Francesc Torralba: "Necesitamos claustros que entiendan que hay posibilidades"

El Quòrum26 reúne en Tarragona a más de 800 profesionales de la Escuela Cristiana de Cataluña para convertir tres años de reflexión estratégica en recursos y propuestas para los centros. Francesc Torralba sitúa la esperanza, la posibilidad y la comunidad en el corazón de una jornada dedicada también al liderazgo, la inteligencia artificial, la lectura, el cuidado, las matemáticas y el uso educativo de los datos.

José Mª de MoyaJueves, 22 de octubre de 2026
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Francesc Torralba, doctor en filosofía, teología, pedagogía e historia del arte.

Más de 800 titulares, directivos, docentes y profesionales educativos se han reunido este 22 de octubre en el Palau Firal i de Congressos de Tarragona para celebrar el Quòrum26, el Congreso de la Escuela Cristiana de Cataluña. Bajo el lema «Somos una constelación educativa», la jornada ha querido transformar tres años de reflexión en orientaciones, herramientas y propuestas que puedan llegar de manera efectiva a los centros.

La secretaria general de la Fundació Escola Cristiana de Catalunya, Meritxell Ruiz, ha abierto el encuentro recordando que las escuelas no deben entenderse como unidades aisladas, sino como un ecosistema educativo que comparte una misma misión. «Cuando trabajamos juntos somos más», ha resumido, antes de reivindicar una educación que no reduzca al alumno a «un conjunto de datos ni a un algoritmo», sino que reconozca en cada estudiante un rostro, una historia y una vocación por desplegar.

Meritxell Ruiz, secretaria general de la Fundació Escola Cristiana de Catalunya.

El cardenal Juan José Omella ha recogido esa imagen de la constelación para subrayar que cada escuela, cada educador y cada comunidad forman parte de un conjunto armonioso. Inspirándose en Jesús como maestro, ha defendido una enseñanza sostenida por el amor, la paciencia, el diálogo y una autoridad serena, capaz de despertar preguntas y tocar el corazón sin imponer.

Por su parte, la consejera de Educación y Formación Profesional de la Generalitat, Esther Niubó, ha situado entre las prioridades del sistema la equidad educativa, la inclusión, la formación docente, el liderazgo pedagógico y una incorporación crítica de la inteligencia artificial. La tecnología, ha advertido, puede personalizar aprendizajes y ampliar oportunidades, pero nunca debe comprometer la relación educativa ni desplazar a las personas del centro.

Educar es transmitir una antorcha

La intervención más existencial de la jornada ha llegado con Francesc Torralba. El filósofo y teólogo ha ocupado el escenario para hablar de «El arte de educar la esperanza», aunque su conferencia ha ido mucho más allá de una invitación genérica al optimismo. Torralba ha presentado la esperanza como una virtud activa, vinculada a la percepción de posibilidades, a la responsabilidad ante el futuro y a la necesidad de construir comunidades que sostengan a quienes educan.

Torralba ha comenzado dibujando al educador como alguien que, al mirar retrospectivamente su vida, debería poder reconocer que ha entregado lo mejor de sí para mejorar la existencia de las personas que le han sido confiadas. Citando el testimonio final de Bertrand Russell, ha evocado esa sensación de poder decir: si tuviera la oportunidad de volver a vivir, volvería a hacerlo.

La afirmación no tiene nada de automática. «No todos los profesores dirían esto», ha reconocido. Hay quienes llegaron a las aulas por vocación, pero también quienes lo hicieron por azar, por necesidad laboral o porque no encontraron otra salida. La esperanza educativa, por tanto, no puede construirse sobre una imagen idealizada del oficio, sino sobre la realidad concreta de profesionales que afrontan cansancio, frustración, conflictos y pérdida de sentido.

Torralba ha recurrido al relato del Éxodo para representar el camino educativo. Moisés libera a su pueblo de la esclavitud y lo conduce hacia una tierra que todavía no puede ver. Durante la travesía aparecen el cansancio, la nostalgia, la adversidad y hasta el silencio de Dios, pero el camino continúa. Moisés no llega a la tierra prometida: entrega la antorcha a Josué para que otro complete el recorrido.

Esa imagen ha servido al filósofo para definir una de las responsabilidades esenciales de la educación: entregar la antorcha a quienes vienen después. El educador trabaja con un futuro que probablemente no verá culminado. Siembra conocimientos, valores, preguntas, hábitos y confianza sin controlar plenamente cuáles serán sus frutos ni cuándo aparecerán.

«No podemos encogernos de hombros y decir que no tenemos futuro», ha advertido Torralba. Cuando un docente afirma que ya no hay nada que hacer con una clase, con un alumno, con una familia o con una institución, no solo describe una dificultad: clausura anticipadamente cualquier posibilidad de transformación. Sin futuro compartido, se desvanece también el sentido de la tarea educativa.

La posibilidad frente a la desesperación

La palabra central de la ponencia ha sido «posibilidad». Torralba ha distinguido la esperanza del optimismo ingenuo. Esperar no consiste en pensar que todo irá bien, sino en ser capaz de advertir que, incluso en escenarios adversos, existen posibilidades que todavía no se han actualizado.

«Uno puede no ver la posibilidad, pero otro sí», ha explicado. Ocurre con frecuencia en las familias, cuando unos padres ya no encuentran salida para su hijo y el maestro identifica una capacidad que aún no ha emergido. También sucede dentro de los claustros: allí donde una persona solo contempla obstáculos, otra descubre un camino practicable y empieza a trabajar.

Torralba ha recordado una idea atribuida a Antoni Gaudí: «Todo el mundo sirve para alguna cosa; hay que descubrir para qué». Esa mirada excluye la categoría del alumno inútil. Puede haber estudiantes con dificultades, ritmos distintos, capacidades ocultas o talentos que la escuela todavía no ha sabido reconocer, pero no hay ningún inútil.

La tarea educativa consiste precisamente en descubrir esas posibilidades y generar las condiciones necesarias para que puedan desarrollarse. No basta con identificarlas: hay que acompañarlas, ofrecer tiempo, confianza, experiencias y oportunidades. Educar es mirar a una persona y decirle, incluso cuando ella misma no puede creerlo, que todavía puede crecer.

De ahí una de las frases más contundentes de la conferencia: «La desesperación lleva a la parálisis; la esperanza, al dinamismo». Quien está convencido de que nada puede cambiar deja de actuar. Quien percibe una posibilidad se remanga, se vincula, trabaja y empieza a «sudar la camiseta». La esperanza moviliza porque ofrece una razón para intervenir en la realidad.

Torralba ha ilustrado esta idea con el movimiento sufragista. Las mujeres que defendieron el derecho al voto fueron ridiculizadas, insultadas y perseguidas, pero actuaron porque consideraron posible transformar una situación injusta. No sabían cuándo se produciría el cambio ni podían asegurar su victoria, pero su esperanza abrió un horizonte que antes parecía inalcanzable. Lo posible no siempre coincide con lo probable.

Esa diferencia resulta decisiva en educación. Un alumno puede tener pocas probabilidades estadísticas de superar determinadas dificultades y, sin embargo, conservar posibilidades reales de hacerlo si encuentra el acompañamiento adecuado. La escuela no puede confundir la predicción con el destino ni convertir un diagnóstico en una sentencia definitiva.

Por eso Torralba ha reclamado «claustros que entiendan que hay posibilidades». Frente al discurso derrotista, ha pedido comunidades profesionales capaces de ensayar caminos nuevos. La creatividad entra aquí como una forma de esperanza: cuando lo que se ha hecho hasta ahora no funciona, el educador no abandona, sino que busca otra manera de llegar.

La comunidad protege del desgaste

La tercera gran palabra de Torralba ha sido «comunidad». El filósofo ha advertido de que una sociedad atomizada, fragmentada e individualista produce profesionales quemados porque los obliga a cargar solos con dificultades que deberían afrontarse colectivamente.

Para explicarlo ha recurrido al mito de Sísifo, condenado a empujar una piedra montaña arriba para verla caer una y otra vez. La tarea se convierte en insoportable cuando una sola persona tiene que volver a levantar continuamente la roca. Sin embargo, ha sugerido, la experiencia cambia cuando la piedra se comparte y diez personas empujan juntas.

La comunidad educativa no elimina los problemas, pero permite distribuir su peso, interpretar mejor las situaciones y evitar que cada docente viva sus dificultades como un fracaso privado. Un claustro unido puede sostener a quien está agotado, aportar una mirada distinta y recordar que nadie educa solo.

Torralba ha planteado el ejemplo de una maestra recién llegada a un centro de la periferia de Barcelona. Entra en el aula y encuentra ruido, desorden y falta de atención. Lo aprendido durante años de formación parece no servirle. Si permanece sola, esa experiencia puede derivar en frustración, sentimiento de incompetencia o incluso una baja prolongada.

Todo cambia cuando aparece una profesora veterana, entra en el aula y logra generar silencio sin autoritarismo. Conoce a los alumnos, ha construido confianza y sabe interpretar lo que ocurre. Si ambas docentes pueden encontrarse, conversar, tomar un café y compartir recursos, la experiencia acumulada durante décadas se convierte en un regalo profesional que protege a quien empieza.

En esa transmisión intergeneracional reside una de las principales fortalezas del claustro. La veteranía no debería convertirse en aislamiento ni la juventud en desorientación. Cuando ambas dialogan, la experiencia ofrece referencias y la mirada nueva introduce preguntas, energía y creatividad. «Esto salva a las personas», ha afirmado Torralba al defender la colaboración cotidiana.

Su conclusión ha condensado toda la conferencia en tres palabras: «Comunidad, futuro y posibilidad». La esperanza educativa nace cuando existe un horizonte hacia el que avanzar, cuando se reconocen posibilidades en cada persona y cuando hay una comunidad dispuesta a sostener el camino. Esperar es construir juntos, no aguardar pasivamente a que las circunstancias mejoren.

Liderar para que los docentes quieran quedarse

La profesora Qing Gu, de la University College London, había abierto el programa académico preguntándose por qué el liderazgo resulta esencial para el bienestar y la retención del talento docente. Su respuesta ha conectado directamente con la posterior defensa de la comunidad realizada por Torralba: los profesores crecen y permanecen en centros donde colaboran y confían unos en otros.

La profesora Qing Gu, de la University College London.

Gu ha diferenciado entre retener simplemente trabajadores y conseguir una «retención de calidad». No se trata de conservar a cualquier precio a todas las personas, sino de generar condiciones para que los buenos docentes continúen aprendiendo, desarrollen su compromiso y puedan producir un impacto sostenido sobre sus alumnos, especialmente en los contextos vulnerables.

También ha cuestionado los enfoques superficiales del bienestar. Una sesión de yoga, ha ironizado, no resolverá por sí sola el malestar de un profesional saturado. El bienestar docente incluye satisfacción, sentido de pertenencia, confianza en la propia capacidad, relaciones positivas y oportunidades de desarrollo. Es, sobre todo, una propiedad organizativa, no una responsabilidad exclusiva del individuo.

Los líderes escolares influyen en esas condiciones mediante las decisiones que toman sobre colaboración, formación, cargas de trabajo, recursos y vínculos con las familias. Gu ha resumido que el trabajo docente debe ser manejable, pero también significativo y motivador. Incluso una carga elevada se vive de forma diferente cuando el profesor comprende su finalidad y percibe un impacto real.

De la reflexión a las herramientas

Joan Mateo ha situado el Quòrum26 dentro del proceso de reflexión estratégica iniciado por la Fundació Escola Cristiana de Catalunya en 2021. A su juicio, el sistema educativo afronta un cambio de paradigma que obliga a revisar tanto su arquitectura como un modelo de gestión excesivamente burocrático.

Joan Mateo, catedrático emérito de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación de la UB.

Ese recorrido se ha concretado en grupos de expertos sobre inteligencia artificial, identidad curricular, lectura, cuidado de la persona, matemáticas y uso de datos. El congreso ha mostrado así su doble vocación: pensar el sentido de la educación y ofrecer recursos que puedan trasladarse a la práctica cotidiana de las escuelas.

En el ámbito digital, María Amparo Alonso y Albert Sabater han recordado que la IA no es neutral. Los sistemas reproducen decisiones humanas, sesgos, ausencias culturales y limitaciones de los datos con los que han sido entrenados. Alonso ha alertado además de las «alucinaciones», respuestas inventadas que parecen convincentes y que obligan a verificar autores, fechas, citas y fuentes.

María Amparo Alonso, asesora en ética de la IA aplicada al desarrollo humano y fundadora de EAiD; y Albert Sabater, director de la OEIAC.

El reto, han coincidido, no consiste únicamente en enseñar con inteligencia artificial, sino en enseñar primero para comprenderla. El alumnado debe saber que estas herramientas funcionan mediante patrones y probabilidades, aprender a formular preguntas, contrastar respuestas y combatir el sesgo de confirmación. Como ya recogía este análisis publicado por Magisterio, una escuela más tecnológica necesita ser, al mismo tiempo, más humana.

El grupo de expertos presentó la escala IRIS y distintos materiales para comunicar con transparencia el uso de la inteligencia artificial en los centros. La consigna final sintetizó el enfoque propuesto durante la conversación: «Primero el amor», después la técnica.

Cocinar, leer, cuidar y descubrir

Ada Parellada ha convertido la identidad curricular en una receta elaborada sobre el escenario. Mientras preparaba una coca con salsa romesco, la cocinera ha comparado ingredientes, intención, memoria y territorio con los elementos de un proyecto educativo. Como sucede en la cocina, ha señalado, no bastan los ingredientes: hacen falta propósito, conocimiento, capacidad de improvisación y voluntad de cuidar a quienes recibirán el plato.

Ada Parellada, cocinera, divulgadora y referente de la gastronomía catalana.

La metáfora ha permitido presentar experiencias en las que distintas materias incorporan las competencias evangelizadoras sin añadir actividades artificiales al currículo. La propuesta consiste en revisar lo que ya se hace, profundizar en su sentido y conectar los contenidos con la esperanza, la paz, la justicia, la responsabilidad y la transformación del entorno.

Héctor Ruiz ha dedicado su intervención a la comprensión lectora y ha reclamado decisiones pedagógicas apoyadas en el conocimiento científico. Comprender un texto exige una descodificación fluida, vocabulario, conocimientos previos y comprensión lingüística. Cuando alguno de estos componentes falla, aparece la frustración lectora.

Héctor Ruiz Martín, investigador, divulgador y asesor internacional.

Ruiz ha cuestionado la idea de que aprender a leer sea tan natural como aprender a hablar. La lectura es una construcción cultural y muchos niños necesitan una enseñanza explícita, sistemática y temprana. La ciencia, ha defendido, permite superar intuiciones, modas y pseudociencias para concentrar los esfuerzos en prácticas con respaldo.

La sesión sobre el cuidado, con Lluís Homar, actor y director teatral, y antiguos alumnos de escuelas cristianas, ha puesto el foco en la escucha, la empatía, el respeto, la interioridad y el acompañamiento. Cuidar significa dejarse afectar por el otro y reconocer que no existe cuidado sin relación.

Las matemáticas han llegado de la mano de Anton Aubanell y Pol Landman, que han llenado el escenario de pompas de jabón, estructuras geométricas y superficies mínimas. Su demostración ha probado que los materiales manipulativos no se oponen a la abstracción, sino que pueden conducir hacia ella, despertar preguntas y recuperar el placer de descubrir.

Anton Aubanell, profesor de matemáticas y divulgador científico, y Polo Landman, matemático, educador, divulgador STEM y codirector de eXplorium.
Catalina Calsamiglia, investigadora ICREA y jefa de la unidad de Ciencias Sociales Computacionales y Humanidades en el Barcelona Supercomputing Center, ha abordado el uso educativo de los datos con una advertencia especialmente ligada a la ponencia de Torralba: una predicción no debe convertirse en destino. Saber que un estudiante presenta riesgo de abandono solo resulta útil si esa información permite comprender qué está ocurriendo y activar una intervención educativa.

La investigadora ha pedido que la tecnología responda a preguntas formuladas por los docentes, y no al revés. Los datos pueden detectar cambios de rendimiento, participación o comportamiento, enriquecer la evaluación y ofrecer retroalimentación, pero son los educadores quienes deben definir qué información importa, cómo interpretarla y qué decisiones tomar.

Una escuela que vuelve a mirar

Carlos Roca ha cerrado el ciclo de conferencias regresando a la dimensión humana. Tras pedir a los asistentes que miraran durante treinta segundos a un desconocido, ha distinguido entre ver y mirar. Ver puede ser un acto fisiológico y rápido; mirar exige detenerse, interpretar y reconocer a la persona concreta.

Carlos Roca, comunicador y creador de Roca Project.

«Tu mirada dignifica, construye, anima y empodera», ha afirmado. Frente a una sociedad hiperconectada que consume pantallas sin atender a quienes tiene cerca, Roca ha reivindicado la mirada apreciativa del educador: aquella capaz de descubrir detrás de una conducta difícil una historia que el alumno quizá todavía no puede explicar.

El final del Quòrum26 ha devuelto así a los participantes al punto de partida. Entre algoritmos, datos, evidencias, liderazgo, currículo y nuevas metodologías, el congreso ha insistido en que todo va de personas. Personas que necesitan ser miradas, acompañadas y reconocidas; docentes que requieren comunidades donde crecer; y alumnos cuyas posibilidades no siempre son visibles a primera vista.

Recuerdo emocionante de la visita del Papa León XIV con la interpretación del himno “Alzo la mirada”.

La gran conclusión de la jornada podría formularse con las palabras de Torralba: futuro, posibilidad y comunidad. La escuela cristiana será capaz de responder a los cambios tecnológicos, sociales y culturales si conserva la capacidad de esperar activamente, descubrir para qué sirve cada persona y compartir el peso de la piedra cuando educar se vuelve difícil.

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