José Antonio Luengo: "Unir las palabras ‘acoso’ y ‘escolar’ fue un error terrible"

José Antonio Luengo defendió en la tertulia Justicia y Utopía, en el Café Gijón y promovida por Javier Urra, que hablar de acoso fue un error conceptual que ha terminado por desviar la mirada sobre el problema real. Por eso, prefiere hablar de acoso entre iguales, una fórmula que pone el foco en la relación de poder y no en el lugar donde sucede.
MagisterioJueves, 2 de julio de 2026
0

Luengo evocó el testimonio de un menor que le confesó: "Cuando estoy tomando el desayuno, pienso que voy al infierno".

José Antonio Luengo dejó una idea nítida desde el primer momento: llamar escolar al acoso fue, en su opinión, un tropiezo de gran alcance. En su intervención en la tertulia Justicia y Utopía, celebrada en el Café Gijón y promovida por Javier Urra, sostuvo que ese modo de nombrarlo hizo creer que la escuela era la fuente del daño, cuando en realidad el fenómeno nace en las relaciones y en la violencia que algunos niños y adolescentes arrastran consigo.

La escuela no fabrica la maldad

Luengo insistió en que el problema no puede reducirse al perímetro del centro educativo. «El sumar el adjetivo escolar al sustantivo acoso ha sido un error terrible», afirmó, porque esa expresión ha llevado a interpretar que la escuela genera estas conductas. Su tesis fue clara: la escuela debe intervenir, cuidar y prevenir, pero no es la creadora de la maldad. En esa misma línea, Magisterio ya había publicado una reflexión afín sobre las raíces del problema en Buscando las raíces del acoso escolar: nadie acosa con la mochila vacía.

La violencia de superioridad

El psicólogo y funcionario docente explicó el fenómeno a partir de Thomas Hobbes y de las tres causas de la violencia que, recordó, ya describía en Leviatán. Pero, aplicada al acoso entre iguales, subrayó sobre todo una: la violencia de superioridad y soberbia. Según su relato, el agresor se coloca por encima de la víctima con un mensaje tan simple como devastador: «Eres un pringao». No se trata, dijo, de un estallido casual ni de un conflicto simétrico, sino de una conducta planificada, consciente y repetida para hacer daño.

Luengo concluyó con una advertencia dirigida al mundo adulto: si la sociedad sigue premiando que «el de arriba pisa al de abajo», el acoso seguirá encontrando terreno fértil.

En ese diagnóstico quiso alejarse de lecturas simplistas. No importa si el agresor procede de una familia favorecida o desfavorecida: el perfil, resumió, es el de quien quiere hacer daño, sabe que lo hace y sigue haciéndolo. Por eso prefirió hablar de acoso entre iguales, una fórmula que pone el foco en la relación de poder y no en el lugar donde sucede.

Un infierno cotidiano

La parte más dura de su intervención llegó cuando habló de las conversaciones que mantuvo durante años con niños de 8, 10, 12 o 15 años que le contaban, temblando, lo que vivían. Luengo evocó el testimonio de un menor que le confesó: «Cuando estoy tomando el desayuno, pienso que voy al infierno». Para él, esa imagen resume una experiencia marcada por la humillación diaria, la vigilancia del grupo y la sensación de no encontrar refugio ni siquiera en la rutina más pequeña.

También recordó el caso de Jokin, el adolescente de Hondarribia que murió por suicidio en 2004, como un punto de inflexión en la reflexión pública sobre el acoso. A su juicio, aquellos hechos demostraron que no estamos ante un problema menor ni ante una cifra abstracta, sino ante un dolor real que deja un agujero en el alma de quienes lo sufren y de sus familias.

Lo que debe cambiar

Luengo concluyó con una advertencia dirigida al mundo adulto: si la sociedad sigue premiando que «el de arriba pisa al de abajo», el acoso seguirá encontrando terreno fértil. Para él, esta es una enfermedad social y no solo escolar, porque envía a niños y adolescentes el mensaje de que dominar, humillar o excluir puede llegar a ser rentable. Frente a eso, reclamó más cuidado, más empatía y más responsabilidad compartida.

En paralelo, explicó que su libro “El algoritmo de miedo” nació de una mirada científica, pero también de un  testimonios que le hicieron «cavar en el corazón» del problema. Y esa es, precisamente, la lección de fondo de su intervención en el Café Gijón: nombrar bien el fenómeno importa, porque solo así se puede mirar de frente a un mal que no empieza ni termina en la puerta del colegio, sino en la forma en que educamos, convivimos y toleramos la violencia.

0
Comentarios