Acompañar frente a las pantallas: una cuestión de educación y equidad
Un estudio de Fad Juventud y Netflix revela que las familias con menos recursos establecen menos límites y aplican menos estrategias de supervisión digital, una desigualdad que condiciona cómo niños, niñas y adolescentes aprenden a relacionarse con la tecnología.
Las pantallas tienen una presencia casi universal en la infancia y la adolescencia: el 95% utiliza algún dispositivo electrónico y cada menor emplea, de media, 2,6 dispositivos de forma habitual. Ante esta realidad, el debate ya no puede reducirse al tiempo de exposición, sino que debe considerar para qué se utilizan, cómo se incorporan al aprendizaje y qué orientación adulta acompaña ese proceso.
Los datos proceden del estudio Educación digital en la infancia y la adolescencia, elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud en colaboración con Netflix. La investigación se basa en una encuesta a 1.500 madres y padres residentes en España con hijos de entre 3 y 17 años. El trabajo de campo se desarrolló entre el 22 de octubre y el 17 de noviembre de 2025 y sus resultados fueron presentados el 13 de octubre de 2026 en la sede de Red.es.

La investigación identifica una brecha socioeconómica clara en la gestión cotidiana de los dispositivos. El 60% de las familias con mayor nivel socioeconómico limita el tiempo de pantalla, frente al 41% de los hogares con menos recursos. Una distancia semejante aparece al decidir cuándo y dónde pueden utilizarse los dispositivos: lo hace el 56% de las familias de nivel alto y el 40% de las de nivel bajo.
Las diferencias afectan también a la intensidad de la supervisión. El 38% de los hogares con mayor nivel socioeconómico aplica cinco o más estrategias para gestionar las pantallas. El porcentaje desciende al 34% entre las familias de nivel medio y al 27% entre las de nivel bajo. Además, el 37% de las primeras utiliza herramientas para limitar tiempos y contenidos, frente al 29% de las familias con menos recursos.
El lugar de uso constituye otro factor relevante. El 30% de los niños, niñas y adolescentes de hogares con menor nivel socioeconómico utiliza el teléfono móvil en espacios privados del hogar, 12 puntos más que en las familias de nivel alto. El desplazamiento de los dispositivos fuera de las zonas comunes dificulta una supervisión directa y reduce las oportunidades de conversar sobre lo que sucede en internet.
Estas diferencias no responden únicamente a decisiones individuales de madres y padres. El capital cultural, el tiempo disponible, la confianza en las propias competencias digitales y el acceso a apoyo institucional generan trayectorias digitales desiguales. La brecha ya no se encuentra solo en disponer o no de tecnología, sino en las posibilidades de comprenderla, regularla y convertir su utilización en una experiencia segura y educativa.
Esta desigualdad resulta especialmente significativa porque una gestión más intensiva aparece relacionada con mejores prácticas digitales, mejores resultados académicos y mayores habilidades sociales. El informe no plantea una relación automática de causa y efecto, pero sí muestra que las condiciones en las que los menores aprenden a utilizar la tecnología pueden ampliar o reducir otras desigualdades previas.
La mayoría de las familias trata de intervenir: el 92% aplica alguna estrategia de supervisión o control. Los mayores esfuerzos familiares se concentran entre los 8 y los 12 años, mientras que las medidas se transforman conforme aumenta la edad y los hijos adquieren mayor autonomía dentro y fuera del hogar.
Las actuaciones más frecuentes se centran en organizar el uso. El 54% de las familias limita el tiempo de exposición, el 50% decide los momentos y lugares en los que pueden emplearse los dispositivos y el 49% acuerda las normas con sus hijos. Esta última opción incorpora la negociación de las reglas como parte del aprendizaje y favorece que los menores comprendan el sentido de los límites.
Sin embargo, la educación digital exige ir más allá del horario. El 51% de los progenitores no conversa con sus hijos sobre los riesgos de internet y el 61% no supervisa las actividades que realizan en la red. Entre quienes sí mantienen estas conversaciones, los asuntos más habituales son el contacto con desconocidos, la difusión de información privada y la dependencia de las pantallas.
El 37% de las familias utiliza herramientas de control parental dentro de sus estrategias generales. El porcentaje es idéntico entre los hogares cuyos hijos consumen contenidos en plataformas de streaming. Estos instrumentos pueden ayudar a filtrar contenidos o administrar horarios, pero no sustituyen el diálogo, la confianza ni una educación digital progresiva adaptada a cada edad.
Madres y padres son, además, la figura a la que las propias familias atribuyen mayor importancia en este aprendizaje, por delante del profesorado, aunque su peso disminuye a medida que los hijos crecen. El comportamiento de los adultos también actúa como referencia: cuanto mayor es su consumo, más elevado tiende a ser el de los menores. La supervisión incluye, por tanto, el ejemplo digital adulto.
El entretenimiento encabeza las actividades digitales. Ver vídeos en plataformas es el uso más extendido, con un 55%, seguido de realizar tareas escolares o estudiar, con un 52%. El consumo de contenidos en servicios de streaming y escuchar música alcanzan, en ambos casos, el 45%. Las preferencias cambian según la edad y presentan diferencias entre chicos y chicas.
Las familias no perciben la tecnología solo como una amenaza. El 67% considera que ayuda a sus hijos a divertirse y relajarse, mientras que el 64% destaca que permite aprender cosas nuevas. También se valora su contribución al manejo de la tecnología, con un 62%, y al aprendizaje de idiomas, con un 56%. Las pantallas reúnen así oportunidades educativas y recreativas que conviven dentro de un mismo dispositivo.
Esta valoración positiva no elimina las preocupaciones. El acceso a pornografía es el riesgo que más inquietud genera, citado por el 43% de las familias, seguido de la comunicación con desconocidos, con un 42%, y los comportamientos adictivos, con un 41%. El ciberacoso y la exposición a violencia extrema alcanzan un 39%. En general, las madres manifiestan una preocupación más elevada que los padres, que disminuye conforme aumenta la edad de los hijos.
Seis de cada diez progenitores consideran importante aprender a utilizar las tecnologías desde la infancia para desenvolverse en la sociedad actual. El reto consiste en combinar protección, autonomía y adquisición de competencias, una perspectiva que también recoge este análisis sobre responsabilidad digital. Garantizar que todas las familias puedan ofrecer ese apoyo exige recursos y formación suficientes, además de una implicación compartida de hogares, centros educativos, administraciones y empresas tecnológicas.
