Vacaciones que también preparan para la vuelta al colegio

Cada verano reaparece la misma preocupación. ¿Olvidarán los niños lo aprendido? ¿Perderán el hábito de estudiar? ¿Conviene que hagan cuadernos de vacaciones para que septiembre no les resulte tan cuesta arriba?
Cynthia Santacruz
Psicoterapeuta, comunicadora y formadora
11 de agosto de 2026
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Es una inquietud comprensible. Quizá, además, alimentada por una costumbre muy arraigada entre los adultos: creer que preparar a un niño para el futuro consiste en advertirle continuamente de lo difícil que será. «El año que viene ya no te servirá con esto». «En la ESO tendrás que espabilar». «Ahora empieza lo serio».

Con la mejor intención, intentamos prepararlos para lo que viene. Pero, sin darnos cuenta, a veces acabamos transmitiéndoles que crecer consiste en vivir permanentemente anticipando la siguiente exigencia.

Y, sin embargo, la pregunta importante probablemente sea otra.

No qué conocimientos puede perder un niño durante el verano, sino qué capacidades hacen posible que un niño aprenda.

Porque el aprendizaje escolar no empieza cuando un profesor explica una lección.

Empieza cuando un niño puede sostener la atención, tolerar la frustración, esperar, organizarse, resolver un conflicto con un compañero, pedir ayuda, perseverar cuando algo le cuesta o seguir sintiendo curiosidad incluso cuando el esfuerzo aparece.

Esas son las verdaderas condiciones del aprendizaje.

La pregunta es dónde se construyen.

Si preguntáramos a cualquier docente qué necesita un alumno para aprovechar la experiencia escolar, probablemente respondería que atención, autonomía, regulación emocional, capacidad para convivir, flexibilidad o curiosidad.

Pero casi todas esas capacidades nacen mucho antes de abrir un libro.

Nacen en la vida.

La atención se desarrolla cuando algo despierta un interés genuino. La autonomía aparece cuando un niño puede hacer por sí mismo aquello para lo que está preparado. La regulación emocional se construye primero en el vínculo y después en cientos de experiencias cotidianas de convivencia. La curiosidad no se enseña; se protege.

Por eso el verano no representa una pausa en el desarrollo.

Representa un cambio de escenario.

El juego, el movimiento, el aburrimiento, las conversaciones sin prisa, las pequeñas responsabilidades, la exploración o la convivencia siguen construyendo justamente aquello que después hará posible aprender dentro de un aula.

Pero quizá aquí haya una reflexión que trasciende incluso a la educación.

Tiene que ver con la manera en la que hemos organizado la vida.

Hemos normalizado que una persona necesite escapar constantemente de su trabajo para sentirse bien, descansar o, sencillamente, volver a encontrarse consigo misma. Esperamos el fin de semana, las vacaciones o incluso la jubilación como si la vida auténtica estuviera siempre al otro lado del calendario. No nos extraña que tantas personas vivan el domingo con un nudo en el estómago o regresen de las vacaciones con la conocida sensación de malestar que acompaña a la vuelta.

Y merece la pena detenerse un momento en esa idea.

Porque el problema no es que necesitemos descansar. El descanso es una necesidad profundamente humana. El problema aparece cuando solo encontramos bienestar lejos de aquello que ocupa la mayor parte de nuestra vida.

Eso habla de una fractura.

De una forma de entender el rendimiento desligada del sentido. De contextos donde la exigencia deja de estar al servicio del desarrollo de cada persona para ponerse al servicio de modelos homogéneos de funcionamiento. Modelos que, con frecuencia, reducen las diferencias, pero también silencian talentos, adormecen la curiosidad y terminan alejándonos de posibilidad de vivir vidas con sentido.

Basta una pregunta para intuir que algo no termina de encajar. ¿Para qué haces lo que haces? ¿Te gusta tu trabajo? ¿Cuántos adultos responden con ilusión cuando hablan de su vida laboral? ¿Qué es lo que realmente valoran los niños de la experiencia escolar?

La escuela es el primer lugar donde aprendemos qué significa rendir, cumplir expectativas, responder a criterios externos o sentir que nuestro valor depende, en parte, de nuestro desempeño. Es allí donde empezamos a construir la relación que tendremos con el esfuerzo, con el error, con el éxito y, en muchas ocasiones, también con nuestra propia valía.

No porque la escuela pretenda hacerlo. Sino porque la forma en que organizamos la experiencia educativa también educa.

Y aquí aparece una paradoja:

Nunca habíamos sabido tanto sobre cómo aprenden los niños. Sabemos que el movimiento favorece el desarrollo de las funciones ejecutivas, que la curiosidad impulsa el aprendizaje, que el vínculo regula el sistema nervioso y que la participación activa deja una huella mucho más profunda que la repetición.

Sin embargo, seguimos organizando gran parte de la experiencia escolar alrededor de un alumno que escucha más de lo que participa, responde más de lo que pregunta y permanece sentado más tiempo del que su desarrollo parece necesitar.

El problema no es que la escuela exija.

El problema aparece cuando la exigencia deja de estar al servicio del desarrollo y es el desarrollo el que acaba poniéndose al servicio de la exigencia. No hay acuerdo entre nuestra necesidad y la del mundo, y alguna parte se sacrifica.

Porque una buena educación no debería enseñar solo a resolver o a rendir.

También debería enseñar a vivir.

La escuela no debe hablar de la vida, la escuela debe ser la vida misma.

Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos qué deberíamos hacer durante el verano para preparar la vuelta al colegio. Y simplemente confiar, en que aquellas experiencias fuera del aula son la tierra fértil para lo que el nuevo  curso vaya a sembrar.

Tal vez la reflexión que realmente nos corresponde sea otra: cómo dejar de separar la vida de la escuela. Cómo conseguir que la vida entre en la escuela y que la escuela esté, verdaderamente, al servicio de la vida.

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