Conocer para respetar
Muchas de las reacciones que tenemos frente a lo desconocido responden más al miedo que al conocimiento real. Este artículo describe un taller de Ciencias Naturales desarrollado con alumnos de sexto grado, en el que la observación directa de pequeños artrópodos, recolectados por los propios estudiantes y analizados con lupas, cajas entomológicas y microscopio digital, permitió transformar el rechazo inicial hacia estos organismos en curiosidad genuina y, finalmente, en respeto. Más allá del contenido biológico abordado, la experiencia abrió una reflexión más amplia: la idea de que conocer antes de juzgar es también el camino para relacionarnos mejor con las personas. El artículo propone que la educación científica, cuando se construye desde la observación y la experiencia directa, puede convertirse en una herramienta poderosa para la formación en valores como el respeto y la empatía.
Artrópodos, Educación en valores, Respeto por la biodiversidad, Aprendizaje basado en la observación, Pensamiento crítico y Empatía.
El miedo que aparece antes que el conocimiento
¿Qué hace la mayoría de los chicos cuando encuentra una araña, una hormiga o cualquier otro «bicho» en su casa? La respuesta suele repetirse una y otra vez, matarlo. No por maldad, sino porque desde muy pequeños aprendieron que aquello que desconocen representa un peligro.
Precisamente de esa realidad nació este taller. Mi intención no era enseñar solamente contenidos de Biología, sino demostrar que muchas veces el miedo aparece antes que el conocimiento y que, cuando aprendemos a conocer aquello que tenemos delante, nuestra manera de actuar cambia por completo. Elegí trabajar con los artrópodos porque representan un ejemplo cotidiano de cómo solemos construir prejuicios antes de comprender.
Antes de ingresar al laboratorio me reuní con los alumnos en el aula. Comencé haciéndoles una pregunta muy simple. ¿Qué hacen cuando encuentran un bicho en su casa?, las respuestas fueron inmediatas. Lo matamos.
Cuando les pregunté por qué, todos coincidieron en lo mismo, porque les daba miedo y porque pensaban que podía picarlos. Entonces apareció la verdadera pregunta que dio origen a todo el taller.
¿Pero realmente lo conocen? ¿Saben cómo vive, cómo se alimenta o si verdaderamente puede hacerles daño?
El silencio que se produjo en ese momento fue el comienzo de una manera diferente de mirar la naturaleza.
¿Pero realmente lo conocen? ¿Saben cómo vive, cómo se alimenta o si verdaderamente puede hacerles daño?
El silencio que se produjo en ese momento fue el comienzo de una manera diferente de mirar la naturaleza.
Les propuse un desafío, durante los días siguientes deberían buscar pequeños artrópodos en sus casas, jardines o espacios verdes cercanos, pero respetando siempre su vida. Les enseñé cómo capturarlos sin lastimarlos, cómo preparar recipientes con ventilación y sustrato para transportarlos y cómo manipularlos con cuidado. Algunos alumnos confesaron que no se animaban a tocarlos, no hizo falta convencerlos. También podían participar preparando los recipientes o colaborando con sus compañeros. Lo importante era que todos fueran parte de la experiencia.
El día del taller el laboratorio se llenó de entusiasmo, cada alumno llegó sosteniendo cuidadosamente el pequeño recipiente donde había transportado los organismos que había encontrado. Ya no los miraban con miedo, ahora querían descubrir qué eran.
Reunimos todos los ejemplares en un gran terrario y comenzó la observación. Con pequeños pinceles y lupas fueron separando la tierra con enorme delicadeza para no dañar a los animales. Muy pronto aparecieron las primeras preguntas. ¿Por qué este tiene antenas? ¿Por qué aquel tiene ocho patas? ¿Todos son iguales?
Sin darse cuenta, los chicos habían dejado de preguntarse si había que matarlos. Ahora querían comprenderlos. Y ese, justamente, era el primer objetivo del taller.
La experiencia continuó alrededor de las cajas entomológicas del laboratorio. Allí los alumnos pudieron comparar los ejemplares que ellos mismos habían recolectado con otros perfectamente conservados e identificados. Lo que hasta hacía apenas unos minutos era simplemente un «bicho», comenzaba ahora a ocupar un lugar dentro de un grupo biológico con características propias.
Las comparaciones surgían de manera espontánea, contaban patas, buscaban antenas, diferenciaban insectos de arácnidos, observaban las diferencias entre una araña y un escorpión, comparaban un bicho bolita con otros crustáceos y descubrían que organismos aparentemente muy parecidos pertenecían, en realidad, a grupos completamente distintos. Cada nuevo ejemplar despertaba preguntas y cada respuesta generaba una nueva observación.
La Biología dejaba de ser una lista de conceptos para transformarse en una experiencia viva. Ya no observaban porque yo se los pedía, observaban porque querían descubrir más.
El siguiente paso consistió en reunir nuevamente al grupo alrededor del microscopio digital conectado al televisor del laboratorio. Uno por uno fuimos colocando los mismos artrópodos que ellos habían llevado y la imagen ampliada reveló un mundo completamente nuevo. Las patas, los ojos, las antenas y las piezas bucales aparecían proyectadas con un nivel de detalle que despertó un enorme entusiasmo.
Fue entonces cuando comenzaron a derrumbarse muchos de los prejuicios con los que habían llegado. Al observar los distintos aparatos bucales comprendieron que la mayoría de los artrópodos que solemos encontrar en nuestras casas ni siquiera posee estructuras capaces de lastimar a una persona. Lo que durante años había sido motivo de temor empezaba a convertirse en objeto de admiración.
Las preguntas aparecían sin interrupción. ¿Dónde viven? ¿Por qué algunos salen de noche? ¿Por qué se esconden cuando los iluminamos?
Cada respuesta abría una nueva conversación y cada conversación reforzaba una idea que iba creciendo durante toda la actividad, comprender siempre resulta más valioso que reaccionar por miedo.
En ese momento compartí con ellos una reflexión que cambió nuevamente la perspectiva.
Muchas veces pensamos que estos animales invaden nuestro espacio. Sin embargo, la realidad es exactamente la contraria. Nosotros construimos nuestras ciudades, nuestras casas y nuestros jardines sobre ambientes donde ellos ya vivían mucho antes que nosotros. Ellos simplemente intentan adaptarse al mundo que nosotros modificamos. Comprender eso también significa aprender a respetarlos.
La actividad terminó del mismo modo en que había comenzado, con respeto. Todos los artrópodos fueron colocados cuidadosamente en el terrario del laboratorio para continuar viviendo en un ambiente adecuado. Después de observarlos, estudiarlos y conocerlos, devolverlos a ese espacio se transformó en un gesto natural para los propios alumnos.
Antes de finalizar el taller retomamos la pregunta con la que todo había comenzado. Les expliqué que el verdadero objetivo nunca había sido únicamente aprender sobre artrópodos. Lo importante era comprender que antes de emitir un juicio sobre cualquier ser vivo primero debemos conocerlo. Exactamente lo mismo ocurre con las personas.
Muchas veces rechazamos, criticamos o dejamos de lado a alguien sin haberle dado siquiera la oportunidad de mostrar quién es. Tal vez, si primero nos acercáramos a conocerlo, descubriríamos una realidad completamente distinta.
Los alumnos regresaron a sus aulas con nuevos conocimientos de Ciencias Naturales, pero también con una enseñanza que iba mucho más allá del laboratorio. Aquella mañana comenzaron observando pequeños artrópodos y terminaron comprendiendo que el conocimiento sigue siendo el camino más seguro para construir el respeto hacia toda forma de vida.
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