'La vuelta al mundo de Willy Fog' en el aula: cuando la Geografía deja de ser una lista de lugares
¿Puede una serie de animación enseñar más Geografía que una lista de capitales, ríos y montañas? La pregunta surgió de manera recurrente durante las clases de Geografía General impartidas a las estudiantes del Doble Grado en Educación Infantil y Primaria de la Universidad de Alcalá. Año tras año aparecía una percepción compartida: para muchos estudiantes, la Geografía había sido una de las materias menos atractivas de su escolaridad. No porque sus contenidos fueran especialmente difíciles, sino porque a menudo se habían presentado como una acumulación de nombres, localizaciones y accidentes geográficos que debían memorizarse sin llegar a comprender las relaciones que los conectan.
Esta reflexión apunta a una cuestión fundamental de la enseñanza de las Ciencias Sociales. Con frecuencia, las dificultades del alumnado no proceden tanto de los contenidos como de la forma en que estos se presentan. El reto consiste en decidir qué enseñar, tanto como en construir experiencias que permitan comprender cómo funciona el mundo.
Durante el curso 2022-23 tuve la oportunidad de impartir docencia al mismo grupo de estudiantes en dos asignaturas complementarias: Didáctica de las Ciencias Sociales y Geografía General. Aquella circunstancia abrió una posibilidad especialmente interesante: conectar el conocimiento geográfico con su futura enseñanza en Educación Primaria.
Fue entonces cuando apareció una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿y si enseñáramos Geografía a través de una historia?
La respuesta llegó desde un referente de la cultura audiovisual que varias generaciones recuerdan con facilidad: La vuelta al mundo de Willy Fog.
La principal aportación educativa de La vuelta al mundo de Willy Fog reside en los lugares que aparecen en la serie y en la forma en que construye la experiencia del espacio.
A diferencia de muchos enfoques tradicionales, la serie no presenta el mundo como una suma de territorios aislados. Lo muestra como una red de conexiones. Cada ciudad se relaciona con la siguiente mediante rutas, desplazamientos, medios de transporte y encuentros culturales. Londres conduce a Suez; Suez abre el camino hacia la India; la India conecta con Asia oriental; el Pacífico permite alcanzar América. El espacio adquiere sentido a través del movimiento.
Desde la Didáctica de la Geografía, esta cuestión es relevante. Una parte considerable de las dificultades de aprendizaje aparece cuando los contenidos se fragmentan en elementos inconexos. El alumnado puede recordar lugares concretos, pero encuentra mayores dificultades para comprender cómo se relacionan los territorios entre sí.
La serie propone justamente lo contrario. Transportes, paisajes, culturas, intercambios económicos y formas de vida aparecen integrados dentro de una misma narración. Lo que inicialmente parece una aventura infantil termina ofreciendo una representación extraordinariamente rica de conceptos geográficos fundamentales: movilidad, orientación, diversidad cultural, redes de transporte, globalización o relaciones entre sociedad y territorio.
Quizá por eso varias generaciones aprendieron aspectos fundamentales del mundo sin percibir que estaban estudiando Geografía. Aprendieron porque estaban siguiendo una historia.
A partir de esta idea, propusimos una experiencia de innovación docente. Cada estudiante trabajó sobre uno de los veintiséis episodios de la serie para transformarlo en una unidad didáctica destinada a Educación Primaria.
Todas las propuestas compartían una misma estructura de trabajo que incluía objetivos, competencias, contenidos, actividades, recursos y procedimientos de evaluación. Este marco común permitía mantener la coherencia del proyecto sin limitar la creatividad de las futuras maestras.
La tarea obligaba a desarrollar una de las competencias esenciales de la profesión docente: transformar el conocimiento en aprendizaje significativo. Ya no bastaba con identificar contenidos geográficos presentes en un episodio. Era necesario seleccionar objetivos, diseñar actividades, justificar decisiones metodológicas y construir propuestas adaptadas a las características del alumnado.
Los resultados fueron extraordinariamente diversos, aunque todas las propuestas compartían una misma estructura articulada en torno a cuatro dimensiones: Cultura e Historia, Geografía, Tecnología y Valores, actitudes y ciudadanía. Todas abordaban estos ejes, aunque cada futura maestra destacó especialmente en alguno de ellos: patrimonio cultural, redes de transporte y comunicación, diversidad cultural, tecnologías históricas o educación para la ciudadanía.
La unidad procedía de la estructura; la diversidad, de las decisiones pedagógicas adoptadas por cada futura maestra.
El producto final superó las quinientas páginas de materiales didácticos elaborados por estas estudiantes de Doble Grado. Sin embargo, el logro más importante no fue la cantidad de producción generada: fue el aprendizaje que hizo posible. Enseñar significó interpretar, seleccionar, reorganizar y dotar de significado al conocimiento para hacerlo accesible y relevante para futuros escolares.
Más de cuarenta años después de su estreno, La vuelta al mundo de Willy Fog continúa ofreciendo una valiosa lección educativa.
Su principal interés reside en su capacidad para mostrar cómo aprendemos mejor cuando los conocimientos aparecen organizados en estructuras significativas. Las personas comprendemos más fácilmente aquello que se presenta mediante relaciones, trayectorias y experiencias que aquello que se ofrece como una simple enumeración de datos.
La experiencia desarrollada en el aula confirmó esta idea. La Geografía deja de percibirse como una colección de nombres cuando se presenta como una red de conexiones. Los territorios adquieren significado cuando se vinculan a historias humanas. Los mapas cobran sentido cuando representan recorridos, intercambios y relaciones.
En un contexto marcado por la movilidad, la interdependencia y la globalización, comprender el mundo exige algo más que localizar lugares sobre un mapa. Exige comprender las conexiones que unen territorios, sociedades y culturas.
Quizá ahí se encuentre una de las grandes tareas de quienes enseñamos Ciencias Sociales en el siglo XXI: construir mediaciones que permitan al alumnado interpretar la complejidad del mundo y acceder al conocimiento de forma significativa. No se trata de sustituir el saber disciplinar, se trata de hacerlo más comprensible, más cercano y, sobre todo, más útil para entender la realidad que habitamos.
José Ramón Álvarez Layna es profesor Ayudante Doctor de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Universidad de Alcalá y, actualmente, investigador visitante en la Universidad Autónoma Metropolitana de México.




