La escuela rural se reivindica: de aulas precarias a motor educativo en Castilla y León
El artículo, firmado por los investigadores de la Universidad de Valladolid Jesús García Araque y Sandra Valentín Herrero en el último número de la Revista de Sociología de la Educación (RASE), analiza cómo distintas generaciones –desde alumnos de los años 40 hasta escolares actuales– perciben su paso por el aula rural, poniendo en valor su evolución y papel clave en el territorio. El trabajo dibuja un cambio radical: de escuelas ‘marginales’, con escasos recursos y bajo nivel educativo, a centros capaces de ofrecer «una calidad envidiable» y resultados comparables a los de las ciudades.
Las diferencias entre generaciones son notables, ya que quienes estudiaron entre 1940 y 1970 recuerdan aulas con hasta 70 alumnos, materiales casi inexistentes, instalaciones deficientes y, en algunos casos, castigos físicos. Muchos abandonaban el colegio con conocimientos básicos, limitados a leer, escribir con dificultad y operaciones matemáticas simples. En cambio, a partir de los años setenta comienza una mejora progresiva: clases con menos alumnos, más recursos y un nivel suficiente para acceder a estudios superiores. El salto definitivo llega en el siglo XXI.
Hoy, las aulas rurales de Tierra de Campos cuentan con entre 6 y 15 estudiantes, lo que permite una enseñanza individualizada y un trato cercano entre profesorado y alumnado. Las instalaciones han mejorado notablemente y la experiencia escolar se percibe como positiva, incluso divertida, según los testimonios más jóvenes.
Menos alumnos, más calidad
Paradójicamente, uno de los principales problemas del medio rural –la pérdida de población– se convierte en una de sus fortalezas educativas; en cuanto que la drástica reducción del número de estudiantes ha facilitado metodologías más participativas, atención personalizada y un entorno de confianza difícil de replicar en grandes centros urbanos. Los propios alumnos destacan el trato cercano y la implicación del profesorado, además de valores aprendidos como la solidaridad, el respeto o la cooperación, que se integran en la vida diaria del entorno rural. Incluso algunos de los entrevistados que continuaron su formación en institutos urbanos consideran que su base académica era más sólida que la de sus compañeros de ciudad.
El estudio sitúa este avance en un contexto en el que Castilla y León destaca como una de las regiones líderes del sistema educativo español, con resultados de referencia en informes internacionales como PISA y una fuerte implantación de la escuela rural. La comunidad concentra cerca de una cuarta parte del alumnado rural de España y una amplia red de Colegios Rurales Agrupados (CRA), un modelo que permite mantener la educación en municipios pequeños mediante la coordinación de varios centros y docentes itinerantes.
Pese a los avances, los autores alertan de desafíos pendientes. Entre ellos, la falta de recursos tecnológicos en comparación con entornos urbanos, la alta rotación del profesorado y la necesidad de una formación específica para enseñar en contextos rurales. También persiste una percepción social de inferioridad de la escuela rural que no se corresponde con la realidad actual y que puede afectar a las expectativas de los propios estudiantes.
Más allá del ámbito educativo, el estudio subraya que la escuela rural es «esencial» para la supervivencia de muchos pueblos. Su desaparición no solo implica la pérdida de un servicio, sino también de cohesión social, identidad y capacidad de fijar población. «Si cierra el colegio, se muere el pueblo» es una idea recurrente que resume su relevancia, recuerdan los investigadores, que reclaman seguir reforzando estos centros como una herramienta clave frente al reto demográfico.
