Un estudio relaciona las pantallas y los ultraprocesados con más síntomas de TDAH

Un estudio prospectivo con 568 niños relaciona una mayor exposición a dispositivos y un consumo elevado de ultraprocesados con peores indicadores de atención, conducta y bienestar psicoemocional. Los investigadores subrayan que los resultados no demuestran causalidad ni equivalen a un diagnóstico clínico.
MagisterioJueves, 24 de septiembre de 2026
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© Erlanggastudio / ADOBE STOCK

Los niños que pasan dos o más horas diarias frente a pantallas presentan un riesgo relativo 2,16 veces mayor de cumplir los criterios de cribado de un posible trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) que quienes permanecen menos de una hora al día ante estos dispositivos. Esta es una de las principales conclusiones de una investigación de la Universidad de Navarra, desarrollada con el apoyo de Fundación Mapfre.

El trabajo también relaciona el mayor consumo de ultraprocesados con peores puntuaciones en hiperactividad, inatención, relaciones con los compañeros y conducta prosocial. Los investigadores insisten, sin embargo, en que estas asociaciones no permiten afirmar que las pantallas o la alimentación sean la causa directa de los síntomas observados.

El informe, titulado Dieta, pantallas y síntomas de TDAH en la infancia. Resultados del Proyecto SENDO, fue presentado este 24 de septiembre. Su objetivo es estudiar cómo determinados hábitos cotidianos y modificables pueden relacionarse con la salud psicoemocional y conductual durante los primeros años de vida.

Un seguimiento de dos años

La investigación ha analizado a 568 niños y niñas que tenían entre 4 y 5 años al comenzar el estudio. Sus hábitos de alimentación, actividad física, sueño, sedentarismo y exposición a pantallas fueron registrados mediante cuestionarios cumplimentados por las familias.

La principal particularidad del trabajo es su diseño prospectivo. Los hábitos fueron recogidos aproximadamente dos años antes de evaluar la conducta y los síntomas relacionados con el TDAH. Este procedimiento permite observar la secuencia temporal entre las exposiciones y los indicadores posteriores, aunque no demuestra una relación de causa y efecto.

El análisis forma parte del Proyecto SENDO, una cohorte pediátrica que realiza un seguimiento continuado de niños y niñas para estudiar la influencia del estilo de vida sobre la salud infantil. Frente a los estudios transversales, que miden hábitos y síntomas al mismo tiempo, este enfoque permite comprobar si determinadas conductas preceden a las diferencias detectadas posteriormente.

El cribado no es un diagnóstico

Para evaluar el bienestar emocional y social se utilizó el Strengths and Difficulties Questionnaire, compuesto por 25 preguntas sobre síntomas emocionales, problemas de conducta, hiperactividad, relaciones con los compañeros y conducta prosocial.

Los investigadores recurrieron también a la escala de DuPaul, integrada por 18 ítems centrados en la inatención y la hiperactividad o impulsividad. Ambas herramientas permiten cuantificar síntomas y realizar un cribado, pero no sustituyen una evaluación clínica completa.

El 10,9% de los participantes cumplió los criterios establecidos para identificar un posible caso de TDAH. Esta clasificación señala una mayor presencia de síntomas y la posible necesidad de una valoración especializada, pero no significa que esos menores tengan un diagnóstico del trastorno.

Esta precisión resulta especialmente relevante ante el riesgo de interpretar las dificultades de atención o el comportamiento infantil de manera aislada. El TDAH tiene un origen complejo y multifactorial, en el que intervienen factores genéticos, neurobiológicos y ambientales, y puede afectar al aprendizaje, la convivencia y las relaciones sociales.

Más exposición, mayor asociación

En la muestra analizada, el 61% de los niños utilizaba pantallas menos de una hora diaria, mientras que el 39% superaba esa hora. Pasar entre una y dos horas al día se asoció con un riesgo relativo de 1,22 de cumplir los criterios de posible TDAH.

Cuando la exposición alcanzaba las dos horas diarias, el riesgo relativo ascendía a 2,16. En términos comparativos, estos niños duplicaban la probabilidad de cumplir los criterios de cribado frente a quienes permanecían menos de una hora al día ante dispositivos electrónicos.

Los resultados se incorporan a un debate creciente sobre el papel de las pantallas durante la infancia. Como ya recogió MAGISTERIO, más del 90% de los menores de entre 4 y 10 años supera los límites recomendados de exposición, mientras muchas familias reconocen dificultades para establecer y mantener normas de uso.

Los ultraprocesados aportan el 37% de la energía

La investigación también examinó la presencia de productos ultraprocesados en la dieta. De media, estos alimentos representaban el 37% de la ingesta energética de los participantes, un porcentaje relevante en una etapa decisiva para consolidar hábitos alimentarios.

Los niños con mayor consumo obtuvieron puntuaciones significativamente peores en los dos instrumentos empleados. Tras ajustar otros posibles factores, registraron 1,50 puntos más en el cuestionario de fortalezas y dificultades y 2,14 puntos más en la escala de DuPaul.

Las diferencias afectaron especialmente a la hiperactividad y la inatención, pero también a las relaciones con los compañeros y la conducta prosocial. En el cuestionario de bienestar, la puntuación media pasó de 6,26 puntos entre quienes consumían menos ultraprocesados a 7,76 en el grupo con mayor presencia de estos productos.

En la escala específica de TDAH, la puntuación aumentó de 9,73 a 12,3 puntos de media. La tendencia observada indica que los indicadores empeoraban conforme crecía la proporción de ultraprocesados, aunque el carácter observacional del estudio impide atribuirles un efecto causal.

Hábitos modificables sin culpabilizar a las familias

Los autores plantean que la alimentación y el uso de dispositivos deben incorporarse a una valoración integral del bienestar infantil. Limitar el tiempo ante pantallas, favorecer el descanso, promover la actividad física y priorizar alimentos frescos pueden contribuir a crear entornos más saludables.

Estas recomendaciones no deben utilizarse para culpabilizar a las familias ni para simplificar el origen del TDAH. Los resultados describen asociaciones estadísticas y requieren ser replicados mediante nuevas investigaciones, mediciones más objetivas de los hábitos y estudios que analicen los efectos de modificar estas exposiciones.

El trabajo refuerza así la necesidad de abordar la salud infantil desde una perspectiva preventiva y educativa, coordinando a familias, centros escolares y profesionales sanitarios. La detección de síntomas debe conducir, cuando resulte necesario, a una valoración clínica especializada y no a conclusiones basadas únicamente en el tiempo de pantalla o en la alimentación.

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