Cuando las buenas notas esconden malestar

Hay adolescentes que cumplen con todo y apenas generan preocupación, pero viven cada examen con angustia y sienten que nunca hacen lo suficiente. Sus buenas notas pueden ocultar ese malestar.

Laura Palomares Pérez
Psicóloga general sanitaria y directora de Avance Psicólogos
14 de octubre de 2026
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© Drawlab19 7 ADOBE STOCK

Cuando un alumno saca sobresalientes, es comprensible pensar que lleva bien los estudios. Pero una calificación nos habla de lo que ha conseguido, no de lo que ha vivido para conseguirlo.

Pensemos en dos estudiantes que obtienen un nueve. Uno ha estudiado con interés y termina satisfecho. El otro lleva días durmiendo mal, ha dejado de ver a sus amigos para seguir repasando y sale preocupado por una pregunta que quizá haya fallado. La nota es la misma; la experiencia emocional, muy distinta.

Cuando cumplir con todo oculta el agotamiento

Los alumnos más responsables siguen entregando trabajos y manteniendo sus calificaciones incluso cuando están agotados. Como no bajan las notas ni hay problemas de comportamiento, su malestar puede pasar desapercibido. A veces, ni ellos mismos reconocen que están sobrepasados: sienten que, si todo sale bien, no tienen motivos para quejarse.

Eso no significa que los buenos resultados sean una señal de sufrimiento. Muchos adolescentes disfrutan aprendiendo y viven sus logros con satisfacción. Lo importante es cómo afrontan ese esfuerzo. Una revisión de 52 estudios publicada por Steare y colaboradores en 2023 encontró una asociación frecuente entre presión académica y problemas de salud mental en adolescentes. No demuestra causalidad, pero recuerda que el bienestar no puede medirse solo por las notas.

El problema no es querer hacerlo bien, sino sentir que no se puede fallar

Ser responsable implica organizarse y perseverar. La dificultad aparece cuando se transforma en la obligación de hacerlo todo perfectamente. Entonces, estudiar deja de ser solo una manera de aprender: también sirve para evitar el miedo a decepcionar o a dejar de ser «el buen alumno».

Un adolescente puede sacar un ocho y pasar el día pensando en los dos puntos que le faltan. O seguir repasando de noche pese a haber preparado el examen, porque nunca siente que ha estudiado lo suficiente. Los buenos resultados apenas le tranquilizan: enseguida aparece el siguiente examen y la necesidad de mantener el nivel.

La investigación sobre perfeccionismo adolescente distingue entre esforzarse por alcanzar buenos resultados y reaccionar negativamente ante los errores. Stoeber y Rambow (2007) encontraron que esa reacción negativa se relacionaba con más miedo al fracaso y menor bienestar. No importa solo cuánto se esfuerza, sino qué significa para él equivocarse.

También pesan las expectativas, incluso cuando nadie exige expresamente un sobresaliente. Escuchar con frecuencia «tú siempre sacas buenas notas» puede hacer que algunos chicos sientan que no tienen margen para fallar. Reconocer sus logros es compatible con recordarles que su valor no depende de ser perfectos.

Preguntar cómo están, no solo cuánto han sacado

La preocupación varios días antes de un examen, la culpa por descansar, el sueño alterado o la dificultad para disfrutar de una buena nota pueden indicar que la exigencia está pasando factura. También pueden aparecer irritabilidad o renuncia progresiva a actividades que antes disfrutaban. Por sí solas no implican un problema psicológico. Importan su intensidad, su frecuencia y su impacto cotidiano.

Familias y docentes pueden ayudar ampliando las conversaciones habituales sobre los estudios. Además de «¿qué nota has sacado?», conviene preguntar «¿cómo lo has llevado?» o «¿has podido descansar?». Si está disgustado por un ocho, responder «pero si es una nota estupenda» quizá cierre la conversación. Conviene escuchar primero y comprender qué representa esa nota para él.

También conviene reconocer el esfuerzo, la curiosidad y lo aprendido, sin convertir cada error en una revisión de lo que debería haber hecho mejor. Descansar, mantener amistades y disfrutar de actividades fuera de clase no debería ser un premio reservado a quien ha terminado todas sus tareas: es parte de su bienestar.

Los profesores pueden detectar señales que no se ven en casa: preocupación excesiva por una corrección, necesidad constante de confirmar que un trabajo está bien o angustia ante las evaluaciones. Hablar con un docente de confianza puede facilitar que pida apoyo. Si el malestar persiste y afecta al sueño, a las relaciones o a la vida diaria, merece atención aunque las notas sigan siendo excelentes.

Solemos preocuparnos cuando un estudiante empieza a suspender. También necesita nuestra atención quien continúa sacando sobresalientes mientras siente que nunca puede permitirse fallar.

Laura Palomares Pérez es psicóloga general sanitaria y directora de Avance Psicólogos.

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