Orientación para el siglo XXI "El futuro pasa por la tecnología"

Elena Ibáñez cierra la temporada de 'Orientación para el siglo XXI' con un mensaje claro: la tecnología no debe leerse solo desde el riesgo, sino también desde las oportunidades que abre para los jóvenes, la orientación y el aprendizaje continuo.
Marta Peiro del ValleLunes, 29 de junio de 2026
0

El tramo más nítido de la conversación llegó cuando Elena Ibáñez dejó sobre la mesa la idea que ordenó todo el cierre de temporada: «el futuro pasa por la tecnología». A partir de ahí, la entrevista se convirtió en una defensa de la educación en positivo, una forma de mirar el mundo digital que no ignora sus riesgos, pero que tampoco renuncia a explicar lo que puede aportar a jóvenes y adultos.

La charla arrancó con un tono muy reconocible para cualquiera que trabaje con adolescentes: la tecnología suele convocar primero las palabras más incómodas, las que hablan de adicciones, ciberbullying o falta de atención. En ese punto, la propuesta de Ibáñez fue clara: no basta con insistir en los peligros; hace falta enseñar también las posibilidades, porque la mirada se corrige mejor cuando se completa el mapa.

Ese giro conecta con otros episodios del programa, como los intereses profesionales cambian, pero el propósito permanece, donde ya se apuntaba que orientarse exige ampliar horizonte y no cerrarlo. En esta entrevista, la tecnología aparece justamente como eso: una herramienta que puede abrir caminos si se usa con criterio y con acompañamiento.

Educación en positivo, pasar del miedo a la oportunidad

Ibáñez insistió en que la reacción más habitual ante la tecnología sigue siendo la alerta. Familias, docentes y adultos en general tienden a fijarse antes en lo que amenaza que en lo que ayuda, y de ahí nace una educación hecha casi siempre de avisos, restricciones y advertencias. Frente a eso, la entrevistada defendió una pedagogía más proactiva, capaz de decir también «esto puede servirte».

Su comparación fue tan sencilla como eficaz: «un cuchillo puede ser bueno para comer y malo para hacer daño». La idea, trasladada al entorno digital, resume toda la entrevista. La cuestión no es demonizar la herramienta, sino enseñar a usar bien lo que ya forma parte de la vida cotidiana de los jóvenes, para que no sean víctimas pasivas de la tecnología, sino usuarios conscientes.

Por eso insistió en que hay que educar para que los adolescentes entiendan que pueden poner la tecnología de su lado. No se trata solo de evitar errores, sino de impulsar conductas que les ayuden a crecer, aprender y relacionarse mejor. La clave, subrayó, está en dejar de hablar únicamente desde el «Cuidado con esto» o el «No hagas esto» y empezar a incorporar también la lógica de la proactividad educativa.

Identidad digital, la huella que también se construye callando

Uno de los bloques más sólidos de la entrevista fue el dedicado a la identidad digital. Ibáñez recordó que la imagen de una persona en los entornos digitales no depende solo de lo que publica, sino también de lo que decide no publicar. Esa idea, aparentemente simple, cambia por completo la forma de entender la marca personal de un adolescente.

La entrevistada lo expresó con precisión: la identidad digital se construye con lo que uno hace y con lo que no hace. Es decir, no solo importa subir contenido personal o compartir aficiones; también cuenta la prudencia, la selección y la manera de proyectarse en línea. En su discurso, esa construcción no es un lujo, sino una protección frente a usos indebidos de la identidad ajena.

Ibáñez fue más allá y relacionó esta dimensión con las oportunidades del futuro. Una buena reputación online puede abrir la puerta a redes de contacto, experiencias de prácticas y relaciones profesionales valiosas. Por eso defendió que educar en identidad digital es enseñar a los jóvenes a protegerse antes, a reforzar su presencia en internet y a entender que cada gesto cuenta.

IA generativa, finanzas y ciberseguridad: aprender a moverse sin caer en trampas

El segundo gran bloque de la conversación llevó directamente al «temazo del año»: la inteligencia artificial generativa. Ibáñez no evitó la controversia ni las críticas, pero sí pidió que el debate no se quedara en el temor a que la máquina sustituya el pensamiento. Su propuesta fue distinta: explicar un uso virtuoso de la IA, especialmente en tareas repetitivas o que ya no requieren curva de aprendizaje.

La lógica es clara: si la tecnología ahorra tiempo en lo mecánico, ese tiempo puede dedicarse a otras tareas, a la creación de contenidos, al estudio o al desarrollo de habilidades más complejas. También defendió su valor como apoyo para el pensamiento crítico, incluso como un «esparring» que ayude a poner pegas, revisar ideas y mirar un asunto desde otro punto de vista. En ese uso, la IA no empobrece; ensancha perspectivas.

A esa reflexión sumó dos terrenos que, según dijo, están muy poco presentes en la educación: las finanzas digitales y la ciberseguridad. Advirtió de los riesgos de las compras dentro de aplicaciones, los videojuegos o las promesas de dinero fácil, y recordó que el desconocimiento multiplica el peligro. Del mismo modo, reclamó una cultura de seguridad online y de derechos digitales que permita a los jóvenes defender su privacidad, detectar fraudes y reaccionar con rapidez ante cualquier abuso.

Formación digital, programación y sostenibilidad: el futuro también se aprende

La conversación avanzó después hacia la formación digital, un terreno en el que Ibáñez desmontó un tópico muy extendido: el de que los nativos digitales lo saben todo por haber nacido rodeados de pantallas. Su argumento fue el contrario. El ecosistema digital cambia tan deprisa que exige aprendizaje continuo, actualización constante y una actitud de responsabilidad individual.

En ese punto defendió la formación online como una vía que reduce desigualdades y facilita el acceso al conocimiento desde cualquier lugar y en cualquier momento. No la presentó como sustituto de lo presencial, sino como un complemento que amplía posibilidades, especialmente en microespecializaciones o itinerarios breves. La clave, insistió, es entender que formarse hoy implica no esperar siempre a que otros enseñen, sino implicarse activamente en el propio proceso.

La entrevista se cerró con dos ideas que completan el retrato: el pensamiento computacional y la sostenibilidad. Ibáñez recordó que la programación enseña formas de razonar que luego pueden aplicarse a otros ámbitos de la vida, y subrayó también que el progreso tecnológico tiene impacto ambiental, aunque a veces no se vea. Desde el correo electrónico acumulado hasta el consumo de recursos de la IA, todo forma parte de una misma pregunta: cómo crecer sin olvidar el planeta.

En el último tramo, la conversación volvió al punto de partida: la tecnología no viene a ocupar el lugar de las personas, sino a acompañarlas. «La tecnología no viene a sustituir a un ser humano», resumió la propia lógica del diálogo, que terminó con una conclusión sencilla y potente: si aprendemos a distinguir lo que está bien, será más fácil reconocer lo que está mal. Y, sobre todo, usar lo digital como una ayuda real para orientarnos, elegir y avanzar.

0
Comentarios