¿Por qué el alumnado no ve el cambio social?
Cuando enseñamos Geografía o Historia solemos pensar en el pasado. Sin embargo, una parte importante de nuestro trabajo consiste en ayudar a comprender el presente. © ADOBE STOCK
En una serie de sesiones de Geografía General con alumnado de la Facultad de Educación de la Universidad de Alcalá aparecieron algunas situaciones reveladoras. Hablábamos de transformaciones sociales recientes en España y surgieron referencias culturales pertenecientes a generaciones distintas. Algunas resultaban familiares para buena parte del alumnado; otras parecían proceder de un pasado mucho más lejano de lo que realmente eran.
La escena invitaba a una reflexión interesante. No parecía existir una dificultad para comprender los contenidos. El problema aparecía en otro lugar. Costaba percibir que aquello que hoy se considera normal también forma parte de la historia.
La cuestión no es menor. Como apuntó Ortega y Gasset, la vida humana sólo resulta inteligible dentro de una trayectoria histórica concreta. Sin embargo, pocas veces pensamos qué implica realmente esta idea cuando enseñamos Ciencias Sociales. Quizá una de sus consecuencias más importantes sea que el presente necesita ser aprendido históricamente.
Cuando enseñamos Geografía o Historia solemos pensar en el pasado. Sin embargo, una parte importante de nuestro trabajo consiste en ayudar a comprender el presente.
Los estudiantes reconocen con facilidad que el espacio y el tiempo de la sociedad medieval fueron diferentes o que la Revolución Industrial transformó profundamente Europa. Lo que les resulta más complicado es observar históricamente el mundo que habitan. Internet parece haber existido siempre, las redes sociales parecen ya una extensión natural de la comunicación humana y la diversidad cultural visible en las ciudades parece una característica permanente de la sociedad. Sin embargo, todos esos fenómenos tienen una historia relativamente reciente: precisamente porque forman parte de la experiencia cotidiana tienden a pasar desapercibidos.
Una comparación generacional aparentemente sencilla ayuda a comprender este fenómeno.
Para muchas personas que hoy ejercen la docencia, Joaquín Sabina forma parte de un paisaje cultural reconocible. Mientras que para buena parte del alumnado actual, ese lugar simbólico puede ocuparlo Rosalía.
'¿Quién me ha robado el mes de abril?' (1988), Joaquín Sabina. Canción del álbum El hombre del traje gris, asociada al paisaje cultural de las generaciones de finales del siglo XX.
La cuestión no tiene que ver con preferencias musicales. Lo verdaderamente interesante es que detrás de ambos referentes aparecen mundos diferentes. No sólo cambian los artistas; cambia el mundo en el que esos artistas cobran sentido. Desde lo que los historiadores suelen denominar disciplina del contexto, ninguna obra cultural puede comprenderse plenamente al margen de las circunstancias históricas que la produjeron ni de las generaciones que la hicieron significativa. Cambian las tecnologías, cambian los medios de comunicación, cambian las formas de consumir cultura, cambian los modelos de éxito y visibilidad pública y cambian incluso las formas de construir identidad, los principios y los valores: lo que a primera vista parece una diferencia de gustos es, en realidad, una expresión del cambio social.
José Ortega y Gasset dedicó algunas de sus reflexiones más conocidas al problema de las generaciones. Desde En torno a Galileo planteó que cada generación llega a un mundo ya construido y aprende a vivir dentro de unas determinadas circunstancias históricas. No comienza desde cero. Hereda creencias, hábitos, formas de pensar y evidencias que acaban configurando su manera de interpretar la realidad.
'Despechá' (2022), Rosalía. Canción asociada al proyecto Motomami, convertida en una de las referencias culturales más reconocibles de las generaciones del primer cuarto del siglo XXI.
Desde esta perspectiva, las generaciones no son simplemente grupos de personas nacidas en fechas similares. Son formas de ser, de estar y de conocer instaladas en una época: cada generación considera normales determinadas cosas porque ha crecido con ellas. Y por eso resulta tan difícil percibir el carácter histórico del presente.
Vivimos dentro de aquello mismo que intentamos comprender.
Con frecuencia se piensa que estas dificultades pueden resolverse añadiendo más datos. Más conceptos. Más fechas. Más gráficos. Más imágenes. Más textos.
Sin embargo, la experiencia docente suele mostrar algo distinto. Muchas veces el alumnado dispone de información suficiente para comprender un fenómeno espacial, histórico o social. Lo que resulta más complicado es desarrollar la distancia necesaria para interpretarlo.
La cuestión es especialmente visible cuando trabajamos procesos muy cercanos en el tiempo. Las transformaciones demográficas, culturales o tecnológicas de las últimas décadas suelen parecer menos históricas que acontecimientos mucho más lejanos.
No porque sean menos importantes, sino porque todavía vivimos dentro de sus consecuencias.
Tal vez buena parte de la Didáctica de las Ciencias Sociales consista precisamente en esto: en educar la mirada ayudando al alumnado a descubrir que aquello que parece natural posee una historia. Que las costumbres cambian. Que las tecnologías aparecen y desaparecen. Que los referentes culturales se transforman. Que las generaciones viven experiencias diferentes, aunque compartan un mismo país y tiempo.
Los objetos cotidianos, las canciones, las películas, las series de animación o las fotografías adquieren entonces un valor didáctico porque se traen al caso para enseñar cómo conocer, no para simplificar el conocimiento.
Cuando nuestros estudiantes comprenden que su realidad no siempre fue ni es como la perciben, comienzan a desarrollar una capacidad fundamental: entienden que toda sociedad está en movimiento y que el presente también forma parte de la historia.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que podemos transmitir a las futuras maestras y a los futuros maestros. No sólo enseñarles a explicar el pasado, sino ayudarles a comprender que pertenecen a una generación concreta, situada en unas circunstancias que no ha elegido por sí misma. El mundo que hoy consideran normal es el resultado de decisiones anteriores y será, a su vez, el punto de partida de quienes vengan después. Comprender esa continuidad entre el mundo que recibimos, el mundo que habitamos y el mundo que legaremos a quienes vengan después es, probablemente, una de las formas más profundas de pensar históricamente.
José Ramón Álvarez Layna es profesor Ayudante Doctor de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Universidad de Alcalá y, actualmente, investigador visitante en la Universidad Autónoma Metropolitana de México.


