Javier Urra: "Atreverse no garantiza el éxito, pero derriba barreras"
La conversación alcanza su punto más alto cuando Javier Urra condensa toda su reflexión en una frase que actúa como brújula de la entrevista: «Atreverse no garantiza el éxito, pero derriba barreras». Desde ahí, el psicólogo traza un recorrido que va de la infancia al trabajo clínico, pasando por el miedo, el trato con los demás y la necesidad de decidir cuando algo no funciona. En una entrevista de MAGISTERIO, Javier Urra y la práctica del deporte, fundamental para sentirte bien contigo mismo y con los demás, ya aparecía esa mirada sobre la acción y el bienestar que aquí vuelve a ocupar el centro.
Urra abre su intervención con una idea sencilla y amplia a la vez: el ser humano se mueve entre la herencia, el carácter, la personalidad y una fisiología que también pesa en la forma de reaccionar. A partir de ahí, señala que desde edades muy tempranas ya hay niños que se muestran más tranquilos y otros que, directamente, se plantan ante el mundo con cautela o con arrojo. La diferencia temprana no es, para él, una etiqueta definitiva, pero sí una pista sobre el modo en que cada persona se enfrenta a lo nuevo.
El psicólogo describe con detalle esas escenas mínimas que revelan temperamento. Habla del niño que mira un escalón, pone un pie para comprobar la altura y sólo después decide si avanza, frente al que ve el mismo peldaño y lo salta sin pensarlo demasiado. En esa comparación aparece ya una idea central de toda la entrevista: el gesto mínimo puede anticipar una relación distinta con el riesgo, con la curiosidad y con la vida.
Ese atrevimiento, añade, no se limita a lo físico. El ejemplo de correr encierros en Navarra le sirve para ilustrar una conducta que reconoce como poco racional, pero muy humana: asumir una situación peligrosa para demostrarse a uno mismo que se tiene valor. Urra admite que no tiene demasiada lógica correr delante de un toro o de unas vaquillas, pero subraya el efecto que produce superar el miedo. El miedo vencido deja una huella que empuja a repetir la experiencia y, en cierto modo, refuerza la sensación de capacidad personal.
La valentía, en la crónica de Urra, también se juega en escenarios mucho más cotidianos. El psicólogo pone el foco en una fiesta cualquiera, en una reunión en la que uno llega solo, sin contactos ni aliados, y se encuentra con el grupo ya formado. Ante esa situación, plantea varias salidas posibles, desde quedarse apartado hasta dar el paso de acercarse a otros y presentarse. La conversación inicial se convierte así en un pequeño examen de iniciativa personal.
Su propuesta es clara: llamar a una pareja o a un grupo pequeño, presentarse con naturalidad y pedir permiso para sumarse al diálogo. Puede que la primera respuesta sea un no, reconoce, pero insiste en que la tentativa abre puertas. Si una persona se atreve a probar con varios grupos, tarde o temprano puede encontrar una respuesta favorable, incluso una relación que se prolongue más allá del acto y acabe en una cena o en la formación de un nuevo grupo. La recompensa posible no está garantizada, pero sí el aprendizaje que deja el intento.
La misma lógica aplica, según Urra, a hablar en público, empezar unos estudios o atreverse a decirle a alguien lo que se siente. En ese punto introduce una de las ideas más evocadoras de la entrevista: hay quienes no se atreven a enamorarse, a decir «Me encantas» o a exponerse al rechazo. Sin embargo, para él, puede ser peor no haberse arriesgado nunca que haber sufrido una negativa. Vivir la vida significa, en su planteamiento, sentir que uno participa en ella y no que la ve pasar desde fuera.
El discurso sobre el atrevimiento aterriza después en su trabajo profesional. Urra explica que, como director clínico de Recurra Himsu, tiene que supervisar un hospital de día para chicos y chicas con trastornos de alimentación, además de un centro en el que conviven decenas de jóvenes con intentos de suicidio, pensamientos obsesivos, rumiaciones, depresión encubierta o violencia filioparental. La descripción no busca el dramatismo, sino situar el peso real de la responsabilidad. La responsabilidad diaria exige mirar el conjunto, atender a los pacientes y también a los equipos que sostienen el funcionamiento de cada recurso.
Desde ahí, Urra reivindica la evaluación continua. Dice que debe observar cómo va todo, pensar en qué puede hacer mejor por psicólogos, terapeutas ocupacionales, educadores, médicos, psiquiatras y personal de mantenimiento. La revisión no es un trámite administrativo, sino una herramienta para detectar si un centro está respondiendo como debería o si necesita cambios. La evaluación constante aparece, en su relato, como un ejercicio de honestidad profesional y de compromiso con los demás.
Esa misma lógica le lleva a defender ajustes concretos: cambiar horarios, abrir por las tardes, incorporar más trabajo con jóvenes con adicción digital o con drogas físicas. Sabe que esas decisiones generan preguntas, dudas y resistencias. También sabe que muchos apelarán a la prudencia de no tocar lo que funciona a medias. Pero él lo rechaza con claridad: «malo conocido mejor que bueno por conocer» es, dice, un error. Tomar decisiones implica aceptar el riesgo del cambio cuando la realidad lo exige.
La última parte de la entrevista afina aún más el mensaje. Urra admite que quien decide cambiar algo se expone a críticas, interrogantes y objeciones. Habrá quien le pregunte si lo ha pensado bien, quien vea dificultades o quien le recuerde que las cosas no van tan mal. En ese punto, el psicólogo insiste en que el liderazgo no consiste en agradar a todos, sino en sostener una dirección con criterio. Admitir la crítica forma parte del ejercicio de mando, pero no debe paralizarlo.
Su razonamiento es práctico: cuando algo va bien, hay que mantenerlo; cuando no funciona, hay que modificarlo. Por eso resume su posición en una secuencia breve y contundente: «Hay que atreverse. Hay que asumir. Hay que liderar». No plantea una heroicidad vacía, sino una manera de estar en el mundo profesional y personal en la que el cambio se entiende como una obligación cuando el contexto lo pide. Cambiar sin miedo no significa improvisar, sino actuar con humildad y con capacidad de aprendizaje.
La entrevista se cierra con una apelación al riesgo, a la crítica y a la gratitud hacia el grupo. Urra recuerda que quien lidera debe admitir que aprende cada día y que también necesita agradecer a quienes le rodean. Su conclusión final deja una idea difícil de simplificar, pero fácil de entender: «No hay peor objetivo que el que no da el primer paso para ser alcanzado». Dar el primer paso es, al cabo, la forma más clara de no dejar que la vida pase de largo.