La Universidad Villanueva reivindica el criterio humano ante el avance de la IA
La rectora Ester Mocholí defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la enseñanza universitaria, pero advierte de que la tecnología no puede reemplazar la formación del criterio, la vocación de servicio y la atención a la vulnerabilidad humana.
La Universidad Villanueva inauguró este miércoles 7 de octubre el curso 2026-27 con un acto académico centrado en el sentido de la universidad ante la expansión de la inteligencia artificial. La ceremonia, celebrada en Madrid, contó con la intervención de la rectora, Ester Mocholí, y con una lección inaugural sobre el cuidado y la vulnerabilidad humana a cargo de Alonso García de la Puente, psicólogo especializado en cuidados paliativos.
Al encuentro asistieron representantes de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, entre ellos la viceconsejera de Universidades, Investigación y Ciencia, Mirina Cortés; la directora general de Universidades, María de los Ángeles Fernández de Sevilla, y el concejal presidente del distrito de Hortaleza, David Pérez. También estuvo presente el exministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón. La apertura marca el comienzo de un curso en el que la institución recibe a 1.600 nuevos estudiantes.
Mocholí planteó ante la comunidad universitaria varias preguntas sobre la misión de la institución, las expectativas depositadas en ella y la contribución que deben realizar profesores y estudiantes. La rectora situó estas cuestiones en un escenario condicionado por la transformación tecnológica y por las dudas acerca del valor que tendrá la experiencia universitaria cuando herramientas cada vez más avanzadas puedan resolver numerosas tareas académicas y profesionales.
La responsable de la Universidad Villanueva defendió que la inteligencia artificial debe formar parte de los planes de estudios. A su juicio, sus aplicaciones pueden facilitar la investigación, contribuir a resolver problemas científicos y sanitarios y mejorar la organización. Su incorporación al modelo docente, sin embargo, no debería desplazar los objetivos que corresponden específicamente a la universidad: educar el criterio, promover una comprensión profunda de la realidad y preparar profesionales capaces de servir a la sociedad.
«Formamos personas con capacidad y criterio, personas completas. Y esto no lo hace la inteligencia artificial», afirmó Mocholí. Con esta idea, reivindicó una formación integral que no se limite a transmitir competencias técnicas. La universidad, señaló, debe preparar para el desempeño profesional, pero también ayudar a que cada estudiante comprenda la responsabilidad social asociada a sus conocimientos y pueda emplearlos para mejorar su entorno.
La rectora vinculó la investigación con su transferencia a la sociedad. Los resultados académicos, explicó, adquieren todo su sentido cuando permiten resolver problemas, mejorar una industria, desarrollar tratamientos o generar avances que repercutan en la vida de las personas. Esta perspectiva obliga a conectar el trabajo científico de las facultades con las necesidades sociales y evita que la producción de conocimiento quede encerrada en el ámbito universitario.
Mocholí también puso el foco en la vocación del profesorado y en la mejora continua de la enseñanza. Sin restar importancia a los grandes descubrimientos, sostuvo que la universidad necesita docentes comprometidos con sus alumnos, dispuestos a innovar y a revisar sus métodos. Para el nuevo curso reclamó la mejor versión del modelo de aprendizaje activo de Villanueva, junto con una investigación de calidad y una atención personalizada que tenga en cuenta las circunstancias de cada estudiante.
La lección inaugural, titulada «Permanecer: el cuidado como respuesta a la vulnerabilidad humana», introdujo una reflexión complementaria sobre los límites de la intervención. Alonso García de la Puente, director del Equipo Psicosocial del Hospital de Cuidados Laguna, partió de una pregunta nacida de su experiencia con personas al final de la vida: «¿Qué hacemos cuando no podemos hacer nada?».
El psicólogo cuestionó la identificación entre actuar y solucionar. Cuando no es posible curar o modificar una situación, explicó, todavía cabe acompañar y permanecer junto a quien sufre. Ese gesto exige aceptar durante un tiempo la impotencia de no poder arreglar lo que sucede. García de la Puente defendió así el valor del acompañamiento, una disposición que requiere presencia, escucha y reconocimiento de la dignidad del otro.
Ante estudiantes de diferentes titulaciones, recordó que la vulnerabilidad es común y no pertenece únicamente a las profesiones sanitarias o asistenciales. Una persona, sostuvo, no tiene más valor cuando es autónoma, productiva o brillante, ni pierde dignidad cuando depende de los demás. Por ello, consideró que la formación universitaria debería ayudar a preparar profesionales a quienes les siga importando lo que le ocurre a la persona que tienen delante.
García de la Puente relacionó esta capacidad con un límite de la tecnología. Ninguna herramienta, protocolo o sistema de inteligencia artificial puede sustituir por completo la mirada capaz de reconocer que la vida del otro importa. Frente a los discursos sobre la transformación global, propuso comenzar por el «pequeño mundo de alguien» y asumir que, aunque no siempre sea posible curar, sí se puede decidir cómo permanecer ante el sufrimiento.
Durante la ceremonia se entregaron distinciones académicas y docentes, entre ellas los reconocimientos al profesor mejor valorado por el alumnado y al destacado en el programa Docentia. También se concedieron los Premios Extraordinarios de Grado correspondientes a las diferentes titulaciones y la beca Santander 360, destinada a reconocer y apoyar la trayectoria de los estudiantes.
Mocholí animó al alumnado a ser exigente con la institución y, al mismo tiempo, a responder con excelencia a los proyectos propuestos por sus profesores. La formación, subrayó, lleva aparejada una responsabilidad transformadora que trasciende el expediente académico y obliga a poner las capacidades adquiridas al servicio de los demás.
La Universidad Villanueva inicia así un curso que su rectora definió como «desafiante y apasionante». De los 1.600 alumnos de nuevo ingreso, 650 se incorporan a estudios de grado y 950 a programas de máster. La institución afronta esta etapa con el reto de integrar los avances tecnológicos en su enseñanza sin renunciar a la atención personal, la formación humanística y el desarrollo del criterio propio.
