antes había filtros: familia, vecinos, escuela. Ahora la información llega sin filtro a través de las redes sociales. Eso cambia la manera de construir criterio, de comparar, de entender el éxito y de lidiar con la frustración. Un adolescente ya no se compara solo con su grupo de clase, sino con miles de personas, muchas veces con vidas aparentemente perfectas, cuerpos imposibles y mensajes muy simplificados sobre lo que significa valer o no valer.

¿Eso hace más importante el papel de la familia?

—Sin duda. La familia es básica para el equilibrio emocional y psicológico. Los patrones que se aprenden en la infancia y la adolescencia quedan muy marcados por el contexto social. Si la familia ofrece escucha, límites razonables, estabilidad y afecto, protege mucho; si, en cambio, transmite ruido, sobrecarga, ausencia o incongruencia, el menor queda más vulnerable. No se trata de culpabilizar a los padres, porque las familias también están sometidas a una presión enorme, pero sí de recordar que siguen siendo el primer espacio de referencia.

¿Ves un problema de desestructuración familiar?

—Sí, en general lo veo bastante desestructurado. No en todas las familias, claro, pero el modelo familiar está cambiando y hay que ser muy conscientes de ello. Hoy hay muchas estructuras distintas, y todas son legítimas, pero no todas funcionan igual si no hay compromiso real de cuidado. A veces la dificultad no está en la forma de la familia, sino en su funcionamiento cotidiano: falta tiempo, falta diálogo, sobra cansancio y a veces también falta autoridad entendida como acompañamiento responsable.

¿Qué debe cambiar entonces?

—El sistema de vigilancia, de educación y de alerta de los padres. Ya no vale aplicar el patrón de cuando el hijo era pequeño si ahora tiene 14 o 15 años. Un adolescente necesita otra forma de supervisión: más cercana, más dialogante y menos basada en el control ciego. Los padres tienen que volver a tomar conciencia de su papel, porque no pueden delegarlo todo en el colegio, en las pantallas o en la casualidad. Educar no es solo querer mucho; es también saber mirar, poner límites y estar disponible.

«Antes había más espera, más tolerancia a la frustración y, en general, menos exposición. Hoy todo es más inmediato y más visible. Eso tiene ventajas, pero también un coste».

¿Por qué insistes tanto en la escucha?

—Porque muchas veces se sermonea y no se escucha. Y un hijo necesita poder hablar para que los padres detecten lo que le pasa de verdad. Escuchar no es estar presente físicamente en la misma casa, sino generar un espacio en el que el menor sienta que puede contar lo que le preocupa sin miedo a ser ridiculizado o castigado de inmediato. La escucha es preventiva, diagnóstica y, sobre todo, relacional: ayuda a que el vínculo siga vivo y a que el adulto no llegue tarde.

¿Eso explica que a veces no se detecten problemas graves hasta muy tarde?

—Sí. En intentos de suicidio o conductas autolesivas, muchas familias dicen: «¿Cómo no lo vimos?». Y la respuesta suele estar en que no había un espacio real de conversación. Hay jóvenes que aparentan normalidad, que no dan problemas en clase, que incluso funcionan bien académicamente, pero por dentro llevan mucho tiempo soportando una presión enorme. Si no hay comunicación constante, las señales se interpretan tarde o directamente se pasan por alto.

¿El malestar juvenil es solo un problema clínico?

—No, en absoluto. También es social, educativo y cultural. Hay una parte individual, por supuesto, pero muchas de las dificultades que vemos hoy tienen que ver con el entorno: hiperconexión, comparación permanente, falta de descanso, exceso de estímulos, incertidumbre sobre el futuro y una sensación de fragilidad que antes no era tan visible. Por eso no se puede pedir a la psicología que resuelva sola un problema que atraviesa a toda la sociedad.

¿Qué diferencias ves respecto a generaciones anteriores?

—Antes había más espera, más tolerancia a la frustración y, en general, menos exposición. Hoy todo es más inmediato y más visible. Eso tiene ventajas, pero también un coste. El joven recibe estímulos a una velocidad que no siempre puede procesar y, además, se le exige rendir, mostrarse, gustar y tener éxito casi al instante. Cuando eso no ocurre, aparece la ansiedad, la sensación de fracaso o la idea de que uno no está a la altura.

¿Hay más fragilidad emocional o simplemente más capacidad para pedir ayuda?

—Las dos cosas conviven. Por un lado, hay más sensibilidad y menos tabú para hablar de malestar, y eso es positivo. Por otro, también hay una fragilidad mayor en ciertos entornos, especialmente donde faltan referentes estables. Lo importante es no caer ni en el alarmismo ni en la negación. Hay que reconocer que existe un problema real, pero también que podemos abordarlo mejor si lo detectamos pronto.

Redes sociales, pantallas y presión de grupo

¿Si unimos familia y digitalización, ¿sale el gran cóctel de riesgo?

—Sí. El impacto de las redes sociales y ahora también de la inteligencia artificial es enorme. Y el núcleo familiar, si está desordenado, lo sufre más. Las pantallas no crean todos los problemas, pero amplifican muchos de los que ya existían: la necesidad de pertenecer, el miedo a quedarse fuera, la búsqueda de validación o la dificultad para soportar la espera. En ese sentido, el entorno digital actúa como un acelerador emocional.

¿Qué papel juega la presión del grupo?

—Muchísimo. En la infancia y la adolescencia manda mucho el grupo. Si tus amigos se organizan por WhatsApp y tú no estás, te quedas fuera. Esa sensación de exclusión parece pequeña desde fuera, pero para un menor puede ser enorme. El grupo marca modas, comportamientos, formas de hablar y hasta la percepción de lo que es normal. Por eso hay que educar en criterio propio, porque el grupo siempre va a influir.

¿Por eso preocupa tanto el uso de pantallas?

—Claro. La exposición es constante y muy cercana. Y el problema es que el daño no se ve de inmediato. Un adolescente puede pasar muchas horas en una dinámica de conexión, recompensa rápida y comparación continua sin que los adultos perciban el efecto acumulativo. Cuando reaccionan, a veces ya hay una bajada del rendimiento, un cambio en el humor, conflictos familiares o incluso aislamiento social.

¿Las adicciones virtuales te preocupan más que las sustancias?

—Me preocupan todas, pero las virtuales tienen un problema añadido: tardan más en detectarse. El niño o el adolescente se va apagando poco a poco. No hay, como en otras adicciones, una señal física tan evidente al principio. Además, lo digital se ha normalizado tanto que cuesta verlo como un riesgo. Y no todo el uso intenso es patológico, pero sí hay que distinguir entre uso, abuso y dependencia.

¿Qué señales deberían alertar a padres y docentes?

—Bajada del rendimiento, irritabilidad, ansiedad, cambios de conducta. Son síntomas que a veces aparecen cuando ya lleva meses pasando algo. También hay que fijarse en el sueño, en el aislamiento progresivo, en la pérdida de interés por actividades que antes le gustaban, en el abandono de amistades presenciales o en una relación muy tensa con el móvil. Nada de eso por sí solo confirma un problema, pero sí obliga a observar y a preguntar.

¿Crees que hace falta más regulación?

—Sí, pero bien hecha. Prohibir sin educar no resuelve nada. Hay que concienciar, formar y acompañar. Si la regulación solo se apoya en el castigo o en la restricción, el menor aprende a esquivar la norma, no a entenderla. Y si entiende por qué algo es dañino, el aprendizaje es mucho más sólido. Las normas son necesarias, pero la educación es lo que las vuelve eficaces.

¿Entonces, ¿no basta con prohibir?

—No. La prohibición sola no funciona. Si no educas en el uso de contenidos, en lo que es verdad y mentira, el problema reaparece. La cuestión no es cerrar una puerta y pensar que todo está resuelto, sino enseñar a leer el mundo digital. Hoy un menor necesita aprender a distinguir información fiable de manipulación, una imagen real de una imagen retocada, un vínculo sano de una dependencia emocional. Eso requiere tiempo, conversación y criterio.

¿Y eso vale también para la pornografía o el juego?

—Sí. Si algo es malo desde el punto de vista educativo o psicológico, lo es para un menor y también para un adulto. La clave es la formación, no solo la restricción. En menores, además, hay una cuestión de maduración: su capacidad de juicio todavía está en construcción, y por eso los contenidos de alto impacto pueden dejar huellas muy profundas. No se trata de moralismo, sino de protección del desarrollo.

¿Las plataformas digitales tienen responsabilidad en todo esto?

—Por supuesto. No puede recaer todo en la familia o en la escuela. Las plataformas diseñan entornos que buscan retener la atención, maximizar el tiempo de uso y generar respuesta constante. Eso no es neutro. Hay una responsabilidad ética y social en cómo se diseñan las aplicaciones, en qué acceso tienen los menores y en qué mecanismos de protección se activan. No se puede pedir a los padres que compitan solos con sistemas pensados para captar al usuario de forma permanente.

¿Qué papel debería tener la educación digital en el colegio?

—Un papel central. Igual que enseñamos a leer, a escribir o a convivir, hay que enseñar a usar la tecnología. No basta con decir «ten cuidado». Hay que explicar cómo funciona la manipulación algorítmica, qué es una huella digital, cómo se protege la intimidad y por qué el contenido que compartes puede volver después en tu contra. La alfabetización digital ya no es un añadido: forma parte de la educación básica.

¿Y qué deben hacer los adultos con su propio uso del móvil?

—Dar ejemplo. No se puede pedir a un adolescente que desconecte si el adulto no puede dejar el teléfono ni a la hora de comer. La coherencia es fundamental. Muchos padres quieren normas para los hijos, pero ellos mismos viven pendientes de la pantalla. Y el menor detecta esa incoherencia enseguida. Educar también es mostrar con hechos que el autocontrol es posible.

La escuela no puede hacerlo todo

¿A veces se sobrecarga a la escuela con funciones que no le corresponden. ¿Lo ves así?

—Sí. Hemos pasado mucho peso de los padres a la escuela, y ahora hace falta un reequilibrio. La escuela es un espacio extraordinario para aprender, socializar y detectar dificultades, pero no puede sustituir a la familia ni asumir todos los problemas de la sociedad. Cuando se le pide que resuelva lo emocional, lo conductual, lo social, lo académico y lo asistencial al mismo tiempo, se le coloca en una posición imposible.

¿Qué papel concreto deberían asumir los centros?

—Detección temprana, observación y derivación. Pero para eso hace falta un psicólogo de la educación en el centro. Los profesores son esenciales para detectar cambios, conflictos o señales de alarma, pero no tienen por qué cargar con todo el trabajo técnico de evaluación e intervención. Necesitan apoyo profesional especializado para saber qué hacer con lo que observan.

¿Reclamas más psicólogos y menos orientadores sin formación específica?

—Reclamo psicólogos formados como orientadores. Hay orientadores que no son psicólogos, y eso limita mucho la intervención. No se trata de despreciar a nadie, sino de reconocer que la complejidad de muchos casos exige una formación concreta. La orientación escolar debe estar liderada por profesionales con competencia psicológica, porque hablamos de desarrollo, conducta, aprendizaje, convivencia y salud mental.

¿Qué deberían poder hacer esos profesionales?

—Detectar, orientar al profesor, hablar con la familia y derivar si hace falta a salud o a servicios sociales. Deben poder leer lo que ocurre en el aula, interpretar una situación de acoso, valorar cambios emocionales y proponer estrategias realistas. También sirven como puente entre el centro educativo y otros recursos. Cuanto mejor coordinados estén, más rápido se actúa y menos tiempo pasa hasta que llega la ayuda adecuada.

¿Los profesores deben hacer de psicólogos?

—No. Tienen bastante con su labor docente y burocrática. Sí deben detectar, pero no asumir funciones que no son suyas. A un profesor se le pide mucho: enseñar, mantener el orden, atender a la diversidad, gestionar conflictos, cumplimentar informes y además responder a necesidades emocionales cada vez más complejas. Lo razonable es dotarlo de herramientas y apoyo, no convertirlo en un psicólogo improvisado.

¿Y qué papel tienen entonces?

—Un papel muy importante, pero siempre supervisado por un psicólogo educativo que conozca el contexto y sepa actuar. El profesor está en primera línea de observación: ve cambios en el comportamiento, en la atención, en la relación con los compañeros, en la motivación. Si sabe a quién trasladar esa información y cómo hacerlo, el sistema gana mucho. La clave es el trabajo en red.

¿Te parecen útiles los programas piloto que integran salud mental y escuela?

—Sí, todo lo que ayude a que la gente esté bien me parece positivo. Pero lo lógico es que ese trabajo lo lideren profesionales adecuados dentro del entorno educativo. Los pilotos sirven para comprobar qué funciona, ajustar protocolos y demostrar que invertir en prevención compensa. Ahora bien, no deben quedarse en experiencias aisladas: si funcionan, hay que estabilizarlos y llevarlos a escala.

¿La prevención escolar sigue siendo una asignatura pendiente?

—Sí, y muy importante. En España se ha avanzado en sensibilidad, pero la prevención requiere constancia, recursos y planificación. No basta con una charla puntual sobre salud mental o bullying; hay que trabajar durante todo el curso, desde la convivencia hasta el manejo de emociones, pasando por la participación de las familias. La prevención verdadera es continua.

¿Qué ocurre cuando la familia y la escuela no se entienden?

—Que el menor queda en medio. Y eso es muy perjudicial. Si familia y escuela se desautorizan mutuamente, el niño aprende que puede moverse en la contradicción, o bien se siente atrapado en una pelea que no controla. Lo ideal es que ambas partes se hablen, se escuchen y compartan objetivos, aunque a veces discrepen. El niño necesita coherencia, no guerra de bandos.

¿La escuela puede detectar también problemas en la familia?

—Puede detectar indicadores, pero no puede sustituir una investigación familiar. Un profesor o un orientador pueden observar signos de desatención, malestar, conductas extrañas o cambios bruscos, y eso obliga a activar protocolos. Pero hay que ser prudentes: no todo síntoma escolar significa un problema familiar, aunque sí puede ser una puerta de entrada para comprender qué está pasando fuera del aula.

IA, psicología y ética

¿La moda de consultar a la IA también ha llegado a la salud mental. ¿Te preocupa?

—Me preocupa, pero también creo que la inteligencia artificial será un gran avance para la psicología. El problema no es la tecnología en sí, sino cómo se usa, con qué garantías y para qué fines. Puede ser una herramienta muy valiosa si se integra bien en los procesos profesionales, pero peligrosa si se presenta como sustituto de una evaluación seria o de una intervención humana.

¿De verdad lo ves como un avance?

—Sí. Es comparable a la imprenta o al ordenador. La IA ya existía de alguna forma; lo nuevo es que ahora se puede vender y usar masivamente. Como ocurrió con otras innovaciones, al principio genera miedo, luego uso extendido y finalmente integración. Si se hace bien, puede ayudarnos a trabajar con más precisión, más rapidez y, en algunos ámbitos, con más capacidad de análisis.

¿En qué puede ayudar?

—En diagnóstico, en selección de personal, en adaptación de puestos de trabajo y en apoyar procesos de evaluación. Pero siempre con validación profesional. Puede agilizar tareas repetitivas, identificar patrones, ordenar información o ayudar a detectar variables que a simple vista pasan desapercibidas. Eso sí: nunca debería ser la única fuente de decisión en un caso clínico o educativo.

«Somos demasiado complejos como para que un chatbot nos sustituya. La IA puede ayudar mucho, pero el criterio humano sigue siendo imprescindible. La gran oportunidad de esta tecnología es ampliar capacidades, no reemplazar la empatía, la responsabilidad o la experiencia del profesional».

¿Entonces no sustituirá al psicólogo?

—No. La IA informa, pero el profesional interpreta, ajusta y confirma. Cada persona es distinta. Un sistema puede ofrecer una hipótesis o una respuesta general, pero la psicología trabaja con historias concretas, contextos específicos y matices que una máquina todavía no capta de la misma manera que un ser humano. El criterio profesional sigue siendo imprescindible.

¿Qué riesgos ves?

—La ética y la posible estafa. La gente tiene derecho a saber si quien le atiende es un profesional humano o una máquina. También preocupa la privacidad, el tratamiento de datos y los sesgos que puede arrastrar cualquier sistema automatizado. Si la IA se utiliza sin transparencia, puede generar falsas expectativas, diagnósticos pobres o incluso decisiones injustas. La tecnología sin ética es un problema.

¿Y en psicología infantil o educativa?

—Todavía más delicado. Un caso de bullying, por ejemplo, no se resuelve con una respuesta genérica. Hay que ver qué necesita ese niño concreto. En menores, el contexto lo es todo: la familia, el aula, los compañeros, la autoestima, la historia previa. Una respuesta automática puede sonar correcta, pero no servir para nada si no se adapta al caso real.

¿La IA puede ayudar a cambiar contextos?

—Sí, y eso es muy interesante. Puede servir para recrear escenarios y trabajar cosas que en consulta son difíciles de manejar solo con conversación. También puede ayudar a organizar mejor la información, simular situaciones o apoyar el aprendizaje profesional. Todo lo que mejore la capacidad de análisis y de intervención, bien usado, es una oportunidad.

¿Te imaginas herramientas de IA al servicio del psicólogo de escuela o del clínico?

—Claro. Pueden ser muy útiles si permiten ahorrar tiempo en tareas administrativas, ordenar datos o detectar señales tempranas. Eso sí, la tecnología debe estar al servicio del profesional, no al revés. El psicólogo no puede convertirse en un mero gestor de pantallas. Su valor está en escuchar, comprender, interpretar y establecer una relación humana de ayuda.

¿Hay un riesgo de deshumanización?

—Sí, y hay que vigilarlo mucho. Cuando todo se automatiza, se corre el riesgo de pensar que el problema humano se resuelve con un formulario o un chatbot. Y no es así. Hay sufrimientos que requieren presencia, tiempo, silencio, contención y criterio. La psicología no puede perder su dimensión relacional, porque trabaja precisamente con aquello que no cabe del todo en un algoritmo.

¿Entonces, cuál sería la clave final?

—Siempre la persona. Somos demasiado complejos como para que un chatbot nos sustituya. La IA puede ayudar mucho, pero el criterio humano sigue siendo imprescindible. La gran oportunidad de esta tecnología es ampliar capacidades, no reemplazar la empatía, la responsabilidad o la experiencia del profesional. Si conseguimos eso, ganaremos mucho; si no, corremos el riesgo de confundir eficacia con comprensión.

¿Qué mensaje le darías a una familia que ve señales de malestar en un hijo y no sabe por dónde empezar?

—Que no espere a que el problema se haga enorme. Que hable, que pregunte, que observe y que busque ayuda sin culpa. Pedir ayuda no es fracasar como padre o madre; al contrario, es una forma de cuidar bien. Cuanto antes se actúe, más opciones hay de intervenir con éxito y de evitar que el malestar se convierta en algo más serio.

¿Y a los jóvenes que sienten que no dan la talla?

—Que no se definan por un mal momento ni por la presión de las redes. La vida real es más lenta, más compleja y menos perfecta que lo que aparece en una pantalla. Nadie está obligado a hacerlo todo bien todo el tiempo. Pedir apoyo, hablar y descansar también forman parte de crecer.

A pocas semanas de que se celebren las elecciones al Consejo General de la Psicología, y después de más de 30 años al frente de la institución, ¿te volverás a presentar?

—Tengo que pensarlo y hablarlo con los compañeros. Pero, en principio, sí existe esa posibilidad. En estas decisiones no solo pesa la voluntad propia, sino también el contexto, la demanda de trabajo y lo que requiere el momento. Ahora mismo la profesión tiene desafíos muy importantes y eso obliga a reflexionar mucho antes de dar un paso así.

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