Miriam González, líder de España mejor, sobre la corrupción política: “No son manzanas podridas”

La fundadora de Inspiring Girls y promotora de España Mejor sitúa la regeneración democrática en el centro de su discurso y defiende que el verdadero cambio no pasa solo por sustituir a unos políticos por otros, sino por corregir un sistema que, a su juicio, protege el abuso, premia la impunidad y se aleja del listón ético de la sociedad. González también es conocida públicamente por ser la mujer de Nick Clegg, político británico socioliberal, que llegó a ser vice primer ministro con Cámeron.
Diego MorenoMartes, 23 de junio de 2026
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La conversación en La charleta educativa dejó una idea muy clara desde el principio: Miriam González, fundadora de Inspired Girls, no ve la crisis política como una cadena más de escándalos, sino como el síntoma de algo mucho más profundo. Para ella, el problema no se arregla solo cambiando nombres o esperando a que pase el ruido mediático, sino repensando el sistema y devolviendo protagonismo a la ciudadanía.

Frente al cansancio, el desencanto y esa sensación de que nada se mueve, González lanzó un mensaje optimista que marcó buena parte de la entrevista: “La sociedad ya es imparable, yo creo en eso”. Desde ahí explicó el papel de España Mejor como una organización nacida desde la sociedad civil, pero también habló con claridad de su trabajo para construir una nueva alternativa política que podría concurrir a las próximas elecciones ocupando ese centro liberal que dejaron libre UPyD, Ciudadanos… Ella rechaza encasillamientos y hace bien, pero es a lo que nos suena su discurso. Por otra parte, reedita el formato que llevó a Nick Clegg a liderar el partido liberal en el Reino Unido.

A lo largo de la charla, Miriam González fue enlazando temas que, aunque parecen distintos, tienen mucho en común: la ética pública, la tecnología, la educación, la corrupción, las pantallas, el feminismo, los estereotipos y la protección de los menores. Todo bajo una misma idea de fondo: si no hay valores compartidos, responsabilidad colectiva y ciudadanos implicados, el debate público corre el riesgo de quedarse atrapado en el ruido, la crispación y los titulares de siempre.

La corrupción no son manzanas podridas

González rechazó de forma tajante la idea de que los casos de corrupción respondan solo a manzanas podridas. Su diagnóstico fue mucho más severo: a su juicio, no se trata de excepciones aisladas, sino de un sistema que protege, camufla y multiplica los abusos. «No, no son manzanas podridas», vino a resumir, antes de explicar que, si el problema fueran solo casos sueltos, el árbol institucional habría caído hace tiempo.

La clave, insistió, está en la manera en que el poder se infiltra por todo el engranaje institucional. En lugar de dejar que cada área funcione con autonomía y criterio técnico, denunció que la política termina colonizando espacios públicos y también sectores clave de la Administración. Esa lógica, según su análisis, alimenta una cultura de protección del poder que acaba convirtiéndose en poder abusivo.

Dentro de esa misma crítica situó su rechazo frontal a los aforamientos. Los calificó de anacronismo y pidió eliminarlos de raíz, sin excepciones. Para ella, no hay justificación para que existan privilegios de esa magnitud, y mucho menos en un país que presume de modernidad institucional. La frase que utilizó fue contundente: «absolutamente, de raíz y desde ya».

El Parlamento como espejo

La entrevista dio después un giro hacia un asunto que, en su opinión, afecta de lleno a la educación ética de los más jóvenes: el ejemplo que ofrecen quienes ocupan cargos públicos. González recordó que sus padres eran profesores y que, en casa, los debates parlamentarios se seguían casi como una lección cívica. Aquello, dijo, formaba parte de una pedagogía democrática que hoy resultaría casi impensable por el deterioro del tono político.

Su comparación con el presente fue demoledora. Donde antes veía oratoria, respeto al turno de palabra y cierta solemnidad institucional, ahora ve crispación y desgaste. Llegó a confesar que hoy castigaría a sus hijos a ver un debate parlamentario, una forma irónica de subrayar que el Parlamento ya no funciona como ejemplo de convivencia. En su relato, la política ha perdido esa capacidad de dar ejemplo que debería ser básica en cualquier sistema democrático.

Tampoco salió mejor parado el Parlamento británico, aunque allí encontró una diferencia importante: el respeto formal. Explicó que en ese entorno no se permite el insulto directo y que existen fórmulas que rebajan la tensión. Frente a eso, dijo que en España se ha normalizado una falta de respeto que incluso su organización mide con un faltómetro. Según relató, curiosamente, el ranking suele estar encabezado no por los extremos, sino por partidos tradicionales como PP y PSOE.

Aunque considera que la clase política da peor ejemplo que la sociedada, también habló del ejemplo en casa. En este sentido y basándese en su experiencia personal, aseguró que nunca tuvo que ejercer un control estricto sobre sus hijos y que ha sido más partidaria de liderar con el ejemplo que de prohibir sin más. Reconoció, sin embargo, que cada familia vive una realidad distinta y que la política pública debe dar respuesta a muchas circunstancias. Por eso, aunque apueste por cierta prohibición de acceso a móviles en menores, subrayó que la discusión importante es cómo hacerlo de manera efectiva y no solo cómo convertirlo en un titular.

Pantallas, inteligencia artificial y poder tecnológico

El tercer gran bloque de la entrevista estuvo dedicado a la tecnología, con especial atención a las pantallas, la inteligencia artificial y las grandes plataformas. González se mostró contraria a una posición puramente antipantallas. A su juicio, no tiene sentido pensar que los jóvenes vivirán en un mundo sin dispositivos; lo razonable es enseñarles límites, acompañarlos y prepararles para una realidad en la que la IA y las redes formarán parte de su vida cotidiana.

En ese punto defendió algo que repitió varias veces: la regulación no basta si Europa y España no recuperan peso tecnológico propio. Su tesis es clara: para regular bien a las big tech hay que tener también big techs. De lo contrario, advirtió, siempre se estará a la defensiva y sin capacidad real para imponer valores o reglas. Lo formuló como una de las grandes deudas europeas de los últimos quince años: haberse descolgado de la carrera tecnológica.

Inspiring Girls y un feminismo inclusivo

El último gran eje de la entrevista fue el de Inspiring Girls, el proyecto que fundó hace diez años y que, según explicó, nació para conectar a niñas con mujeres que pudieran servirles de referencia. Hoy, dijo, la iniciativa está presente en 41 países y en todos los continentes, siempre con una idea muy simple y muy poderosa: ofrecer modelos reales que ayuden a desmontar estereotipos y techos de cristal.

Desde ahí, González defendió un feminismo basado en la igualdad de derechos y de oportunidades, pero alejado de etiquetas rígidas o de lo que considera una superioridad moral que cierra el debate. Defendió un feminismo transversal, inclusivo y capaz de sumar a hombres y mujeres. Su idea no es forzar cuotas por decreto, sino quitar barreras y condicionamientos que empujan a unas personas y frenan a otras.

En ese punto citó ejemplos muy concretos. Aplaudió las campañas para fomentar vocaciones científicas entre las niñas y defendió que también deberían impulsarse vocaciones de cuidados o enfermería entre los chicos, porque lo importante es eliminar el ruido de fondo y no dictar destinos. Recordó, además, que ella misma escuchó de joven que la diplomacia no era para mujeres, una anécdota que le sirve para ilustrar cuánto pesan todavía las ideas heredadas sobre lo que cada uno puede o no puede hacer.

La conversación cerró con una mirada más amplia sobre la educación, la salud mental y el machismo. González señaló que el bienestar emocional de los menores se ha deteriorado tras la pandemia y que hacen falta más recursos y seguimiento temprano. También advirtió de que el machismo no desaparece del todo y puede seguir apareciendo incluso en las élites, aunque valoró que hoy la sociedad está mucho más alerta para detectarlo y atajarlo a tiempo. En esa suma de diagnóstico y esperanza quedó su mensaje final: hay que dejar de quejarse, limpiar lo que no funciona y pasar el testigo a quienes vienen detrás, porque, como resumió ella misma, la sociedad ya es imparable.

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