"El verano no es un segundo curso escolar": Silvia Álava desmonta el mito de los deberes veraniegos
Silvia Álava es psicóloga sanitaria, experta en psicología educativa y especialista en psicoterapia, además de profesora universitaria y divulgadora científica.
Cada año, las familias españolas se enfrentan al mismo dilema: ¿cuadernillo de verano sí o no? El debate, lejos de resolverse, se ha reavivado con fuerza este verano, en un momento en que cada vez más voces expertas defienden sustituir la ficha repetitiva por lo que se conoce como «aprendizaje invisible»: ese que ocurre sin que el niño se dé cuenta, jugando, en la piscina o simplemente aburriéndose.
Para tratar de poner algo de luz y rigor científico sobre la cuestión, desde MAGISTERIO hemos hablado con Silvia Álava Sordo, una de las psicólogas educativas de referencia en España, para que analizar qué dice realmente la evidencia sobre el llamado «efecto vacacional», qué riesgos psicológicos conlleva sobrecargar de tareas un periodo pensado para el descanso, y por qué el juego libre, lejos de ser un premio tras el esfuerzo, es una de las herramientas de aprendizaje más potentes que tienen los niños.
Desde el punto de vista del desarrollo infantil, ¿qué efecto tiene en los niños seguir con tareas escolares durante el verano frente a tener el tiempo completamente libre?
–Tenemos que pensar que nuestro cerebro aprende todos los días y que el cerebro no distingue si es verano o si es invierno. Por tanto, en verano los niños y los adolescentes pueden seguir aprendiendo. Lo que ocurre es que en verano la forma de aprender puede ser completamente diferente, y no es necesario seguir haciendo deberes de forma tradicional, porque podemos utilizar algo muchísimo más potente para trabajar esos procesos de aprendizaje: el juego. Por ejemplo, podemos recuperar el jugar a las cartas con los abuelos: ahí estamos trabajando la memoria, el razonamiento lógico, la atención selectiva, la atención dividida, la atención sostenida, el cálculo y el razonamiento numérico. Estamos trabajando muchos procesos cognitivos básicos, y podemos aprovechar precisamente el verano para utilizar el juego y fomentar estos aprendizajes.
¿Existe evidencia científica que respalde que los deberes de verano realmente ayudan a «no perder» lo aprendido durante el curso, o es más una percepción extendida que un hecho probado?
–Hay que distinguir esos deberes tradicionales —fichas, cuadernillos, ejercicios impuestos— de un programa de aprendizaje que esté bien diseñado. No es lo mismo mandar unos deberes completamente generalizados, de los que ni siquiera sabemos con quién se están haciendo ni qué calidad tienen, que un programa estructurado, con una buena calidad docente, con una intervención dirigida a unas necesidades concretas. En ese caso, para un niño con ciertas dificultades sí que puede ayudar. Pero cuando hablamos del típico cuaderno de verano hecho sin supervisión y «de aquella manera», pensar que eso va a reforzar mucho el conocimiento no tiene tanto sentido. Todo depende de si la tarea está estructurada, supervisada y si realmente ese niño la necesita —y siempre dejando espacio para que el cerebro pueda descansar y desconectar.
¿Qué es el llamado «efecto vacacional» o pérdida de aprendizaje en verano (summer learning loss)? ¿Afecta igual a todos los niños o hay diferencias según edad, curso o perfil de aprendizaje?
–Sí que es verdad que tradicionalmente se ha hablado de ese summer learning loss, que describe cómo determinadas habilidades académicas, al no practicarse durante el verano, hacen que en septiembre el nivel sea un poquito más bajo que en junio. Esto ocurre sobre todo en lectura y en matemáticas, porque son procesos que hay que automatizar, y cuando se para de practicarlos cuesta un poco recuperar el ritmo. Pero se recupera tremendamente rápido, y no es universal: hay niños que retroceden, otros se mantienen y algunos incluso avanzan porque han consolidado el aprendizaje durante el verano. No podemos decir que todos los niños de tercero, o todos los de segundo, tienen que hacer lo mismo; depende de cada niño, de su nivel y de si hay algún problema de aprendizaje de por medio. Porque cuando hay un trastorno del aprendizaje, la forma natural de aprender está dañada y hay que enseñar de forma diferente: mandar deberes en verano para hacer «más de lo mismo» no tiene ningún sentido y puede tener un efecto contraproducente, porque ni siquiera les hemos dejado descansar. En ese caso hace falta personal especializado en trabajar con niños con trastornos del aprendizaje.
Hay que distinguir esos deberes tradicionales —fichas, cuadernillos, ejercicios impuestos— de un programa de aprendizaje que esté bien diseñado
¿Los deberes de verano influyen igual en todos los niños, o hay diferencias importantes según el contexto socioeconómico o familiar?
–No hay dos niños iguales ni dos familias iguales, y aunque tengan que hacer el mismo cuaderno de vacaciones, uno puede tener un adulto que le resuelva las dudas, un lugar tranquilo para trabajar y tiempo organizado, mientras que otro no tiene esa ayuda, ni siquiera ese espacio. Esto es muy importante, sobre todo en lectura: se ve que los niños de familias con más recursos mantienen o mejoran el nivel lector durante el verano porque tienen más acceso a libros, actividades culturales y conversaciones enriquecedoras. Por eso es importante suplir esas diferencias socioeconómicas con una buena educación pública: bibliotecas, actividades que intenten compensar lo que la familia no siempre puede aportar.
¿Qué riesgos psicológicos puede tener la sobrecarga de tareas académicas en un periodo que debería ser de descanso?
–Cuando hay una sobrecarga se puede generar mucho estrés y mucha ansiedad. Los niños pueden estar irritables, irascibles. Cuidado cuando los padres están tan empeñados en poner el foco en las actividades escolares que acaban afectando a la relación materno o paterno filial, porque te conviertes en su profesor o profesora en lugar de ser su mamá o su papá. Cuidado también cuando les estamos quitando tiempo de sueño, de juego, de estar con amigos o de convivencia familiar. Hay muchos niños que han terminado el curso cansados y necesitan descansar —eso no significa no hacer nada, sino aprender a través del juego y trabajar la autonomía—. Y hay otros que han acabado con mucha ansiedad por la presión del rendimiento o por dificultades académicas: en esos casos, a lo mejor es el momento de trabajar de forma diferente, a través del juego, y olvidarnos un poco de esa presión académica que, en este momento, no nos lleva a tantos beneficios y lo único que hace es saturar aún más a ese niño o a esa niña.
¿Qué papel juega el juego libre y el aburrimiento (en su sentido positivo) en el desarrollo cognitivo y emocional de los niños durante el verano?
–Es fundamental. El juego libre no es un premio que se concede después de aprender: es una de las principales formas de aprendizaje durante la infancia, y uno de los mejores factores de protección de la salud mental infantil. Cuando el niño tiene juego libre está desarrollando la función ejecutiva —según la definición clásica de Lezak, la capacidad de orientarnos a una meta, que incluye planificación, supervisión, monitorización de la respuesta, atención y memoria—. Todo esto se desarrolla cuando el niño, en lugar de jugar siempre con un adulto o con un juego dirigido, decide él mismo a qué jugar, qué juguetes usar, qué diálogos inventar. Además, a través del juego libre el niño va integrando todo lo que le pasa: es muy habitual, por ejemplo, que al volver del cole reproduzcan una asamblea con muñecos, porque así están integrando la realidad. También se adquieren procesos como el razonamiento lógico, el pensamiento abstracto, la riqueza y fluidez de vocabulario, y habilidades socioemocionales, sobre todo cuando juegan con otros niños: ahí se aprenden habilidades sociales tan importantes como negociar. Y el aburrimiento tiene muchísimas cosas positivas: cuando el cerebro no tiene tantos estímulos externos, tiene que buscarlos en su interior, se activa la red neuronal por defecto y empezamos a hacer conexiones que fomentan la creatividad e integran las cosas que nos han ocurrido. Por eso es tan importante dejar que se aburran, no organizarles todo.
El juego libre no es un premio que se concede después de aprender: es una de las principales formas de aprendizaje durante la infancia, y uno de los mejores factores de protección de la salud mental infantil
¿Cómo afecta a la motivación futura de un niño hacia el estudio el hecho de asociar el verano con obligaciones escolares?
–Va a depender mucho de cómo se planteen esas actividades. Si todo está asociado a deberes bajo amenaza, discusiones, ejercicios repetitivos, castigos o la idea de «si no lo haces no vas a poder hacer otra cosa», cuidado, porque así no vamos a desarrollar el interés por aprender. Las tareas no pueden ser muchas ni muy excesivas, ni muy difíciles, porque entramos en lo que se llama indefensión aprendida: ocurre cuando el niño siente que, por mucho que se esfuerce, no lo va a conseguir. Si cada vez que hace unas tareas rápido y bien le ponemos más, o si son demasiado difíciles, corremos ese riesgo. Por eso en verano hay que trabajar mucho la curiosidad, que es la emoción que es el motor del aprendizaje. No es lo mismo decir «vamos a leer un libro sobre animales que te gustan» o «vamos a ver un documental» que imponer una tarea: aprovechemos que tenemos más tiempo libre para favorecer esa curiosidad y esa motivación intrínseca.
¿Qué diferencia hay entre «consolidar aprendizajes» de forma saludable y simplemente trasladar la carga académica del curso escolar a las vacaciones?
–Consolidar aprendizaje significa practicar de forma breve, significativa y proporcionada, con actividades adaptadas a la edad, con un objetivo concreto y dejando espacio suficiente para el descanso. Esto se puede integrar a través del juego en la vida cotidiana, sin que tenga que parecer siempre una clase. Tener más carga académica no significa más horarios ni más tareas repetitivas: las tareas repetitivas, una detrás de otra, no funcionan, y no debemos basarnos solo en la cantidad de tiempo que tarda el niño en hacerlas. Lo que hay que trabajar es la curiosidad, las ganas de aprender, de investigar, y utilizar el verano para aprender a través del juego y fomentar la autonomía.
Si los deberes de verano no son la solución, ¿qué alternativas recomienda para mantener ciertas habilidades (lectura, cálculo, etc.) sin que suponga una carga negativa?
–Todo lo que esté integrado en el juego o en experiencias reales es muchísimo mejor. Para la lectura, podemos visitar la biblioteca: el niño elige el libro, lo lee y además tiene el compromiso de devolverlo quince días después. Si lo que quiere leer son cómics, o una revista sobre cómo pasarse su videojuego favorito, no pasa nada: la cuestión es que le apetezca leer. Para las matemáticas, podemos ir a la compra y que calcule si le han dado bien las vueltas, darle una pequeña paga para que vaya gestionando el dinero, o jugar a juegos de mesa con esa parte económica, tipo Monopoly. Cocinar también ayuda: hay que pesar, sumar, restar. Y llevar la puntuación en cualquier juego trabaja el cálculo de forma natural. Cada vez que vamos a algún sitio podemos escribir una postal a los abuelos o hacer un diario de viaje, trabajando así la escritura. También ayuda fomentar pequeñas tareas domésticas acordes a la edad —hacer la cama, poner la mesa, ayudar a preparar la cena—, que son una forma de aprendizaje muy valiosa y de trabajo de la autonomía. Se trata de trabajarlo todo de una forma mucho más lúdica, con experiencias que aporten y ayuden a hacer un aprendizaje mucho más significativo.
Consolidar aprendizaje significa practicar de forma breve, significativa y proporcionada, con actividades adaptadas a la edad, con un objetivo concreto y dejando espacio suficiente para el descanso
¿Qué papel deberían jugar los padres en este debate: deben imponer rutinas de estudio en verano o dejar que el niño decida libremente?
–Va a depender mucho de cada niño: hay quienes necesitan una rutina muy estricta porque si no se pierden, y otros que, aunque les dejes decidir, van a ser lo suficientemente responsables como para hacerlo bien. Proporcionar cierta estructura puede venir bien, sin que se convierta en una lucha diaria, porque la autorregulación del aprendizaje todavía está en desarrollo, y dejarlo completamente en manos de un niño no siempre es realista. Pero tampoco hay que imponerlo, porque aumentaríamos la resistencia. Podemos tener una rutina flexible: reservar momentos breves para leer, para practicar alguna actividad, y si hay que hacer algunos deberes, que el niño los vaya haciendo mientras el adulto supervisa que están hechos, sin estar encima corrigiendo cada punto y coma. Una vez terminado, a jugar. No hay una única fórmula que sirva para todos los niños ni para todas las niñas.
¿Existen diferencias entre países o sistemas educativos en cuanto al uso de deberes de verano, y qué se puede aprender de esas diferencias?
–Hay muchísimas diferencias de duración de vacaciones y de distribución del calendario escolar. En España tenemos unos meses de vacaciones muy largos, mientras que en otros países las vacaciones de verano son mucho más cortas, pero tienen más descansos repartidos a lo largo del año, con vacaciones a mitad de trimestre de unos quince días. No podemos decir que un sistema tenga mejor resultado académico que otro, porque depende mucho de la calidad educativa, del contexto y de los apoyos disponibles. La solución no pasa por aumentar o reducir las vacaciones, sino por que las oportunidades de aprendizaje sean accesibles para todos y se proteja el tiempo de descanso, el juego y la salud mental. Los programas más prometedores suelen combinar enseñanza de calidad con actividades recreativas, participación voluntaria bien acompañada y adaptación a las necesidades de cada alumno.
Si tuviera que dar una recomendación final a las familias que dudan entre mandar deberes o no a sus hijos este verano, ¿cuál sería y por qué?
–Mi recomendación la tengo clara: el verano no es un segundo curso escolar. Hay que intentar descansar el cerebro, entendiendo que el cerebro sigue aprendiendo, y aprovechar precisamente eso para aprender a través del juego. El juego nos permite trabajar procesos cognitivos básicos pero muy importantes, como el razonamiento lógico, el pensamiento abstracto, la riqueza y fluidez de vocabulario, el cálculo, el razonamiento numérico o la organización espacial.



