José María Torralba: “Si la literatura y la filosofía no enganchan, el problema está en cómo se enseñan”

La conversación con José María Torralba se detuvo en una idea central, si la enseñanza de la literatura y la filosofía no consigue despertar lectores, el problema no está en los jóvenes, sino en el modo de plantearla. Desde ahí, el catedrático defendió los grandes libros, el valor del papel y la necesidad de reservar espacios libres de inteligencia artificial.
José Mª de MoyaMartes, 30 de junio de 2026
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La entrevista alcanzó su punto más revelador cuando José María Torralba recordó lo que le dijo un alumno al terminar un semestre de lectura: que aquellos textos le habían ayudado a entender “otras maneras de vivir” y “otras maneras de ver la vida”. En esa respuesta, breve pero muy elocuente, quedó concentrada la defensa que atraviesa toda la conversación: las humanidades no son un adorno del currículo, sino una vía para abrir horizonte, ganar perspectiva y salir de la burbuja del algoritmo.

Desde ese planteamiento, el catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Navarra fue dibujando un diagnóstico claro sobre el presente educativo. En un tiempo marcado por la prisa tecnológica y por formas de consumo cada vez más rápidas, sostuvo que los clásicos siguen teniendo capacidad para sorprender, incomodar y ensanchar la mirada de los alumnos. No habló de nostalgia ni de veneración abstracta, sino de una utilidad muy concreta: leer para pensar mejor, dialogar mejor y comprender mejor el mundo.

Leer para salir de la burbuja

El entrevistado explicó que una de las razones por las que los grandes libros funcionan es que ofrecen al alumnado algo que su entorno digital no siempre les da: distancia. Torralba habló de una generación que vive a menudo dentro de una “burbuja del algoritmo”, una especie de espacio cerrado y autorreferencial en el que todo tiende a parecerse demasiado a lo ya conocido. Frente a eso, la lectura de autores y épocas distintas introduce lo inesperado, y precisamente por eso resulta fértil.

En su respuesta apareció también una metáfora muy gráfica: la de la cáscara. Torralba reconoció que, en la superficie, muchos jóvenes pueden parecer más superficiales o menos atentos, pero defendió que debajo de ese cascarón sigue estando lo que, según él, comparten todos los alumnos: deseo de saber, ganas de hacerse preguntas importantes e incluso aspiraciones exigentes. El trabajo educativo, dijo, consiste en rascar esa superficie y crear las condiciones para que aflore.

Por eso subrayó que el error no es solo metodológico, sino también de expectativas. Si la escuela parte de la idea de que los jóvenes no llegarán más lejos, acabará confirmando esa sospecha. Si, en cambio, se les propone un reto real, con contexto y apoyo, la respuesta puede ser muy distinta. Su receta fue insistente: ponerles metas altas no como gesto retórico, sino como verdadera apuesta pedagógica.

Un seminario para conversar

A partir de ahí, Torralba detalló en qué consiste el programa de ‘Grandes Libros’ que impulsa y que ha llevado a colegios y universidades. El esquema es sencillo en apariencia, pero muy distinto de la clase habitual: los alumnos leen una obra en casa y después vuelven al aula para hablar sobre ella con sus compañeros, en un método de seminario dirigido por el profesor. No se trata de una explicación sobre el libro, sino de una conversación estructurada en torno a la lectura.

El valor del modelo, explicó, está en que el alumno no solo lee para examinarse, sino para conversar. Le interesa saber qué piensan los demás, confrontar interpretaciones y conectar lo leído con la vida y con los temas de la sociedad. Esa dimensión compartida convierte el texto en algo vivo y hace que obras que podrían parecer difíciles, largas o incluso intimidantes adquieran sentido dentro de la experiencia escolar.

En ese punto, el filósofo defendió el método socrático como núcleo del proceso: el profesor orienta, pero no monopoliza la clase. El objetivo es incitar preguntas, llevar al fondo de las lecturas y aprovechar la participación de todos. Esa forma de trabajo, sostuvo, es mucho más rica que una transmisión unidireccional de contenidos, porque obliga a pensar, a escuchar y a argumentar con los demás.

Torralba amplió todavía más el marco al recordar que esta idea puede empezar incluso desde Primaria. Citó el ejemplo de Estados Unidos, donde existe una tradición larga de grandes libros que se trabaja desde edades tempranas con fábulas, versiones adaptadas y textos adecuados al nivel de cada etapa. Su idea no fue trasladar sin más ese modelo, sino subrayar que cuanto antes se acostumbre a un niño a leer, hablar sobre libros y pensar por sí mismo, más fácil será que en secundaria, bachillerato o universidad pueda sacar verdadero partido de la lectura.

Papel, pantallas e inteligencia artificial

La conversación derivó después hacia el papel de las pantallas y la inteligencia artificial, y ahí Torralba volvió a defender la importancia de no perder el contacto material con la lectura y la escritura. Para él, leer en papel no es un simple detalle técnico, sino una experiencia física completa: el libro tiene tacto, olor, presencia, y eso ayuda a que la lectura se ancle en la realidad de una manera que lo digital no siempre permite.

El catedrático reconoció que vive en una sociedad digital y que esa realidad no va a desaparecer, pero precisamente por eso cree que la formación inicial debe asegurar que el alumno no pierda pie en lo real. Comentó que en la universidad les pide a sus estudiantes que tomen apuntes a mano y que, lejos de rechazarlo, se lo agradecen. En su experiencia, ese gesto favorece la atención y refuerza la relación con el contenido. Su apuesta es clara: recuperar lo material, tomar apuntes a mano y dar más espacio a lo tangible.

En el mismo bloque apareció su preocupación por la inteligencia artificial. Torralba admitió que puede tener usos útiles, pero advirtió de que, en etapas en las que todavía no se han desarrollado capacidades básicas, su presencia puede comprometer la capacidad de crear, de estructurar y de exponer ideas por cuenta propia. Por eso habló de la necesidad de generar espacios libres de inteligencia artificial, al menos en momentos del aprendizaje en los que el alumno necesita recorrer por sí mismo el proceso intelectual.

Esa precaución se hizo más concreta cuando explicó que los ensayos del programa de Grandes Libros, que antes se hacían en casa, ahora se realizan en clase y a mano. La decisión no responde a una desconfianza abstracta, sino a la convicción de que escribir durante dos horas con un bolígrafo en la mano es una experiencia muy gratificante y muy enriquecedora. Además, evita que la IA se convierta en un atajo que rebaje el esfuerzo y vacíe de sentido el ejercicio.

Tradición, criterio y buen gusto

El último tramo de la entrevista se centró en una idea que Torralba considera esencial: las humanidades no solo transmiten contenidos, también enseñan a discernir. Para él, la lectura de la tradición cultural ofrece capacidad crítica, porque pone al alumno frente a referencias, jerarquías y criterios que le permiten distinguir lo importante de lo accesorio. Sin esa base, advirtió, resulta mucho más difícil juzgar con autonomía en un entorno saturado de estímulos.

A esa capacidad de discernimiento unió otra noción que le parece clave: el buen gusto. Torralba lo vinculó con la posibilidad de apreciar lo más valioso, algo que requiere tiempo, paciencia y atención. No lo planteó como una oposición tajante entre cultura popular y cultura “seria”, sino como una cuestión de entrenamiento de la mirada. La escuela, dijo, puede ayudar a aprender a contemplar, a demorarse ante una obra y a descubrir su valor más profundo.

La conversación terminó con un repaso de lecturas para distintos niveles y con una invitación práctica a seguir impulsando este tipo de propuestas. Torralba citó para un joven de 20 años El camino, de Miguel Delibes; recordó El señor de los anillos como una experiencia lectora decisiva en la adolescencia; y mencionó Los cinco para quienes estén empezando. También recordó el curso ‘El reto de leer en el aula’, que se celebrará el 27 y 28 de agosto en Madrid, en la sede de la Universidad de Navarra, con profesores de secundaria y universidad, y abierto incluso a personas interesadas fuera del ámbito docente.

La conclusión con la que cerró la entrevista resumió bien el tono de toda la conversación. Tras insistir en que la educación necesita confianza, conversación y tradición, Torralba se permitió una observación optimista: cree que están cambiando los vientos, aunque sea “por reacción”. En esa frase quedó una idea final muy reconocible de la entrevista: en medio de la saturación digital, las humanidades siguen reclamando su lugar como espacio para pensar, leer y mirar con más criterio.

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