Pilar de Castro: "Un niño que ve a su padre consumir pornografía sufre una profunda decepción"
La doctora Pilar de Castro ha centrado su actividad investigadora en descubrir los mecanismos neurobiológicos implicados en el desarrollo de las enfermedades psiquiátricas.
Pilar de Castro es psiquiatra de adultos, de la infancia y de la adolescencia, con una trayectoria de más de 20 años en la Clínica Universitaria de Navarra centrada en la atención a niños, adolescentes y familias. Desde la consulta y también desde la divulgación, observa un aumento sostenido del malestar emocional en los menores, con más problemas de atención, ansiedad e impulsividad. En el otro lado, el profesorado acusa una sobrecarga creciente al tener que detectar, contener y derivar situaciones que desbordan el aula.
Este es el punto de partida de esta conversación de pocos minutos, en medio de una apretada agenda de citas.
Has publicado recientemente «¡Libre, por fin!». ¿Qué idea central querías trasladar con el libro?
He querido escribir un libro que ayude a entender cómo funcionamos y que cambie a las personas y sean verdaderamente libres y felices. Porque la libertad no consiste en hacer todo lo que apetece, sino en aprender a gobernarse por dentro. Hoy muchos menores crecen muy expuestos a estímulos que les empujan a la inmediatez, y eso les deja más indefensos. El libro nace de ahí: de la necesidad de recuperar el valor de los límites, la espera y el esfuerzo para una sana protección psicológica ante la vida.
En tu consulta, ¿qué te está diciendo hoy el aumento de malestar emocional entre niños y adolescentes?
Lo primero que noto es más inseguridad e inestabilidad. Hay más citas, más necesidad de acompañamiento y más familias que llegan agotadas y con
niveles muy altos de estrés. No es solo que haya más sufrimiento, sino que muchas veces los adultos también están desbordados y eso complica todavía más la respuesta.
¿Dirías que detrás hay dos grandes causas de fondo: la tecnología y la pérdida de estructura familiar?
Sí, sin duda. La tecnología influye muchísimo, pero también la falta de límites, de valores y de una estructura clara en casa. Todo va demasiado deprisa y eso acaba afectando al modo en que pensamos, nos relacionamos y educamos. Cuando un menor crece sin un marco estable y una protección psicológica sana, cualquier estímulo externo atrapa más de la cuenta.
Cuando hablas de límites, ¿te refieres sobre todo al uso de móviles y pantallas?
A eso y a todo lo que viene detrás. El problema no es solo que el móvil esté ahí, sino el mal entrenamiento en el acceso y en el uso de las pantallas. Nos hemos dejado comer por el mundo digital y eso está distorsionando el aprendizaje, la convivencia y capacidad de ser felices.
¿Qué falla con la pantalla?
Que el aprendizaje con pantalla no es igual que con papel. En el papel el estímulo es interno y depende de la voluntad de mantener la atención; en la pantalla, el estímulo es externo. Eso hace más dependiente al menor de la motivación extrínseca y menos de la intrínseca. Además, la pantalla invita a la novedad por el hecho de la sola novedad, al cambio continuo, a la respuesta inmediata y a la multitarea, y el cerebro infantil no está preparado para sostener ese nivel de dispersión sin pagar un precio.
¿Y eso se nota en la atención y la memoria?
Muchísimo. El cerebro se acostumbra a la inmediatez y a pedir recompensa rápida. Cuando eso se cronifica, cuesta más sostener la atención, retener información, memorizar y elaborar un pensamiento crítico y reflexivo. No hablamos solo de distracción puntual, sino de una forma de funcionamiento que puede empobrecer el aprendizaje.
También te preocupan mucho los menores y la pornografía. ¿Qué estás viendo en consulta?
Es un drama. Cada vez hay casos más tempranos no solo de acceso sino de abusos sexuales entre menores por imitación, incluso a partir de los 8 años.
¿Qué es lo que más te preocupa de ese acceso tan temprano?
No solo el impacto negativo en el propio niño que consume pornografía y condiciona su desarrollo afectivo-sexual, sino lo que aprende por imitación. Si un menor ve conductas aberrantes y las interioriza como normales, luego puede reproducirlas con otros niños. A esa edad no tiene aún herramientas para separar fantasía, violencia y vínculo afectivo, y lo que absorbe puede quedarse grabado como referencia.
¿Qué tipo de conductas te preocupan más?
Que se normalicen abusos o prácticas violentas entre iguales. Algunos niños no discriminan moralmente determinadas escenas a ciertas edades, así que pueden pensar que eso forma parte de lo habitual. Y cuando eso pasa, no solo se altera la percepción de la sexualidad; también se altera la idea de respeto, consentimiento y cuidado del propio cuerpo, de uno mismo y del otro.
Si un padre o una madre descubre que su hijo de 10 o 12 años consume pornografía, ¿qué debería hacer?
Lo primero es hablar con el menor en soledad, con calma, sin dramatizar, sin humillarle ni avergonzarle. Hay que escuchar, entender cómo ha llegado hasta ahí y establecer un límite firme contra cortar el acceso de forma inmediata, pero sin convertir la conversación en un interrogatorio ni en una escena de vergüenza. Si se hace desde el enfado, el niño se cierra; si se hace desde la escucha serena que protege y cuida, hay más posibilidades de que comprenda el daño del acto en sí y se pueda hablar de la belleza de la sexualidad.
¿Conviene hablar del tema antes de que aparezca el problema?
Sí. Antes de dar un móvil ya debería existir un contrato de uso y una conversación en casa. Los padres no pueden delegar por completo en la tecnología ni en los colegios la educación afectiva y sexual de sus hijos. Hace falta anticiparse, explicar qué contenidos no son adecuados, por qué hay cosas que hacen daño y qué puede hacer el menor si se encuentra con ellas.
¿Qué pasa si el menor ve pornografía en un entorno donde un adulto la consume y la normaliza?
La decepción puede ser brutal. La figura de seguridad, de protección y de autoridad se desmorona. El niño no solo ve una incoherencia; percibe una decepción profunda y una traición a lo que creía que era la referencia moral y afectiva de su casa. Y eso deja una herida, porque rompe el vínculo de confianza y seguridad justo en el lugar donde debería sentirse más protegido.
Has hablado también de la pornografía como una conducta muy adictiva. ¿Qué mecanismos hay detrás?
El circuito de recompensa. Todo lo que da placer rápido, sin esfuerzo y con acceso inmediato y en el anonimato, engancha con facilidad. El cerebro aprende a buscar esa recompensa una y otra vez, y cada vez le cuesta más disfrutar de otras actividades placenteras, tolerar la espera o la frustración.
¿Ves diferencias entre adicciones a sustancias y adicciones comportamentales?
Sí, pero comparten el mismo circuito cerebral. Las sustancias actúan sobre los receptores neuronales cerebrales de una forma más directa, pero las conductas también pueden secuestrar el mismo sistema de recompensa. A veces las adicciones comportamentales están más blanqueadas y por eso se detectan peor, pero pueden ser igual de desorganizadoras en la vida cotidiana aunque a nivel neuronal no dañen tan estructuralmente como las drogas.
¿Qué riesgos tienen las adicciones comportamentales en menores?
Que se disfrazan de ocio, de entretenimiento o de simple costumbre. Pornografía, pantallas, videojuegos, apuestas o incluso ciertos usos de la inteligencia artificial pueden dar una gratificación constante y muy fácil. Si eso sustituye al pensamiento propio, a la relación humana o a la capacidad de esperar, el menor pierde recursos internos y deja de desarrollarlos neuronalmente.
¿La inteligencia artificial entra también en ese grupo de riesgos?
Puede entrar, sí. Hay pacientes que se enganchan a sistemas de IA que tienen una velocidad de procesamiento de segundos, por tanto no suponen esfuerzo, y responden siempre y a cualquier hora. Esto es, sin límites y por tanto no frustran. Eso puede resultar muy atractivo para algunos menores y adolescentes con dificultades, porque parece compañía, comprensión y respuesta inmediata.
¿Dónde estaría el límite entre una herramienta útil y un uso problemático?
En el control interno y en el tiempo de uso. La IA puede tener un valor terapéutico enorme si se usa bien, pero tiene que estar acotada y su contenido debe ser regulado. Si se convierte en sustituto del pensamiento propio, de la relación humana o de la capacidad de esperar, entonces deja de ayudar y empieza a empobrecer.
Has insistido mucho en que prohibir no siempre gusta, pero sí educa. ¿Cómo explicas esa idea?
La adolescencia necesita límites porque la vida conlleva límites. Vivimos en una sociedad que no tolera el no, pero educar también es decir que no. Hay límites que nos ponemos nosotros mismos y nos enferman y necesitan ser superados. Pero hay limites necesarios y protectores como las horas de sueño, de descanso, de esfuerzo. El límite no es castigo: es protección, orientación y una forma de ayudar al menor a no exponerse a aquello para lo que todavía no está preparado y a cualquier persona para que no se destruya ni destruya a otros.
¿Qué falla cuando los adultos dejan de ponerlos?
Que se pierde el norte. La educación deja de cumplir su función protectora y empieza la desorientación. El niño o el adolescente se queda solo ante estímulos muy potentes, sin criterio y sin contención. Y ahí es donde aparecen más fácilmente la ansiedad, la impulsividad y la dependencia.
¿Qué papel concreto tiene el profesorado en este escenario?
El profesor es una primera autoridad y referente fuera de la familia y suele detectar antes que nadie un problema de autoestima, de atención o de malestar o dificultad académica. También puede ser una figura muy valiosa para poner orden, nombrar lo que pasa y aconsejar a los padres una deriva al especialista cuando hace falta. El aula no puede resolverlo todo, pero sí puede ser un espacio de detección y de contención y debe ser un espacio seguro para un crecimiento sano y un aprendizaje de conocimientos y de vida.
¿Y qué les falta más a menudo?
Formación. Muchos docentes se sienten sobrecargados, desautorizados y con miedo a intervenir. Cuando saben qué están viendo, actúan mejor. Por eso es tan importante que tengan herramientas para detectar conductas de riesgo, hablar con las familias y no quedarse paralizados.
Para terminar, ¿qué consejo darías a una familia que quiera sobrevivir al verano con un adolescente sin que todo acabe en conflicto?
Que mantenga una estructura mínima. El verano tiene que tener descanso con horarios más flexibles y ocupaciones y actividades de disfrute, sí, pero también orden y dirección.
¿Y qué lugar ocupan las pantallas en ese plan de verano?
Deben tener un control muy claro. Hablamos de una detoxificación real de pantallas, con poco acceso a internet y con un máximo de tiempo diario razonable porque el objetivo es disfrutar de actividades al aire libre, en familia, con amigos y de reflexión.
"¡Libre, por fin!": una guía para entender las trampas de la mente
“¡Libre, por fin!” llega con una propuesta clara: explicar, con lenguaje cercano, por qué tantas personas se sienten atrapadas en hábitos, vínculos o deseos que prometen alivio inmediato pero acaban estrechando la vida. La conversación sobre salud mental y dependencia digital ya ocupa un lugar central en Magisterio.
La obra de la Dra. Pilar de Castro Manglano se articula en diez capítulos que recorren la condición humana desde distintos ángulos: mente, corazón, cerebro y voluntad. El libro mira de frente a las trampas de la mente, entre ellas el perfeccionismo, el victimismo, la necesidad de reconocimiento o la mentira, y las conecta con experiencias muy reconocibles para cualquier lector.
Entre sus páginas aparecen también las adicciones conductuales y químicas, el peso del rencor, la ira o la dependencia afectiva, y las llamadas “sirenas de hoy”: pantallas, redes sociales, sexo, juego, consumo y drogas. La apuesta no es moralizante, sino profundamente práctica: entender el problema para poder elegir mejor.
Uno de los mayores aciertos del volumen es su voluntad de llegar a un público amplio sin renunciar al rigor. La autora combina historias clínicas anonimizadas con hallazgos científicos y los traduce a una narrativa comprensible, cercana a la vida cotidiana. El resultado es una lectura que no abruma, pero tampoco simplifica en exceso.
Ese equilibrio entre ciencia y experiencia cotidiana convierte el libro en una herramienta de acompañamiento para quien busque respuestas serias sobre autocontrol, gratitud, hábitos saludables y sentido de trascendencia. No ofrece fórmulas mágicas; propone un itinerario para ordenar la vida desde dentro.
La firma de la obra también explica su interés. Pilar de Castro Manglano es médico psiquiatra de adultos, de la infancia y la adolescencia, doctora en Neurociencias por la Universidad de Navarra y especialista con una amplia trayectoria clínica, docente y divulgativa. Esa combinación de experiencia asistencial e investigación sostiene un texto que aspira a ser útil más allá del ámbito estrictamente sanitario.
En un momento en que la depresión y la ansiedad concentran buena parte del debate público, la publicación de “¡Libre, por fin!” parece llegar en el momento justo. Su valor reside en recordarnos que la libertad no se reduce a poder elegir entre muchas opciones, sino a aprender a vivir con madurez interior y con una idea más limpia de lo que significa una vida con sentido.

