La educación emocional como escudo frente al acoso: el proyecto “Convivir es vivir” en el aula

El acoso escolar o bullying es una de los temas centrales a los que hay que dar una respuesta pedagógica, más allá de la vigilancia de los espacios. Está claro que no es un problema individual, sino un síntoma de necesidad a la que es urgente dar respuesta: la de ofrecer al alumnado las herramientas necesarias para la gestión de las emociones. En este sentido, el programa de la Comunidad de Madrid, “Convivir es vivir” aparece como el camino para cambiar la cultura de la convivencia en los centros, produciendo verdaderas condiciones de respeto y autoconocimiento.
Sandra López CarreroMartes, 30 de junio de 2026
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© PEXELS

Tal como sostiene Bisquerra (2000), el propósito último de la educación emocional es preparar al estudiante para los desafíos de la vida, maximizando su bienestar social y su salud integral y para ello se puede llevar a la actividad “Dulce y agridulce”, una dinámica diseñada no como una lección teórica, sino como una experiencia vivencial.

Al sumergirnos en esta dinámica, el horizonte de trabajo se expande más allá de la simple instrucción. Se busca, ante todo, esculpir un aula donde la confianza y la seguridad sean los cimientos sobre los que se construye todo aprendizaje. Es un espacio diseñado para que el alumnado aprenda a ponerse en la piel del otro, haciendo de la empatía el escudo contra la exclusión, mientras asume, con madurez y responsabilidad, que cada una de nuestras acciones tiene un peso específico en el grupo. Esta propuesta no pretende solo evitar el conflicto, sino transformar la mirada del alumno: que sea capaz de identificar sus errores con valentía para convertirlos en lecciones, manteniendo siempre una postura abierta, positiva y colaborativa frente a las dificultades.

El contenido de una sesión de 45 minutos se centra sobre la capacidad de reconocer nuestras propias emociones y la importancia de eliminar cualquier rastro de violencia en el aula, sustituyéndolo por un compromiso real con el bienestar del compañero.

El desarrollo: de la autorreflexión a la cohesión grupal

En un primer momento, cada estudiante vuelca en el papel tanto sus sombras, aquello que les duele o les incomoda,  como sus luces  o fortalezas. Al compartir estos mensajes de forma aleatoria y anónima, se abre una ventana a la realidad  de su compañero/a. El diálogo que surge a continuación es potente, ya que les obliga a reflexionar sobre cómo las palabras pueden herir o, por el contrario, crear lazos irrompibles.

Para cerrar esta experiencia, se lleva a cabo a continuación, “Conóceme bien” la cual termina rompiendo las barreras invisibles. En ella, comparten miedos, sueños y vergüenzas en parejas, y por lo tanto, el grupo deja de ser un conjunto de individuos aislados para convertirse en una comunidad que se reconoce y se valida.

Conclusión: un camino hacia la paz

La evaluación de esta actividad no se mide en números, sino en la apertura con la que el alumnado se expresa y en su capacidad para empatizar realmente con quien tiene al lado. A través de esta apuesta educativa por la educación emocional, donde la aceptación de uno mismo supone aceptar a los otros, estamos contribuyendo a los objetivos del programa “Convivir es vivir”.

Si conseguimos que un alumno pase a dejar de mirar a su compañero como una amenaza, y empiece a mirarlo como una persona como él, con el mismo reconocimiento, estamos dejando de combatir únicamente el acoso escolar para impartir las herramientas necesarias a nuestros estudiantes que les permitan afrontar la vida cotidiana desde el respeto y la plenitud.

Sandra López Carrero es maestra Educación Infantil.

Referencias bibliográficas:

  • Archanco Fernández, C., et al. (1999). Convivir es vivir: programa de desarrollo de la convivencia en centros educativos de la Comunidad de Madrid.
  • Bisquerra, R. (2000). Educación emocional y bienestar. Praxis.
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