¿Hablas conmigo… DECINE? con Rodrigo Sopeña, director de Atasco
En el momento más revelador de la charla, Rodrigo Sopeña explicó cómo una cita con un productor, a la que llegó sin un proyecto preparado, acabó encontrando salida en una imagen muy sencilla: un atasco interminable lleno de personas distintas, cada una con su pequeña historia. A partir de esa escena, dijo, imaginó a muchas personas atrapadas en un mismo lugar y con relatos breves que podían convivir sin mover la cámara.
Esa intuición terminó convirtiéndose en Atasco, una serie coral que, según relató, ha ido sumando temporadas porque la respuesta del público y de la plataforma ha sido constante. «nos renuevan temporada tras temporada», resumió al explicar que no dispone de cifras de visionado, pero sí de señales suficientes para saber que el formato funciona.
Sopeña recordó que el encargo inicial era claro: hacer una serie con pocas localizaciones y mucho diálogo para rentabilizar el rodaje. Cuando salió de aquella reunión, contó, se dio cuenta de que tenía otro proyecto ya presentado a una productora y se quedó sin respuesta para la cita del miércoles siguiente.
La solución apareció mientras caminaba por Madrid y veía la ciudad colapsada de coches. Entonces entendió que un atasco podía convertirse en una máquina narrativa: una sola localización, varios personajes y mini historias que resolvieran en muy pocas sesiones de trabajo.
Ese planteamiento, explicó, también permite algo muy poco habitual en televisión: un tráiler con muchos actores conocidos que entran y salen de la misma ficción sin exigir grandes desplazamientos. La fórmula, añadió, no solo agiliza el rodaje; también hace que cada intérprete llegue a un relato con principio y final.
A la hora de escribir, Sopeña se impone una norma: cada trama debe tener un cierre claro y cerrado. No le interesan las historias que dejan al espectador preguntándose si algo terminó o no, y por eso huye de finales abiertos o de relatos que se quedan a medias.
También evita los temas de actualidad, porque cree que en ese terreno las opiniones llegan ya demasiado fijadas. Prefiere historias plausibles, incluso reconocibles, pero cruzadas por una coincidencia tan extrema que todo adquiera un punto surrealista y disparatado.
Para explicar el equilibrio de la temporada recurrió a una metáfora musical: una serie debe sonar como un disco completo, con canciones distintas pero conectadas entre sí. Por eso mezcla comedia, thriller, humor negro o fantasía, y reserva espacio para que cada espectador encuentre sus episodios favoritos sin que la temporada pierda unidad.
Frente a la idea de que la comedia sea el género menos valorado, el director defendió justo lo contrario: tiene el aplauso más visible del público. Recordó que títulos como La que se avecina viven de una fidelidad masiva y sostenida, algo que para él pesa más que los premios.
Su aprendizaje en ese terreno está muy ligado a José Mota, a quien definió como un cirujano de la comedia. De él aprendió ritmo, pausas, gestos y, sobre todo, a reconocer cuándo una escena todavía no ha encontrado su gracia aunque el texto ya esté dicho.
Mota, explicó, también le enseñó una dirección de actores muy afinada, capaz de convertir a una persona del equipo en un personaje creíble con unos pocos movimientos precisos. Sopeña trasladó esa lección a su propio trabajo: una toma más cuando hace falta y confiar en que la escena todavía puede mejorar.
La conversación llegó entonces a una de las señas de identidad de Atasco: la escalada de lo pequeño. Sopeña recurrió a una imagen de Asghar Farhadi, su profesor, para explicar que una buena historia empieza como una piedrecita en un lago y va abriendo ondas hasta ocuparlo todo.
De ahí surgen aventuras como la del Papamóvil, una idea que quería desarrollar desde la primera temporada y que terminó creciendo hasta implicar a la Conferencia Episcopal, a Roma y a un cónclave convertido en una auténtica cadena de consecuencias. El interés, subrayó, está en ver cómo un objeto mundano puede agrandarse hasta volverse extraordinario.
Ese juego, insistió, no pretende dar lecciones ni catequizar al espectador. Lo que busca es poner conflictos y paradojas sobre la mesa, y luego aprovechar el montaje junto a Juan Carlos Arroyo para recolocar las 18 historias de la temporada según convenga al ritmo general.
El cierre de la entrevista fue, además, una declaración de principios: Sopeña reconoció que no quiere volver al cine y que en la televisión se siente plenamente cómodo, algo que resumió con dos frases muy claras: «No me interesa nada hacer cine» y «Yo soy muy feliz en, en la televisión». En esa convicción se entiende también el espíritu de Atasco: una ficción hecha de piezas breves, de ritmos precisos y de pequeñas sacudidas narrativas que, juntas, terminan dibujando una historia mayor.