La IA ya está en la escuela. Lo que todavía no ha llegado es la alfabetización en IA
El reto educativo no consiste en decidir si usamos inteligencia artificial, sino en formar a estudiantes, docentes y centros para dominarla sin delegar en ella aquello que necesitamos seguir aprendiendo, enseñando y decidiendo.
La inteligencia artificial generativa ha llegado a la educación sin pedir permiso a nadie. Está en los móviles de los estudiantes, en sus trabajos, pero, también, en la preparación de exámenes, en las programaciones docentes, en las rúbricas y en los materiales de aula. La discusión sobre si debemos abrirle o no la puerta tiene algo de teatral, porque la IA lleva tiempo dentro.
Un estudio presentado este año por STEs-Intersindical, realizado con 5.866 docentes y 1.054 estudiantes de enseñanzas no universitarias, señalaba que el 92 % del alumnado encuestado utilizaba herramientas de IA en el ámbito escolar. Más importante aún: muchos estudiantes reconocían aceptar resultados generados por la IA sin revisión.
El problema no es simplemente que un alumno copie, es la delegación cognitiva. Que deberíamos llamar ya el daño cognitivo. Se ha visto reflejado en el informe PISA y en las noticias recientes, pero aún con eso, estamos lejos todavía de imaginar su impacto real, en parte porque apenas ha llegado. Este es un caso de una nueva tecnología disruptiva que cambia la sociedad, pero no sabemos cuánto hasta que no tenemos una amplia experiencia en su uso. Pasó lo mismo con los móviles y las redes sociales, por ejemplo. Era a lo que se refería Marshall McLuhan con lo del medio es el mensaje, pero no vamos a entrar ahí.
Ya sabemos que un estudiante puede entregar un texto correcto, estructurado y adaptado a la tarea sin haber realizado ninguno de los esfuerzos (o fricciones) intelectuales que pretendíamos desarrollar. El principal problema de fondo es que entrenamos a nuestros cerebros a ser vagos. Y al cerebro nada le gusta más que un buen atajo. Y eso, en un periodo de tiempo suficiente, que probablemente es mucho menor del que percibimos ahora, puede producir un desastre cognitivo. No es que no aprendamos, es que desaprenderemos, perderemos capacidades, habilidades y competencias.
Es la gran paradoja de la IA en educación. Una herramienta capaz de ampliar nuestra capacidad para explorar, contrastar, crear o aprender, puede también convertirse en una máquina de destrucción. La misma tecnología puede servir como andamiaje o como sustituto.
La inteligencia artificial ya está en la escuela, pero la alfabetización en inteligencia artificial todavía no ha llegado con la misma velocidad. Cerrar esa distancia es, ya, ahora mismo, la responsabilidad educativa más urgente que tenemos.
Durante los últimos tres años hemos reducido demasiadas veces la conversación sobre alfabetización en inteligencia artificial a aprender a manejar herramientas o prompts, o conocer chatbots, generadores de imágenes, asistentes, búsquedas avanzadas. Todo eso es útil. Pero confundir competencia instrumental con alfabetización es un error.
El AI Literacy Framework presentado en junio de 2026 por la Comisión Europea y la OCDE apunta en una dirección mucho más ambiciosa. El marco organiza 19 competencias en cuatro grandes dimensiones: interactuar con la IA, crear con IA, gestionar la IA y contribuir a darle forma. Especialmente importante resulta el tercer objetivo, ya que gestionar la IA significa decidir cuándo es adecuada, cómo repartir el trabajo entre persona y máquina, cómo supervisar sus resultados y en qué momentos debe mantenerse la decisión humana.
El marco de competencias en IA para docentes de la UNESCO, por su parte, define quince competencias distribuidas en cinco dimensiones: una mentalidad centrada en el ser humano, la ética de la IA, sus fundamentos y aplicaciones, la pedagogía de la IA y el uso de la IA para el aprendizaje profesional. Las organiza, además, en tres niveles de progresión: adquirir, profundizar y crear. Su punto de partida es revelador. Para la UNESCO, la IA está transformando la relación tradicional entre profesor y estudiante en una relación profesor-IA-estudiante y eso obliga a revisar el papel docente. Pero la respuesta no consiste en disminuir la presencia del profesor. Al contrario, consiste en fortalecer la agencia humana y en capacitar a los docentes para decidir cómo y cuándo utilizar estos sistemas.
Una persona alfabetizada en IA no es la que consigue mejores resultados. Es la que comprende qué está haciendo la tecnología, evalúa críticamente sus resultados, reconoce sus riesgos y sabe cuándo utilizarla y cuándo no. Sobre todo, cuándo no.
Es demasiado fácil convertir este debate en otra reprimenda generacional. Los estudiantes usan IA para hacer trabajos; los adultos, también. No podemos pedir al alumnado que preserve su autonomía intelectual mientras el profesorado delega su criterio pedagógico.
Un docente puede pedir a una IA que genera una situación de aprendizaje, que redacte una rúbrica, que adapte un texto a distintos niveles, que genere preguntas o que prepare una comunicación para las familias. Todo ello puede ahorrar tiempo y mejorar su trabajo. Pero también puede producir el efecto contrario si dejamos que lo haga siempre la IA, si no nos preguntarnos si está bien, -con todos sus matices-, o por qué esa actividad y no otra.
La formación del profesorado es urgente. No una formación basada únicamente en coleccionar aplicaciones o listados de prompts. Particularmente, en el trabajo con centros educativos que hacemos en PARATODOSIA, hemos renunciado a formaciones que querían que solo les diéramos los “trucos” de la IA, sus elementos más aplicables de forma inmediata. Entendemos que primero hay que hablar y formar en ética, Los profesores necesitan comprender los fundamentos de estos sistemas, sus límites, sus sesgos, las implicaciones, sus posibilidades pedagógicas, sus riesgos, y, sobre todo, los criterios que permiten decidir cuándo su uso mejora un proceso educativo y cuándo lo empobrece.
La alfabetización tampoco puede quedar reducida a una cuestión individual. Cuando la IA se utiliza de forma generalizada en una institución educativa, el centro necesita una política explícita. No basta con añadir una línea al reglamento prohibiendo entregar trabajos realizados con ChatGPT. Hace falta decidir colectivamente qué usos son aceptables, cuándo debe prohibirse, cuáles requieren supervisión, qué herramientas pueden emplearse, qué datos no deben introducirse en sistemas externos, cómo cambia la evaluación y qué responsabilidades corresponden a alumnos, profesores y equipos directivos. Y, sobre todo, como vamos a formar a nuestros alumnos en el dominio de estas máquinas. No solo en su uso, en su dominio.
Hay una cuestión que es en principio básico y una obligación legal del reglamento de IA de la Unión Europea: la transparencia.
Este precepto debe aplicarse al profesorado y, cuando corresponda, al propio centro. Si utilizamos inteligencia artificial para producir materiales, analizar información o apoyar determinados procesos, hacerlo de manera transparente ayuda a construir una cultura de responsabilidad. La opacidad convierte la IA en un atajo. La realidad es que la IA se utiliza mucho y se utiliza mucho más de lo que reconocemos que se utiliza. La alternativa a perseguir constantemente el uso clandestino de IA es enseñar a hacerlo visible.
En el libro Enseñar cuando la máquina ya “sabe” la respuesta, que Juan Antonio Roncero y yo acabamos de publicar en Síntesis, partimos precisamente de esta tensión y nos apoyamos en nuestra experiencia formativa y de desarrollo de sistemas IA de los últimos cuatro años, así como en los dos principales marcos educativos: el de la OCDE junto a la Comisión Europea y el de la UNESCO. Si producir una respuesta correcta, un resumen, una presentación o una redacción deja de ser difícil, la educación no puede seguir valorando únicamente el producto final. Tiene que observar el proceso, proteger la autoría y decidir qué esfuerzo cognitivo constituye realmente el aprendizaje. Intentamos responder a todas esas preguntas y aportar soluciones prácticas incluso por materias.
La pregunta clave deja de ser qué puede hacer la inteligencia artificial. La pregunta educativa es qué podemos hacer para dominarla y evitar los efectos perjudiciales.
No debería jamás sustituir el criterio. No debería decidir por nosotros. No debería evitar el esfuerzo cuando ese esfuerzo es beneficioso. Y no debería gobernar silenciosamente nuestras prácticas porque resulte cómodo.
Pero tampoco debemos convertir estas cautelas en una pedagogía del miedo. Prohibir no alfabetiza. Ignorar, tampoco. La IA puede convertirse en tutor, contrapunto, laboratorio creativo, herramienta de accesibilidad, apoyo a la investigación o amplificador de las capacidades de un buen docente y de un buen alumno
La tarea que tenemos delante es formar personas capaces de dominar su relación con la IA: comprenderla, utilizarla, cuestionarla, supervisarla y limitarla. Estudiantes, sí. Pero también profesores, equipos directivos, familias y administraciones educativas.
La presentación reciente del Plan IA360 del Gobierno de España refuerza estos planteamientos. Anuncia la adaptación de los currículos de secundaria y formación profesional para que los jóvenes aprendan a utilizar y convivir con la inteligencia artificial de forma responsable y para evitar que su despliegue deteriore el proceso de aprendizaje. Se hace referencia explícita a la necesidad de la formación en IA dirigida al profesorado.
En este sentido, el plan IA360, el marco europeo y el de UNESCO, convergen en que la formación técnica es solo una parte. El horizonte es una ciudadanía capaz de convivir con sistemas inteligentes y, sobre todo, dominarlos.
Ángel González de la Fuente es cofundador de ParaTodosIA.com y coautor, junto a Juan Antonio Roncero, de Enseñar cuando la máquina ya “sabe” la respuesta. Pedagogía crítica en la era de la inteligencia artificial (Editorial Síntesis, 2026).
Nota sobre la elaboración de este artículo: La Inteligencia Artificial se ha utilizado para la investigación, el diseño, la estructura y consejos de estilo, siempre bajo supervisión del autor que ha sido el creador final del texto. El título, por ejemplo, fue sugerencia de la IA.
Fuentes
- MAGISTERIO, 3 de junio de 2026. «La IA se abre paso en las aulas mientras crece la preocupación por la delegación cognitiva». Recoge el estudio estatal de STEs-Intersindical: 5.866 docentes y 1.054 estudiantes; 92,74 % del alumnado encuestado declara usar IA en el ámbito escolar.
- Comisión Europea y OCDE, 18 de junio de 2026. AI Literacy Framework para educación primaria y secundaria. 19 competencias en cuatro dimensiones: engage with AI, create with AI, manage AI y shape AI. https://education.ec.europa.eu/whats-new/news/new-ai-literacy-framework-helps-schools-prepare-learners-for-the-age-of-artificial-intelligence
- UNESCO, 2024. AI Competency Framework for Teachers. 15 competencias en cinco dimensiones: enfoque centrado en el ser humano, ética, fundamentos y aplicaciones, pedagogía de IA y desarrollo profesional; tres niveles: adquirir, profundizar y crear. https://www.unesco.org/es/articles/marco-de-competencias-para-docentes-en-materia-de-ia
- Gobierno de España, 21 de septiembre de 2026. Plan IA360. La Moncloa anuncia la adaptación de los currículos de Secundaria y FP para aprender a usar y convivir con la IA sin dañar el proceso de aprendizaje. https://www.lamoncloa.gob.es/presidente/actividades/Paginas/2026/210926-sanchez-plan-ia.aspx
- Documento técnico del Plan IA360 / referencias de contraste. El ámbito educativo del plan incluye alfabetización en IA, integración curricular en Secundaria y FP y una línea específica de formación docente. https://redneurona.com/plan-ia360
- Editorial Síntesis. Ficha de Enseñar cuando la máquina ya “sabe” la respuesta. Pedagogía crítica en la era de la inteligencia artificial. https://www.sintesis.com/libro/ensenar-cuando-la-maquina-ya-sabe-la-respuesta
