Juan Ferrete, profesor de Tecnología... y crochet: "Veo más necesario que nunca introducir trabajos manuales"

Juan Ferrete, ingeniero y profesor de Tecnología en el IES San Pascual de Dolores (Alicante), ha introducido el crochet en sus clases de Secundaria para combatir la sobreexposición a las pantallas. Lo que comenzó como una experiencia educativa se ha convertido en una herramienta para trabajar la paciencia, la creatividad, la inclusión y los vínculos humanos.
MagisterioLunes, 21 de septiembre de 2026
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Juan Ferrete es profesor de Tecnología de 1º, 3º y 4º de Educación Secundaria en el IES San Pascual, un instituto situado en Alicante. Este ingeniero, que en sus clases enseña robótica, programación y electrónica, empezó a apostar el curso pasado por una práctica tradicional, el crochet, con la que pretende dejar las pantallas de lado, recuperar espacios de calma, crear comunidad y recuperar el sentido en una sociedad marcada por la velocidad, las pantallas y la exigencia constante de producir.

Poco después de probar esta disciplina, se preguntó qué ocurriría si la trasladaba al aula. Según cuenta, obtuvo resultados que superaron, por mucho, sus expectativas. Lo que empezó como pedirle a un alumno que hiciera una cadeneta se ha convertido hoy en una forma de crear comunidad dentro y fuera del centro, y en los proyectos Crecer y Proceso, que reivindican el aprendizaje pausado, la colaboración y el valor de aquello que se construye punto a punto.

Nos habla de ellos en esta entrevista Magisterio disponible en redes sociales.

¿De dónde nace la idea de introducir el crochet en tus clases de Tecnología?

—Es el primer año que lo he implementado (curso 2025-2026) porque es cuando he aprendido a hacer crochet. Conforme iba aprendiendo, pensé que podía ser interesante enseñárselo a mis alumnos y alumnas y que podía aportarles mucho valor. Como soy profesor de Tecnología y el tejido es un material tecnológico, decidí llevarlo al aula. Los resultados han superado con creces las expectativas que tenía inicialmente.

¿Cuál era tu principal objetivo?

—Al principio quise enseñarles crochet para contrarrestar la hiperdigitalización y la exposición constante a los móviles, vi en el tejido una alternativa. Después fui descubriendo muchos otros beneficios que no esperaba.

¿Qué beneficios has observado entre el alumnado?

—El más importante ha sido trabajar la humanidad. Los alumnos aprendieron a hacer una cadeneta, que es el punto más básico, y comenzaron a convertirlas en pulseras. Se hicieron pulseras para ellos, para sus amigos, para otros profesores, para sus familias. Empezaron a regalárselas y ahí surgió lo que yo llamo «la magia de la cadeneta».

Después venían al club de crochet durante los recreos alumnos a los que habían regalado una pulsera y que querían aprender a tejer para devolver el regalo. También surgieron situaciones en las que unos niños enseñaban espontáneamente a otros. Eso es muy bonito.

¿El proyecto ha traspasado las paredes del instituto?

—Sí. Algunos alumnos han ido a visitar a sus madres o a sus abuelas y han empezado a valorar el trabajo que ellas hacían. Después regresaban y me decían: «Mira, profe, con mi abuela he aprendido a hacer un punto bajo». Se han creado relaciones humanas preciosas.

Además, cada alumno ha tenido su propio ritmo de aprendizaje. Yo no les he impuesto una meta ni he buscado la perfección. Se han sentido relajados y han avanzado poco a poco. Un alumno puede pasar dos meses haciendo cadenetas y, al tercero, decidir por iniciativa propia que quiere aprender a hacer una bufanda.

También has empleado el tejido como herramienta de inclusión. ¿Cómo fue la experiencia con una alumna ciega?

—Me propuse el reto de enseñarla a tejer y aprendió a hacerlo tanto con las manos como con el ganchillo. Terminó elaborando su propia bufanda.

Realizamos un trabajo de integración en el aula bajo el lema «Tejer también es ver», dedicado a las personas ciegas que tejen.

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Al principio quise enseñar a mis alumnos crochet para contrarrestar la hiperdigitalización y la exposición constante a los móviles. Después fui descubriendo muchos otros beneficios.

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¿Cómo reaccionaron los estudiantes cuando les planteaste por primera vez esta actividad?

—El primer día llegué al aula y les pregunté quién sabía tejer. Prácticamente nadie. Cuando les dije que iba a enseñarles, la primera reacción fue pensar que era un rollo, porque todavía se asocia el crochet con las señoras mayores. Para motivarlos, les propuse subir medio punto en la nota final a quienes aprendieran a hacer una cadeneta. Ahí se animaron.

En ningún momento se lo impuse. Dejé que la motivación surgiera de ellos y el resultado fue muy bueno, porque finalmente todos aprendieron a hacer su cadeneta.

¿La calificación es suficiente para mantener esa motivación?

—La motivación es mucho más profunda que una nota. Ese primer incentivo puede activar a un pequeño grupo, pero después va creciendo como una bola de nieve. Los propios alumnos atraen a los demás cuando ven que un compañero ha aprendido a hacer una cadeneta, se ha fabricado una pulsera o se la ha regalado a otra persona.

A partir de ahí nace su curiosidad y el deseo de aprender. Son niños y la curiosidad forma parte de ellos, lo que tenemos que hacer es saber activarla. Eso es precisamente lo que no consigue tanta pantalla, que muchas veces es anticreatividad y anticuriosidad.

¿Por qué consideras innovadora una actividad tan tradicional como el ganchillo?

—Porque recupera algo tradicional, pero lo adapta a los gustos actuales. El ganchillo es mucho más que hacer tapetes. Permite elaborar cadenetas, muñecos, amigurumis o joyas, además de impulsar proyectos colaborativos entre centros e iniciativas solidarias para tejer para los demás.

El tejido en el aula aporta beneficios individuales, colectivos y sociales. Hay pocas herramientas que ofrezcan recursos tan completos.

Eres ingeniero y enseñas robótica, programación y electrónica. ¿Por qué consideras necesario alejar también al alumnado de la tecnología?

—Precisamente porque conozco y enseño tecnología, hoy veo más necesario que nunca introducir trabajos manuales. Los niños y las niñas deben alejarse durante un tiempo del mundo tecnológico y recuperar lo manual, la introspección y la paciencia. Deben aprender a trabajar sin estar sometidos a la presión del resultado, disfrutar del proceso y colaborar en comunidad.

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La motivación es mucho más profunda que una nota. A partir de ahí nace su curiosidad y el deseo de aprender.

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En pleno auge de la inteligencia artificial y las pantallas, ¿todavía se puede educar sin dispositivos?

—Se debe. No es que se pueda, es que se debe. Este es un tipo de educación que se da con el corazón y que trabaja lo humano. Podemos tener tecnología, pero la tecnología sin humanidad se vuelve muy peligrosa. La base de la educación y de una sociedad sana debe ser educar en valores humanos.

¿Cómo está afectando la búsqueda de resultados inmediatos al aprendizaje?

Los niños tienen que desarrollar la creatividad y la paciencia. Con tanta tecnología buscan resultados inmediatos porque vivimos en la sociedad de la inmediatez. Deben aprender a valorar el tiempo de otra forma y comprender que también se aprende mediante el error.

El tejido permite trabajar precisamente eso. Cuando te equivocas en un punto, tienes que deshacerlo y volver a empezar. No es como hacer clic con el ratón y borrar algo en cuestión de milisegundos. Aquí se deshace y se vuelve a empezar. Es otra manera de relacionarse con el tiempo y de entender el aprendizaje paso a paso, punto a punto.

¿Qué es el proyecto Crecer?

—Después de comprobar los beneficios del tejido en el alumnado, me propuse difundirlo para que otros docentes lo incorporasen a sus clases. Podía hacer un listado teórico de beneficios, pero pensé que, para comprender realmente lo que aporta tejer en el aula, había que llevarlo a la práctica.

Así nació Crecer. Cada niño y cada niña teje una cadeneta de color azul. Después reunimos todas las cadenetas para formar una gran cascada que simboliza el crecimiento individual del alumnado y el crecimiento colectivo en valores humanos. La intención es reunir a miles de niños y niñas de todo el mundo bajo un mismo propósito.

Ya hemos recibido el interés de centros educativos, asociaciones y familias. También han comenzado a llegar imágenes de participantes de España, Argentina, Colombia, Bolivia y República Dominicana.

¿Por qué habéis elegido una cadeneta como elemento central?

—Porque es un gesto sencillo. La cadeneta es el punto más básico del crochet y cualquiera puede aprender a hacerla con un poco de práctica. Una sola cadeneta quizá no diga mucho, pero, cuando juntamos miles, formamos una gran cascada colectiva. Mi intención es hacer algo grande desde lo simple y desde lo más pequeño.

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Con tanta tecnología, los niños buscan resultados inmediatos. Deben aprender a valorar el tiempo y comprender que también se aprende con el error.

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¿Qué relación existe entre Crecer y el proyecto Proceso?

—Están íntimamente relacionados porque ambos ponen el foco en el camino y no únicamente en el resultado. Proceso nació a partir de una convocatoria en la que pedí obras de crochet inacabadas para unirlas y crear una gran pieza colectiva.

He recibido alrededor de 1.600 obras y unas mil han cubierto las paredes de mi casa como primera intervención expositiva. Han participado más de mil personas y detrás de cada pieza inacabada existe una historia. Esa historia es lo que realmente da valor a la exposición.

¿Qué mensaje pretende transmitir Proceso?

—Es un movimiento contracultural frente a una sociedad de resultados inmediatos, odio, individualismo y polarización. Frente a todo eso, priorizamos lo colectivo y la unión. Ponemos en valor las obras que no acabamos, que se quedan guardadas en un cajón y de las que muchas veces nos avergonzamos precisamente porque están incompletas.

El resultado dura unos minutos, pero el proceso dura toda la vida y es lo que nos forma como personas. La iniciativa ha tenido una acogida muy bonita y se han sumado participantes de dieciséis países.

¿Cómo comenzaste a compartir el crochet en las redes sociales?

—Tenía una cuenta de Instagram en la que publicaba lo que me apetecía, sin una temática concreta. Un día vi el vídeo de una maestra que tejía muñecos inspirados en los dibujos de sus alumnos y pensé que quería aprender a hacerlos.

Mientras aprendía, empecé a publicar vídeos sobre lo que iba creando y a interactuar con la comunidad tejedora. Al comprobar los beneficios individuales y colectivos del tejido, y escuchar las historias de las personas que me seguían, pensé que merecía la pena dedicar mi esfuerzo y mi energía a esas publicaciones. Al final, se trata de aportar algo bueno al mundo.

¿Qué necesita un docente para introducir el crochet en clase?

—El docente debe ser paciente y el alumno también. Hay que partir de ahí y saber motivarlos, porque es una actividad que al principio puede chocar o resultar extraña. Sin embargo, cuando empiezan a cogerle el punto, nunca mejor dicho, surgen momentos de colaboración, calma, creación y curiosidad. Aparecen las ganas de seguir aprendiendo.

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