La Generación Z se informa en redes, pero desconfía de ellas

Un estudio internacional liderado por la Universidad Francisco de Vitoria confirma una paradoja ya visible en el día a día de los universitarios: la Generación Z recurre sobre todo a las redes sociales para informarse, pero no las sitúa entre sus canales más fiables. La investigación subraya el papel del algoritmo, la mezcla de actualidad y entretenimiento y la necesidad de reforzar la alfabetización mediática para aprender a distinguir fuentes, detectar desinformación y "dudar con criterio".
MagisterioMartes, 11 de agosto de 2026
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Las redes sociales y las webs, que son los canales más utilizados para informarse, figuran también entre los menos fiables para los jóvenes encuestados.

Un vídeo, un meme, una noticia y una recomendación algorítmica pueden aparecer seguidos en la pantalla de un joven. Esa secuencia resume el ecosistema informativo de la Generación Z, una generación que vive conectada, consume actualidad con naturalidad y, al mismo tiempo, recibe la información mezclada con ocio, publicidad y conversación social. La escena es la base de la investigación internacional Paradoxes in Generation Z’s Media Consumption and Fake News Perception, publicada en Comunicação e Sociedade y firmada por Ana Pérez-Escoda, investigadora de la Universidad Francisco de Vitoria, junto a Cristina Ruiz-Poveda, de la Universidad Complutense de Madrid. El trabajo analiza el comportamiento informativo de universitarios de España, Estados Unidos y Portugal.

Tres de cada cuatro se informan en redes

El principal dato del estudio es contundente: el 75% de los estudiantes encuestados dice informarse a través de redes sociales. Después aparecen las páginas web, con un 64%; la prensa digital, con un 47%; y la televisión, con un 37%. La radio, la prensa en papel y la televisión online ocupan un lugar mucho más discreto en la dieta informativa de los jóvenes. La investigación muestra, además, que la información compite en el mismo espacio que el ocio. Los universitarios no solo consumen noticias, sino también humor, memes, música y vídeos breves, de modo que la actualidad aparece integrada en un flujo continuo de contenidos. La noticia ya no llega siempre en formato de portada o telediario, sino como una pieza más dentro de un entorno hiperconectado.

Ese cambio altera la forma de acceder a la actualidad. Ya no basta con buscar una información concreta, sino que hay que interpretar qué aparece en pantalla, por qué aparece y qué lugar ocupa entre el resto de estímulos. En ese contexto, la visibilidad de un contenido depende tanto de su interés periodístico como de la lógica de distribución de las plataformas.

La confianza va por otro camino

La paradoja se acentúa al cruzar uso y credibilidad. Las redes sociales y las webs, que son los canales más utilizados para informarse, figuran también entre los menos fiables para los jóvenes encuestados. En cambio, los medios tradicionales, que reciben menos atención en su consumo cotidiano, disfrutan de una mayor confianza. El resultado desmonta la idea de una juventud entregada sin matices a lo digital. Según el estudio, los jóvenes acuden a las redes porque son rápidas, accesibles y cercanas, pero no dejan de mirarlas con recelo. Se informan donde dudan, una fórmula que retrata bien su relación con el entorno digital y con la circulación de contenidos en tiempo real.

La propia investigación advierte de que la muestra es universitaria, por lo que conviene leer los datos con cautela. Aun así, ofrece una pista útil para medios, familias y educadores: el reto no está solo en llegar a los jóvenes, sino en ayudarles a jerarquizar la información, contextualizarla y medir su fiabilidad dentro de un flujo incesante de estímulos.

Dudar con criterio para frenar los bulos

La cuestión se vuelve más delicada cuando entra en escena la desinformación. En el estudio, tres de cada diez jóvenes afirman que nunca reciben noticias falsas, otros tres de cada diez dicen que casi nunca les llegan y solo dos de cada diez reconocen que las reciben a menudo o siempre. El dato puede leerse como una mejora en la percepción del problema o como una sobreestimación de la propia capacidad para detectar bulos. En cualquier caso, la conclusión es clara: hace falta más alfabetización mediática. La investigación insiste en que la formación debe trabajar dentro de los espacios donde los jóvenes ya están, no fuera de ellos. Eso implica enseñar a distinguir hechos de opiniones, rastrear fuentes, reconocer formatos persuasivos y entender por qué un contenido se viraliza con tanta rapidez.

Ese mismo enfoque aparece en otros trabajos del equipo de Pérez-Escoda. En Practices and Awareness of Disinformation for a Sustainable Education in European Secondary Education, junto a Manuel Carabias-Herrero, analizaron a 1.186 menores de entre 12 y 17 años y a 166 docentes. Aunque casi todos conocen el concepto de noticia falsa, las estrategias de verificación siguen siendo limitadas: las usa el 56% del profesorado y el 43,7% del alumnado. Además, tres de cada diez reconocen que quizá han compartido algún bulo sin darse cuenta.

La investigación también sitúa al algoritmo como un actor decisivo. En Taking on Social Media as New Gatekeepers among Young People, Pérez-Escoda y Luis Miguel Pedrero-Esteban describen las redes sociales como nuevos guardianes de paso de la información, capaces de determinar qué contenidos ganan visibilidad. Ya no filtran solo medios, editores o periodistas: también lo hacen plataformas, creadores de contenido, influencers, contactos personales y tendencias virales.

El mensaje de fondo es que la Generación Z no está al margen de la información, sino justo en el centro de su transformación. Por eso, la salida que propone la UFV pasa por aprender a dudar con criterio, interpretar el ecosistema digital y dotar a los jóvenes de mejores herramientas para no confundir rapidez con rigor. En un entorno donde las noticias compiten con memes, vídeos y bulos, saber leer lo que aparece en pantalla puede marcar la diferencia entre consumir contenido al paso o participar en la conversación pública con criterio.

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