Elena García de la Cera: "Innovamos, pero a lo mejor no transformamos tanto como pensábamos"

La responsable de Educación de la Fundación Educativa Jesuitinas analiza en 'La Charleta Educativa' los límites de la innovación, el impacto de las pantallas, la soledad entre los adolescentes y el reto de construir una escuela inclusiva que atienda a la persona en todas sus dimensiones.
Diego MorenoMartes, 15 de septiembre de 2026
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Elena García de la Cera en 'La Charleta Educativa'.

La conversación alcanza uno de sus momentos más reveladores cuando Elena García de la Cera pone en duda que todos los cambios introducidos durante los últimos años hayan logrado transformar verdaderamente las aulas. «Innovamos, pero a lo mejor no transformamos tanto como pensábamos que íbamos a transformar», reconoce. La responsable de Educación de la Fundación Educativa Jesuitinas no rechaza la innovación educativa, pero reclama comprobar si modifica realmente la experiencia del alumnado y mejora su aprendizaje.

Su reflexión atraviesa buena parte de la entrevista en «La Charleta educativa»: la escuela necesita hacerse preguntas honestas sobre lo que funciona, observar a sus alumnos y estar dispuesta a corregir el rumbo. Ni las metodologías activas ni la digitalización deberían convertirse en fines en sí mismos. La pregunta decisiva es qué aportan al aprendizaje y al desarrollo personal de cada estudiante.

Una red para dar futuro a los colegios

La Fundación Educativa Jesuitinas reúne 23 centros distribuidos por la geografía española, con 19.000 alumnos y alrededor de 1.750 educadores. La elección de esta última palabra no es casual. La fundación considera que la educación no corresponde únicamente al profesorado: «Entendemos que todo el personal de los colegios educa». En esa tarea participan docentes, personal de administración y servicios, conserjes, responsables de comedor y el resto de trabajadores de cada centro.

La red abarca desde escuelas infantiles de primer ciclo hasta centros de Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional. La mayoría de los colegios fueron fundados por la Congregación de Hijas de Jesús, algunos de ellos por su fundadora, santa Cándida María de Jesús. En 2018, la congregación creó la Fundación Educativa Jesuitinas y trasladó a ella la titularidad de sus centros, iniciando una estructura destinada a fortalecer y profesionalizar la gestión educativa compartida.

Desde entonces se han incorporado colegios procedentes de otras congregaciones o instituciones. García de la Cera explica que estas integraciones permiten dar continuidad a proyectos que, de otra manera, podrían tener dificultades para sobrevivir. Formar parte de una red aporta acompañamiento, recursos y una visión común. «Es una forma de dar futuro a los proyectos educativos», resume.

Colegios católicos para todos

Jesuitinas ha redefinido recientemente su propuesta a través de lo que denomina un nuevo «marco educativo». La organización ha preferido prescindir de la palabra «proyecto» para evitar la idea de un documento cerrado, compuesto por instrucciones que deben obedecerse. El marco identifica los enfoques educativos y las líneas básicas desde las que cada centro debe tomar decisiones, manteniendo una visión común sin renunciar a la reflexión compartida.

Entre esos enfoques aparecen la inclusión y la colaboración. García de la Cera sostiene que un colegio de la fundación no puede entenderse sin preguntarse si todos los alumnos están incluidos en aquello que se propone. Del mismo modo, defiende que se aprende con los demás y que ese aprendizaje compartido produce resultados que van más allá de lo académico. El horizonte es educar personas autónomas, comprometidas y creativas.

La expresión resume una concepción integral de la educación. El objetivo no se limita a alcanzar el perfil de salida establecido por la legislación, sino a «educar la entera persona», una formulación vinculada a la tradición de la congregación. En ella se integran las dimensiones intelectual, humana y espiritual, sin dividir al alumno en parcelas independientes. La escuela debe atender a la persona completa y acompañar su crecimiento en todos los ámbitos.

Para conseguir que esa identidad no quede reducida al papel, Jesuitinas sitúa el foco sobre sus educadores. La formación y su desarrollo personal figuran entre los fines fundacionales. Desde su incorporación, los profesionales participan en un itinerario que les permite comprender dónde trabajan, cuál es la misión de la institución y qué modelo de Iglesia propone. No se les pide únicamente respeto, sino entender de dónde nace la propuesta educativa que deberán llevar al aula.

Ese acompañamiento continúa a lo largo de toda la trayectoria laboral. La fundación dispone de momentos formativos para distintas etapas profesionales, incluidos encuentros destinados a educadores con 25 años de experiencia. El propósito no es entregar recetas, sino generar espacios para pensar juntos. «Hasta que te jubilas» continúa un proceso que busca reavivar la vocación, reflexionar sobre la misión y revisar cómo debe concretarse en cada momento.

La "soledad acompañada" de los alumnos

La entrevista cambia de tono al abordar el malestar emocional de niños y adolescentes. García de la Cera alude a un estudio realizado por la fundación entre su alumnado de Secundaria y Bachillerato. Sus conclusiones pusieron de manifiesto una realidad que preocupó especialmente a los responsables educativos: muchos jóvenes afirmaban sentirse solos incluso cuando estaban rodeados de amigos o mantenían una intensa actividad social. Jesuitinas ha denominado a este fenómeno «soledad acompañada». La expresión describe la paradoja de una generación hiperconectada que, sin embargo, no siempre encuentra a quién contarle sus problemas. Parte del alumnado manifestaba que no recurría necesariamente a sus padres cuando atravesaba una dificultad y que podía experimentar soledad incluso en compañía de su grupo de iguales. Más allá de las categorías clínicas, esas respuestas revelan una necesidad de escucha que interpela directamente a la escuela.

Los estudiantes también identificaron al profesorado como una posible figura de confianza. Para García de la Cera, ese dato contiene un mensaje importante para los educadores: su tarea no puede limitarse a entrar en clase, impartir una asignatura y marcharse. Cuando la profesión se entiende como la responsabilidad de educar a la persona entera, resulta necesario crear espacios de tutoría, conversación y acompañamiento. El docente debe encontrar tiempo para escuchar y ayudar al alumno a comprender lo que le sucede.

La dimensión espiritual puede contribuir a ese proceso, aunque la entrevistada advierte de que no actúa de forma automática. El autoconocimiento, la capacidad de reconocer lo que uno siente y la experiencia de sentirse cuidado o querido pueden ayudar a afrontar situaciones de malestar. Sin embargo, antes debe existir un vínculo personal sólido: el alumno necesita sentirse protegido y acompañado antes de poder profundizar en otros ámbitos de su vida.

Innovar sin perder de vista el aprendizaje

Ante el descenso de los resultados académicos y la sucesión de reformas metodológicas, García de la Cera propone revisar con honestidad qué se ha transformado realmente. La innovación nació de la conciencia de que el modelo anterior no respondía a lo que pedían la sociedad y los alumnos. El problema surge cuando se confunde con la modernización de las aulas, con la necesidad de atraer matrícula o con el deseo de parecer diferente al colegio de al lado. Esa motivación, advierte, termina por perder su sentido.

La transformación debería centrarse en la experiencia del estudiante, no únicamente en lo que hace el profesor. Es posible introducir nuevas dinámicas, recibir formación o desarrollar experiencias puntuales sin que cambie de manera profunda la forma en que aprende el alumnado. Por eso, la responsable de Jesuitinas invita a revisar la evaluación, el seguimiento del aprendizaje y la conexión entre las distintas dimensiones de la vida escolar. La cuestión no es acumular herramientas, sino comprobar su impacto real.

La profesionalización docente exige apoyarse en lo que la ciencia conoce acerca del aprendizaje. Si un centro adopta el aprendizaje cooperativo, debe hacerlo porque mejora la asimilación de contenidos y aporta otros aprendizajes relevantes. Si incorpora dispositivos digitales, debe analizar cómo influyen en la atención, el procesamiento de la información y la evocación. «Tenemos la mochila llena de herramientas, pero hay que sacarlas», afirma García de la Cera, siempre en función de las necesidades concretas del alumno. Su posición sobre las pantallas evita las respuestas absolutas. Reconoce que probablemente tienen una responsabilidad importante en los problemas de atención, especialmente cuanto menor es la edad, pero también recuerda que la escuela es uno de los lugares donde su utilización puede estar cuidada y orientada al aprendizaje. La pregunta no debe ser simplemente si hay que usarlas o prohibirlas, sino cuándo ayudan y qué objetivo educativo permiten alcanzar. Frente al «todo o nada», propone un uso pedagógico consciente.

La tecnología, explica, puede enriquecer la enseñanza de la Geografía al permitir recorrer un río en tres dimensiones, formular hipótesis o visualizar fenómenos que un mapa plano no muestra de la misma manera. También puede reducir barreras lingüísticas para el alumnado recién llegado, facilitar el acceso a la información y ofrecer al profesor más oportunidades para proporcionar retroalimentación. La evaluación puede recoger indicadores diversos y evitar que todo dependa de un único examen. Sin embargo, cada incorporación debe situarse al servicio del proceso de enseñanza y aprendizaje. La tecnología no garantiza por sí sola una mejora, del mismo modo que una metodología activa no produce resultados únicamente por llevar una etiqueta innovadora. Hace falta observar, medir y extraer consecuencias. También resulta necesario explicar a las familias por qué se toman determinadas decisiones y cómo puede conectarse el trabajo del hogar con el de la escuela. La innovación requiere información y coherencia.

Una inclusión basada en la acogida

La diversidad cultural y social ocupa el último gran tramo de la entrevista. La Fundación Educativa Jesuitinas escolariza a un porcentaje elevado de alumnos procedentes de distintos países y adapta sus programas a las circunstancias de cada centro. El enfoque inclusivo no significa que todos deban hacer exactamente lo mismo ni que haya que reducir las expectativas. Consiste en preguntarse qué necesita cada estudiante para adquirir los conocimientos y qué herramientas de apoyo deben ponerse a su alcance. La lengua puede representar una dificultad inicial. Algunos colegios cuentan con aulas de acogida, pero la fundación procura que los recién llegados entren rápidamente en contacto con sus compañeros. García de la Cera recuerda que, en su experiencia con aulas de enlace, algunos estudiantes incorporaban el idioma en pocas semanas gracias a la convivencia cotidiana. Los iguales se convierten así en una fuente fundamental de aprendizaje, una idea vinculada al enfoque colaborativo de la red.

En ese proceso, el posible desfase curricular no siempre es la preocupación principal durante los primeros meses. Antes resulta necesario que el alumno se sienta acogido, apoyado y capaz de aprender. La aspiración es que pueda construir un proyecto de vida independientemente de dónde haya nacido o del camino que haya recorrido hasta llegar al centro. Esta visión conecta con otras experiencias de integración del alumnado migrante mediante el apoyo de sus compañeros, donde la acogida se convierte en el primer paso de la inclusión.

Los temores familiares, cuando aparecen, se relacionan más con la convivencia que con una posible bajada del nivel académico. La entrevistada no niega que algunos miedos puedan tener fundamento, pero recuerda que los centros disponen de herramientas para abordar los conflictos. La respuesta no consiste solamente en sancionar, sino también en restaurar, permitir que los alumnos hablen, expresen cómo se sienten y comprendan por qué reaccionan de determinada manera. Es un enfoque aplicable a todo el alumnado, con independencia de su origen.

Al terminar la conversación, las distintas cuestiones planteadas, la identidad, la innovación, las pantallas, la salud mental y la inclusión, convergen en una misma idea. Educar exige mirar al alumno como una persona completa, escuchar lo que necesita y revisar sin miedo aquello que no funciona. Para Elena García de la Cera, la escuela encuentra su sentido cuando es capaz de combinar aprendizaje, acompañamiento y compromiso, de modo que cada estudiante pueda sentirse acogido y capaz de construir su propio proyecto de vida.

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