Altas capacidades, neurodivergencia y sobrediagnóstico
Ser neurotípico no debería suponer un hándicap, puesto que constituye la situación de la mayoría de la población mundial. Sin embargo, existe una búsqueda estéril e improductiva de intentar ser diferente ante los demás.
Estamos ante un hecho sin precedentes: antes, si conocías a una persona con altas capacidades, autismo o TDAH, lo considerabas algo puntual; ahora parece que no solo tienen alguna de estas condiciones, sino que hacen gala de ella como parte de un proyecto identitario.
Algunos me podrán decir que antes no había visibilidad sobre estos temas, y es totalmente cierto. Pero ¿hasta qué punto algunos de estos diagnósticos en personas adultas no forman parte de una especulación sin base científica y son más bien una moda social fomentada por ciertos medios de comunicación que invita subrepticiamente a algunas personas a consolidar un papel como actores en una película de ficción?
Esto no es un tema baladí, ya que algunos han llegado a equiparar ser neurodivergente con, por poner un ejemplo, tener un doctorado en neurociencia por Harvard.
Por un lado, tenemos las redes sociales, con los mal llamados “influencers”, que tienen más audiencia que cualquier programa de televisión y en las que he podido escuchar y leer una serie de idioteces que deberían ser censuradas, ya que están hablando de salud pública. Muchos de sus incautos seguidores entran en una dinámica que favorece un sobrediagnóstico basado únicamente en la necesidad de cubrir algún tipo de inseguridad personal.
Que alguien diga que tiene altas capacidades sin tenerlas no es ético, pero no va a provocar efectos colaterales más allá de su mentira
Que alguien diga que tiene altas capacidades sin tenerlas no es ético, pero no va a provocar efectos colaterales más allá de su mentira. Sin embargo, si hablamos de autismo y TDAH, nos encontramos ante una situación que supone un desafío para la persona, sus familiares, el sistema educativo y su actividad profesional. En este caso, hay que establecer unos límites claros que no se pueden traspasar.
Son cuestiones que hay que debatir y hacer entender a esas personas que ser neurodivergente tiene unas características concretas y que cada persona presenta unas peculiaridades distintas. Por tanto, alguien puede construir su identidad como quiera, pero no debería hacerlo sobre la base de afirmaciones carentes de fundamento acerca de estas condiciones.
Otra de las curiosidades con las que me he encontrado personalmente es conocer a personas que, después de decirte su nombre, expresan a continuación, sin ningún preámbulo conversacional, que tienen autismo o TDAH. Yo, cuando conozco a una persona por primera vez, no le digo que tengo altas capacidades. De hecho, si sale el tema, me interesa más lo que pueda aportarme esa persona que lo que pueda decirle yo. El hecho de ser neurodivergente debería aparecer dentro de un contexto conversacional adecuado sobre la neurodivergencia. Es entonces cuando sale mi yo más dialéctico y le pregunto: «¿Qué número de colegiado tiene el profesional que te ha dado el diagnóstico?». Y es aquí cuando entiendes que su discurso no cuadra con lo expresado y empiezan a divagar ante la pregunta planteada.
Hay que combatir estos planteamientos absurdos que muchos adultos han convertido en un acto militante y dejar que las neurodivergencias se aborden, bajo las condiciones adecuadas, por los profesionales pertinentes. Ser neurotípico no debería suponer un hándicap, puesto que constituye la situación de la mayoría de la población mundial. Sin embargo, existe una búsqueda estéril e improductiva de intentar ser diferente ante los demás.

