Educar para el futuro. ¿Quién ha decidido cuál?

Rubén Amores
Jefe de Estudios del Máster en Liderazgo y Dirección de Centros Educativos de la Universidad Alfónso X El Sabio (UAX)
23 de julio de 2026
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“La educación debe de preparar para el futuro”. Pocas frases gozan hoy de tanto prestigio en educación. La pronuncian ministros, rectores, organismos internacionales, expertos, empresas tecnológicas y consultores educativos. Se ha convertido en una verdad tan repetida que ya nadie parece dispuesto a cuestionarla. Sin embargo, toda afirmación que deja de ser discutida corre el riesgo de convertirse en un dogma.

Porque existe una pregunta que casi nunca aparece en estos discursos: ¿para qué futuro?

¿Para un futuro gobernado por algoritmos? ¿Para un mercado laboral cada vez más precario y competitivo? ¿Para un mundo atravesado por la crisis climática, la polarización política y el debilitamiento de las democracias? ¿O para un futuro diferente, todavía por construir?

Lo preocupante no es que no conozcamos la respuesta. Lo verdaderamente inquietante es que actuemos como si ya la conociéramos.

En nombre del «futuro», la educación vive una transformación acelerada. Se rediseñan currículos, desaparecen contenidos considerados obsoletos y “inútiles”, se introducen nuevas competencias, se digitalizan las aulas y se presenta la inteligencia artificial como la próxima gran revolución educativa. Todo parece justificarse mediante un mismo argumento: preparar para lo que viene.

Pero ¿y si lo que viene no fuera aquello que deseamos?

Quizá el mayor error del discurso educativo contemporáneo sea haber confundido adaptación con educación. Adaptarse es necesario. Sin duda. Pero una educación que solo enseña a adaptarse termina formando ciudadanos resignados, excelentes ejecutores de decisiones tomadas por otros, profesionales altamente competentes para desenvolverse en sistemas que nunca aprendieron a cuestionar.

Una sociedad democrática necesita algo más que individuos adaptables. Necesita personas capaces de preguntar por qué las cosas son como son y, sobre todo, si deberían seguir siéndolo.

Resulta paradójico que, mientras hablamos sin descanso del futuro, apenas debatamos sobre el modelo de sociedad que queremos construir. Se habla de empleabilidad, pero muy poco de justicia. Se insiste en la innovación, pero casi nunca en la sabiduría. Se celebra la eficiencia, mientras la reflexión crítica pierde espacio. Convertimos la educación en un laboratorio de competencias y olvidamos que también debería ser un espacio donde aprender a disentir, deliberar y pensar.

Quizá esta obsesión por preparar para el futuro esconda una renuncia mucho más profunda: hemos dejado de creer que la educación pueda cambiar el mundo y nos conformamos con que ayude a sobrevivir en él. Es una diferencia enorme. Porque educar para sobrevivir no es lo mismo que educar para transformar.

Cada generación ha heredado un mundo imperfecto. La diferencia entre unas sociedades y otras nunca ha dependido únicamente de su capacidad para adaptarse, sino también de su valentía para imaginar alternativas. Sin embargo, el discurso dominante parece sugerir que el futuro ya está escrito y que la misión de la escuela consiste simplemente en entrenar a quienes deberán habitarlo.

Nada más peligroso para la educación que aceptar la inevitabilidad como principio pedagógico.

La escuela y la universidad no deberían limitarse a preguntar qué profesiones existirán dentro de veinte años. Deberían preguntarse qué tipo de ciudadanos necesitaremos, qué democracias queremos fortalecer, qué desigualdades estamos dispuestos a tolerar y qué valores no pueden quedar subordinados a la lógica del mercado o de la tecnología.

Porque el futuro no es una fuerza de la naturaleza. Es una decisión colectiva. Y quizá haya llegado el momento de dejar de repetir que la educación debe preparar para el futuro

La verdadera misión de la educación no es preparar a las personas para el futuro que otros imaginan. Es formar ciudadanos capaces de impedir los futuros que nadie debería aceptar y de construir aquellos que todavía merecen ser soñados.

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