Alerta: agendas infantiles hiperprogramadas en verano
El cerebro infantil, igual que la tierra, no puede estar siempre ocupado y estimulado desde fuera. ADOBE STOCK (IA)
El verano, que durante años fue sinónimo de tiempo libre y juegos improvisados, se ha convertido para muchos niños en una sucesión de actividades encadenadas. Desde esa realidad, la Universidad Internacional de Valencia (VIU) pone el foco en un fenómeno cada vez más extendido: la sobrecarga estival de las agendas infantiles y su impacto en el bienestar emocional.
La psicóloga escolar y docente de la VIU Leydis Morejón sostiene que el problema no está en hacer deportes, ir a campamentos o aprender idiomas, sino en no dejar espacio para respirar, crear y aburrirse. “Estamos educando niños muy estimulados, pero a veces poco descansados; muy acompañados, pero poco autónomos; muy ocupados, pero no siempre más felices”, resume la especialista.
Frente a esa tendencia, Morejón reivindica el “aburrimiento preventivo” como una necesidad evolutiva. Lo define como ese tiempo sin actividad programada en el que el niño puede inventar, tolerar la espera, gestionar la frustración y activar recursos propios. En su visión, no hacer nada no equivale a perder el tiempo, sino a abrir un espacio fértil para que surja la creatividad interna.
La docente recurre a la metáfora del barbecho emocional para explicar que el cerebro infantil, igual que la tierra, no puede estar siempre ocupado y estimulado desde fuera. Cuando el adulto no rellena cada hueco con pantallas, instrucciones o planes, el menor aprende a sostener su incomodidad y a construir por sí mismo su juego, sus intereses y su autonomía.
La experta advierte también de la llamada ansiedad competitiva de las familias, alimentada por la idea de que cada verano debe convertirse en una oportunidad que no se puede desaprovechar. Desde esa lógica, cualquier actividad parece imprescindible “por si acaso”, aunque no responda a una necesidad real del niño. Para Morejón, el cambio pasa por preguntarse qué necesita de verdad cada menor para llegar a septiembre más descansado, seguro y con ganas de aprender.
En este sentido, la psicóloga propone una serie de pautas sencillas: revisar desde dónde se toman las decisiones, reservar huecos reales para el juego libre, preparar el entorno en lugar de programar el entretenimiento y aprender a sostener el “me aburro” sin resolverlo de inmediato. También insiste en que el descanso adulto debe vivirse en casa como una forma de salud cotidiana y no como un motivo de culpa.
Morejón extiende este mensaje a familias, centros educativos y futuros profesionales de la enseñanza. A su juicio, cuando un menor depende de una pantalla para calmarse o no sabe jugar de forma autónoma, no se trata de un niño “difícil”, sino de un entorno que no le ha ofrecido suficiente práctica de silencio, espera y autorregulación.
Por eso, la docente defiende que el aula y el hogar no deben medirse solo por la cantidad de actividades, sino por la calidad de los espacios que permiten entrenar la cooperación, la tolerancia a la frustración y la pausa mental. En su opinión, proteger el tiempo sin objetivo es también una forma de prevención emocional. Y concluye con una idea clara: el aburrimiento, bien acompañado, no es un problema que haya que apagar enseguida, sino una oportunidad para que el niño vuelva a encontrarse con su propia imaginación.
